Publicado el 26. octubre 2019 In Temas - Opiniones

No supimos, no quisimos, no entendimos la voz de la viuda en tantos rostros y en tantas vidas

CHILE, P. Juan Pablo Rovegno •

Frente a la crisis social y la violencia que vive Chile, el P. Juan Pablo Rovegno en su prédica dominical, el 20 de octubre, partiendo de la viuda del Evangelio que solicita justicia, exigió al Movimiento de Schoenstatt de Chile ser “voz que encauce inquietudes, que acoja necesidades, que fomente las posibilidades, que haga del tú, del otro, su preocupación y ocupación predilectos”. Un tema que no es solo para un país en llamas como Chile, sino que es un desafío a salir de los “oasis” y “refugios”, y conectarnos seria y profundamente con la realidad concreta.—

Las lecturas de hoy (domingo 20. 10. 2019, XXIX° domingo) nos ayudan, providencialmente, a abrirnos a la comprensión de los difíciles momentos que vivimos como Patria.

Pareciera que la voz de la viuda del Evangelio, por tanto tiempo olvidada e ignorada, reprimida y anestesiada, encontró un cauce de expresión, lamentablemente en la violencia e irracionalidad humanas. Sin embargo, esta coyuntura nos interpela, más aún nos exige, a mirar más profundamente la realidad en sus causas y en sus consecuencias. Todos los que estamos llamados a ser la voz de la viuda, todos los que tenemos responsabilidad de conducción en nuestra patria tanto en el ámbito público como privado, secular y eclesial, familiar y laboral, todos los que ejercemos algún tipo de autoridad, estamos llamados a ser la voz que encauce inquietudes, que acoja necesidades, que fomente las posibilidades, que haga del tú, del otro, su preocupación y ocupación predilectos.

¿No sucede así en la familia? Cuando descuidamos a algunos de nuestros hijos, cuando no visibilizamos sus necesidades, cuando los medimos por criterios de uniformidad, exigencia y perfección, cuando experimentan el abandono o la carencia afectivas, sabemos que ese hijo o hija exigirá atención e inclusión y, si por mucho tiempo lo ignoramos, buscará otros caminos de validación, incluso se rebelará frente a lo que con buena intención o por desidia, le ofrecimos, generando dolor, incertidumbre y distancia.

La voz de la viuda del Evangelio no puede ser ni la violencia ni el caos, ni menos la furia ni la anarquía, pero ¿qué lleva a sobrepasar estos límites? El Evangelio responde: no escuchar a tiempo la insistente voz de la necesidad de justicia. En los tiempos de Jesús ser viuda y mujer significaba estar condenado al olvido, la miseria y la marginalidad. También en nuestro Chile hay cordones geográficos, sociales, culturales de marginalidad, lo que hace imposible tener oportunidades dignas, a pesar de los méritos, esfuerzos y capacidades personales.

Todos los que estábamos llamados a escuchar la insistencia, que viene dada por tantas situaciones abusivas en las condiciones mínimas de una digna existencia, (pensemos sencillamente en el drama de la sequía que nos ha puesto a bocajarro frente al negocio del agua), no supimos, no quisimos, no entendimos la voz de la viuda en tantos rostros y en tantas vidas, anestesiados por un aparente desarrollo y una cultura del consumo, del individualismo y la virtualidad que nos ha enceguecido frente a la realidad.

¿Qué respuesta dar desde nuestra condición de cristianos, de hombres y mujeres de fe, que no sólo creemos en Jesús, sino que queremos configurar nuestra vida y nuestro entorno conforme a sus enseñanzas?

Volvamos a las lecturas:

La importancia de la oración

  1. La primera lectura en la persona de Moisés nos habla de la importancia de la oración, de elevar nuestra súplica a lo alto para que el amor de Dios se manifieste. Sin oración, sin ofrecimiento, sin elevar nuestra súplica, todo esfuerzo será vano. De allí que toda corriente de oración es valiosa, pero no es suficiente. La oración representa el “nada sin Ti”, pero para que la batalla sobre el mal, sobre la violencia y la anarquía se ganen, se requiere del “nada sin nosotros”.Nuestra colaboración es fundamental: una colaboración que exige reflexionar el momento presente y coyuntural sin pasiones ni polarizaciones políticas, sin actitudes defensivas u ofensivas, sino tratando de analizar causas y consecuencias, de mirar el futuro no sólo por nuestros intereses sino por el bien común, especialmente por los marginados del desarrollo, de las posibilidades y de la dignidad mínima (en ese sentido que el detonante haya sido el alza del precio del metro, es bastante simbólico: un metro moderno y reluciente, el mejor de Sudamérica, a nivel de los países desarrollados como nuestras cifras macroeconómicas, pero en condiciones indignas para el ciudadano de la calle, para la mujer y el adulto mayor, basta usarlo en sus horas punta).Una colaboración en la reflexión, pero también en el compromiso y la acción. Si no nos comprometemos todos, difícilmente podremos responder a estos desafíos coyunturales que tienen consecuencias futuras. No sólo el político y el empresario, no sólo la autoridad civil, sino todos, porque nuestra vida tiene una dimensión social, de responsabilidad social que no podemos eludir. Podemos partir por visibilizar la realidad de tantos compatriotas, no asistencialmente o defensivamente, sino comprometidamente.

Las enseñanzas de Jesús son para el hoy, para hacer del hoy un reino de justicia, de paz y de amor

  1. Lo segundo, lo explicita San Pablo con mucha claridad en su carta a Timoteo: “permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido”. Y esa doctrina es Jesucristo y su visión del ser humano, de la sociedad y del Reino de Dios. Agrega San Pablo: “toda la escritura es útil par enseñar y par argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien”.Las enseñanzas de Jesús no son sólo para una vida virtuosa personal o para ganar la vida eterna, son para el hoy, para hacer del hoy un reino de justicia, de paz y de amor. Y la justicia, la paz y el amor son muy concretos, no son valores teóricos o simbólicos, románticos ni íntimos. Son valores sociales que requieren una concreción en la vida cotidiana y en las relaciones cotidianas: en la familia, en el trabajo, en el colegio, en la universidad, en las calles, en foro político, en la casa de gobierno, en la parroquia y el centro pastoral.Esta coyuntura exigirá de todos colaborar y actuar, tendremos que ser generosos y abiertos, agudos y dispuestos a cambios profundos en la forma en como concebimos nuestra sociedad. Reconociendo que ninguno porta la verdad absoluta y que todos somos necesarios para una patria más justa.

Una conversión personal con consecuencias sociales

  1. Lo tercero y que creo es fundamental como preámbulo o condición: una conversión personal con consecuencias sociales. Necesitamos complementar nuestra visión, superar prejuicios heredados y resistencias al encuentro. Una conversión acerca de la forma cómo nos relacionamos y concebimos la realidad común.El peligro está en soluciones inmediatistas, porque está la tentación siempre latente de que haya vencedores y vencidos, de volver a construir relaciones de dominio. La respuesta está en una visión, relación y solución más colaborativa e inclusiva, corresponsable y complementable.Esta crisis nos está afectando a todos y todos juntos tenemos que buscar caminos, lo que implica posibilidades y límites, humildad y apertura, generosidad y renuncia. Conversión personal y comunitaria.

 

Tiempos de cambios son tiempos de grandes oportunidades. Superemos la tentación de la ofensa o la defensa. Tenemos el desafío de sanar tantos vínculos heridos. Como Iglesia hemos tenido que aprender dolorosamente lo que significa comprender la herida del abuso. Hoy como sociedad, también tenemos la oportunidad de colaborar para sanar tantas heridas sociales, heredadas o adquiridas. Todos somos responsables de la patria que soñamos y necesitamos.

María, la discípula por excelencia, nos enseña a reflexionar la realidad, pero también a salir a su encuentro para acoger anhelos e inquietudes, necesidades y desafíos. Que ella nos enseñe a no desoír la voz de la viuda.

 

 

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