Publicado el 12. noviembre 2019 In Temas - Opiniones, Voces del tiempo

Chile 2019: Tiempos de cambios son tiempos de esperanza

CHILE, P. Juan Pablo Rovegno •

“¡Señor, al despertar me saciaré de tu presencia!”, canta la antífona del salmo de este domingo. El despertar de Chile ha estado en el centro de las noticias, de las “esperanzas y angustias, alegrías y tristezas” de estos días.

Un despertar que nos sitúa ante (al menos), tres dimensiones emocionales con consecuencias concretas:

Despertar a la esperanza por un Chile más justo, más fraterno y más solidario, por tantas necesidades legítimas, postergadas e invisibilizadas, por tantas realidades que hoy encuentran espacios de expresión pacíficas y posibilidades de realización. Vemos que este despertar nos ha despertado de la somnolencia, de la indiferencia y del acomodo, a nosotros y a muchos actores sociales. Ya se avizoran posibles respuestas y propuestas.

Despertar también a la incertidumbre, por un proceso que todavía no encuentra canales definitivos de encauzamiento, ni encuentros desde la confianza y la mutua corresponsabilidad, el complemento y la colaboración. Hay todavía sospecha, prejuicios, temores, polarizaciones y muchos intereses en juego. Esto nos genera una gran inseguridad.

Despertar también al dolor, la rabia y el miedo, por una violencia virulenta y destructiva, de grupos organizados y anárquicos a la vez, que destruyen no sólo los bienes y espacios públicos, sino que dañan también el alma nacional en su monumentos y símbolos patrios y, más dolorosamente aún, nuestros espacios y símbolos sagrados. Vemos con preocupación una fuerza pública superada, sobre exigida, vilipendiada y reprimida, que genera una sensación de indefensión y una gran impotencia. Duele la agresión al otro, el que sea.

Un mundo viejo cae para que surja un mundo nuevo

Sin embargo, somos hombres y mujeres de esperanza. Tiempos de cambios son tiempos de esperanza: un mundo viejo cae para que surja un mundo nuevo. Hay cosas que tenían que cambiar y cada uno de nosotros, está haciendo un proceso de asimilar y asumir esta realidad, de darnos cuenta de esta realidad.

Esta semana se celebraron los 30 años desde la caída del muro de Berlín, símbolo de un totalitarismo sin Dios que tanto dolor y daño produjo.

Un mundo viejo cayó. Quizás hoy nosotros estamos siendo testigos y tenemos la posibilidad de ser protagonistas de un cambio de proporciones, porque un capitalismo sin Dios también lleva a la ruina del hombre y de la comunidad. Un totalitarismo y un capitalismo sin Dios y sin referencia al prójimo, como consecuencia, están destinados al fracaso.

Cuando endiosamos al estado o al mercado, tenemos que estar dispuestos a asumir sus fracturas y fisuras, porque el estado y la economía no son fines en sí mismos, sino que están al servicio de la plenitud y el desarrollo humanos, de todos y no sólo de algunos, al servicio del bien común y del bien individual. Ni el hombre sin nombre y sin libertad, propio del totalitarismo, ni el hombre sujeto del consumo y del rendimiento, propio del capitalismo, tienen futuro.

Somos testigos y posibles protagonistas de un cambio epocal, que nos desafía a una nueva cosmovisión, a una forma de entender la realidad y los desafíos de la realidad. Pero, es todavía un proceso en desarrollo, todavía estamos tratando de entender lo que ha pasado, sus causas y consecuencias, todavía hay fuerzas que se oponen generando inseguridad y paralizando la oportunidad.

Así como las placas tectónicas, que cada cierto tiempo chocan para liberar energías acumuladas (y nosotros tenemos experiencia suficiente, por nuestra historia y geografía telúricas), liberando energías que reordenan y otras que destruyen, percibimos, con dolor y sorpresa, que había mucha frustración y necesidades acumuladas, que no encontraron en forma oportuna espacios de visibilización y solución. Hoy tenemos la oportunidad de transformar esas energías, en algo nuevo y bueno para todos.

Lo que vivimos es una oportunidad para una nueva conversión, personal y comunitaria, con consecuencias sociales.

Por eso, este cambio epocal con consecuencias concretas para nuestras vidas, no puede sernos indiferentes; podemos no sólo ser testigos de la esperanza o la destrucción, sino protagonistas de un mundo nuevo. Lo que vivimos es una oportunidad para una nueva conversión, personal y comunitaria, con consecuencias sociales.

Y para nosotros el cambio, la conversión, pasan por actualizar y responder desde las palabras, gestos y actitudes de Jesús. Si somos protagonistas, hacemos posible que los cambios que se están gestando o buscando canales de expresión y realización, encuentren en el Evangelio y en las enseñanzas sociales magisteriales, caminos y posibilidades de encuentro y plenitud.

En esta perspectiva dejémonos inspirar por las lecturas (Domingo DOMINGO XXXII ):

Jesús nos invita a colaborar para que este cambio sea el mejor y el más adecuado.

  1. El Evangelio nos describe un diálogo de Jesús con un grupo saduceo en torno a la resurrección. Los saduceos eran un grupo privilegiado y en la pregunta que hacen (que siempre nos sorprende y nos hace reír, por esa posibilidad de una viuda frente a sus siete maridos difuntos), quisieran encontrar por respuesta que el estado de resucitados no cambia las cosas y seguimos igual. Jesús les hace ver que será un nuevo estado y orden, una nueva fraternidad. Las cosas van a cambiar.

Nosotros quisiéramos que todo siguiera igual que antes, nos daría seguridad, pero Jesús nos invita a colaborar para que este cambio sea el mejor y el más adecuado.

Negar que algo está cambiando, sería colocarnos en el empecinamiento saduceo y en la imposibilidad de colaborar, para que este proceso de cambio encuentre canales y respuestas realistas y posibles, que acojan inquietudes y respondan a las necesidades y posibilidades reales. Una actitud colaborativa, corresponsable y complementaria es fundamental, lo que implica generosidad y mucha apertura.

Creemos en un Dios que interviene en la historia

  1. Para que sea posible esta apertura y disponibilidad, necesitamos tener una mirada de fe providencialista: ¿cuántas veces en la historia de la salvación y de la humanidad, Dios nos ha mostrado que interviene? El está en medio nuestro y quiere que lo hagamos protagonista de este cambio. Esta certeza nos regala confianza y calma nuestra ansiedad.

Creemos en un Dios que interviene en la historia y en cada acontecimiento de la historia. En este sentido, San Pablo nos alienta a no desfallecer ni desanimarnos: “Hermanos, que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena…Él los fortalecerá y los preservará del maligno”.

Son palabras de esperanza, pero la esperanza se cultiva conscientemente: descubriendo los signos de vida entre tanto caos y teniendo actitudes de vida entre tanta confusión e incertidumbre: diálogo, encuentro, acuerdos, colaboración, procesos y, sobre todo, como dice San Pablo, “palabras y obras buenas”. La conducción de Dios necesita y exige nuestra colaboración. Hoy tenemos el desafío (totalmente insospechado hace un mes), de colaborar por un mundo nuevo.

 

Vivimos un tiempo para actualizar y encarnar lo que nuestra fe significa en palabras, obras y proyectos concretos

  1. Es también un momento para profundizar la fe: es un tiempo de conversión para que Jesús sea de nuevo quien nos inspire, nos una y nos levante. Una posibilidad para que Él nos enseñe con sus palabras, gestos y actitudes, el tipo de sociedad y de relaciones que necesitamos forjar.

En este sentido, la lectura del libro de los Macabeos es impresionante: “el Rey Antioco envió a un consejero ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las costumbres de sus padres y a no vivir conforme a las leyes de Dios”.

Vivimos un tiempo para actualizar y encarnar lo que nuestra fe significa en palabras, obras y proyectos concretos, en la mirada cristiana del ser humano y de la comunidad, del sentido de justicia y libertad, del amor al prójimo y el sentido trascendente de la vida. Es un tiempo para superar tantos prejuicios, tantas estrecheces y tantos egoísmos…

¿Acaso no es un tiempo para que nuestros niños y niñas miren la vida y a las personas de manera integradora, reconociendo la dignidad de cada persona, superando tantas categorías que tan mal nos hacen (cuico-flaite, barrio, colegio, apellido… por ejemplo), y tantos esquemas y espacios que nos separan y dividen, nos categorizan y distancian?

¿Acaso no es un tiempo para que los jóvenes dejen de pensar sólo en sus proyectos personales, en una vida asegurada y con los mismos de siempre, para darles a sus vidas el sentido de un proyecto por los demás, de plantearse el servicio público como alternativa, y de descubrir el sentido social de la vida y la profesión, como categoría esencial?

¿Acaso no es oportunidad para que las mujeres se hagan más presentes en todos los ámbitos de la vida, enseñándonos a mirar y a empatizar, a mirar no sólo los resultados, sino a las personas, los procesos y la realidad (¿cuántas situaciones se habrían enfrentado de manera distinta, si la mujer exigiera que su mirada cuenta)?

¿Acaso no es oportunidad para que los varones, que estamos en la mayoría de los espacios de decisión y conducción, aprendamos a conducir de una manera más integradora, a dejar de lado la fascinación por el éxito, la autonomía y la competitividad, aprendiendo a relacionarnos más colaborativamente, asumiendo humildemente el valor del complemento?

¿Acaso no es oportunidad para que todos seamos Iglesia (cuando jerarquía y curas tenemos mínima autoridad), aportando la mirada cristiana del hombre y la sociedad, la economía y el trabajo, la educación y la civilidad?

Queridos hermanos y hermanas, Chile despertó. De cada uno de nosotros depende que no sea sólo una mala pesadilla que quisiéramos olvidar, o el sueño imposible de un mundo ideal. De cada uno de nosotros depende un Chile mejor.

 

Homilía P. Juan Pablo Rovegno 10-11-2019 – Texto completo como pdf

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