Publicado el 10. noviembre 2019 In Temas - Opiniones

En respuesta al artículo “Protestas en Chile: ¿Dónde está Schoenstatt en todo esto?”, de Patricio Young

ARGENTINA, Jorge Lezcano •

En primer lugar, Patricio, quiero agradecer tus palabras que nos ayudan a despertar de nuestro cómodo letargo, de los que en muchas ocasiones asumimos un lugar de observador, sin dar el paso necesario que nos convierta en protagonistas y hacedores de nuestra propia historia y la de nuestro país.

Por otra parte, coincido en la mayoría de los conceptos que planteas, pero, sobre todo, en la preocupación por nuestra realidad social, en la que estamos incluidos como ciudadanos y como Iglesia. Como dices, no hay tiempo para eufemismos ni evasiones, sino que, al contrario, es tiempo de respuestas concretas que implican mucho sacrificio, coherencia de vida y, como planteas, dedicación.

Tocar con las propias manos las llagas de los pequeños Cristos sufrientes

Por razones que solo Dios y la Mater comprenden, trabajo en lo social desde muy chico y en este proceso de aprendizaje ha sido difícil aceptar que el tiempo y los recursos no alcanzan ante tanta necesidad y urgencia que nos plantea la realidad de pobreza e indigencia, inseguridad, ignorancia, desnutrición, insalubridad, adicciones, y como si fuera poco, uso y adoctrinamiento político corrupto a los más necesitados. Es inevitable sentir la angustia e impotencia que te llevan a reconocer que no podemos resolver todo y que muchas veces solo hace falta que te sientan como un hermano que los acompaña y los escucha en la vida.

Me inquietó la respuesta que te dieron, que “no pueden dedicarse porque tiene un costo económico”, ya que, sinceramente, es muy cierta, y muchas veces un costo más alto aún en la vida familiar, pero es una etapa que superar. Mientras no se tocan con las propias manos las llagas de los pequeños Cristos sufrientes no podemos entender el dolor y las urgencias que plantea su vida. No es fácil entender que el pobre, sobre todo, necesita de nuestro amor y afecto, pero también de nuestro tiempo para acompañarlo en su proceso de cambio, de crecimiento personal y económico. Hoy ese tiempo tiene nombre y se llama dinero, el mismo que se usa para dignificar y otras veces para someter.

Más difícil que entender esto, es responder tu pregunta ¿Dónde está puesto nuestro corazón?, porque implica reconocer lo que consideramos nuestro tesoro más preciado.

Animarse a responder esta pregunta en nuestro interior implica un gran cambio en nuestra vida, prioridades y tiempo. Muchas veces es empezar de nuevo y, entre otras cosas, lo que a muchos con buena o mala situación económica les duele es compartir parte de su dinero, el famoso “meter la mano en el bolsillo”. Pero por sobre todas las cosas implica hacer una opción, esa famosa opción por los pobres que hizo Cristo, que nos recordó el documento de Puebla y que todos aplaudimos, pero muy pocos abrazaron.

La apertura social de Schoenstatt

Comparto una gran preocupación por la apertura social de nuestro Movimiento. Una misión familiar, un apostolado esporádico (tareas que alabo, me enorgullecen y promuevo), una mirada teórica sobre la pobreza, un análisis meramente intelectual sobre los procesos sociales de nuestros países, no alcanzan. Es un primer paso, un muy buen paso, pero necesitamos de una decisión de todos, padres, hermanas, familia completa de Schoenstatt, de revisar nuestras prioridades pastorales, y empezar a trabajar en la inclusión de sectores sociales más carenciados. Es necesario involucrarnos más allá de los errores que podamos cometer en el camino y que seguramente nos ayudarán a crecer.

Un Santuario para todos

Tenemos mucha necesidad de volver a la fuente, de recuperar la vida de un santuario para todos. Que nuestro “salir al encuentro” sea algo más que un buen apostolado de alguna rama o estamento, una muy buena experiencia matrimonial o familiar, y sin dejar de trabajar en lo que actualmente hacemos, justamente porque es para todos, hacer una verdadera opción que equilibre nuestros objetivos pastorales.

Trabajar con mucho énfasis en determinado ámbito social suele ser muy positivo en algunos aspectos, ya que permite el sostenimiento económico y pastoral (con gran esfuerzo), pero no, sin un riesgo latente de naturalizar muchas veces nuestro aburguesamiento, amortiguando nuestra conciencia y disminuyendo nuestra visión ante una verdad, muchas veces desconocida, de otra realidad social, que completa la realidad de nuestro país.

Decirlo así suena muy retórico, pero lo cierto es que hablamos de personas concretas, peregrinos de nuestra Mater que sufren inseguridad, hambre y cuántas otras necesidades insatisfechas, mientras nuestra mirada y nuestros objetivos están nublados por otro tipo de opciones y prioridades, que no siempre pasan por la cuestión social urgente.

Todo esto no disminuye ni menoscaba el trabajo y esfuerzo que se realiza en cada comunidad, por el contrario, hay que alentar a que lo sigan haciendo y que crezcan, si es posible, pero no alcanza.

Qué difícil es encontrar palabras que no sean muy duras en este análisis y que expresen al mismo tiempo el reconocimiento y agradecimiento, a todos aquellos que sí son conscientes de esta realidad y, lo logren o no, todos los días hacen el esfuerzo de luchar contracorriente. Gracias porque con su testimonio nos dan la esperanza de que sí es posible construir un mundo nuevo, una comunidad nueva.

Responder con una mirada puesta en la realidad social y con mucha visión de futuro

Bien dices que “esto requiere una revisión profunda” en nuestra amada familia, responder con una mirada puesta en la realidad social y con mucha visión de futuro, sobre cuáles serán nuestras opciones fundamentales, que nos garanticen no alejarnos de nuestro objeto fundacional, fieles a la misión legada por nuestro padre.

También coincido en que durante mucho tiempo miramos desde la vereda del frente a nuestra Iglesia, con una visión clericalista y sin asumir nuestro rol protagónico de laicos, atónicos cuando vimos que imponían el divorcio, el LGTB, matrimonio igualitario, ideología de género, aborto y otros tantos temas.

Con el escaso margen que nos dejan los trabajos que se realizan a destiempo, salíamos recién a concientizar orgánicamente y a explicar en muchos casos de qué se trataba, cuando, en realidad era una tarea de evangelización y catequesis que se debió realizar mucho tiempo antes, ¿o acaso nadie se dio cuenta del trabajo de corrupción cultural y social programado y evolutivo al que estamos sometidos desde décadas atrás?

Esto es un cuestionamiento que me hago hace años con una visión crítica a mi país y a nuestra Iglesia. Sin palabras si se trata de hablar del silencio cómplice y la falta de compasión y acompañamiento ante tantos casos de pedofilia en estas últimas décadas.

Ese silencio y esa omisión muchas veces plasmadas en la inacción, nos convierte de alguna manera en parte del problema. Todo esto nos urge a convertirnos en parte responsables de una solución. De otro modo, viviremos, como tantas congregaciones, nuestra gran crisis de identidad, porque en la medida que no reaccionemos, en la misma medida nos alejaremos de nuestro ideario fundacional.

Es el momento de dejar nuestras comodidades

Es el momento de dejar nuestras comodidades, de volver a la fuente de nuestro santuario, de ofrecer horas de rodillas en él, de salir de nuestro confort y mirar a los ojos al hermano que está más allá de nuestro espacio confortable y seguro (que en nuestro país ya casi no existe), conocerlo para conocer su necesidad. Que me duela lo que a él le duele y que me alegre lo que a él le alegra. De no ser así, jamás podremos comprender su sentimiento, su vida, sus límites, sus acciones y obviamente estaremos muy lejos como familia de plantearnos cualquier proyecto válido, por no tener un diagnóstico realista de nuestra vida de Iglesia y de país, más allá de nuestra pequeña familia doméstica y nuestra gran familia de Schoenstatt.

En cierta medida creo que hemos dejado de lado a veces el tener los pies bien puestos en la tierra, de dimensionar la gravedad de nuestro hoy y la urgencia que plantea nuestro futuro, el escuchar el pulso del tiempo, esa visión profética, esa proyección orgánica que nos lleva inevitablemente a tomar una decisión y un accionar orgánico. Humildemente creo que esto debería surgir de la propia vida de las ramas como corrientes de vida, que sople en los consejos diocesanos y a través de los asesores llegue a las distintas centrales, para que entre todos hagamos el esfuerzo de reinventarnos con respuestas concretas, ante una realidad que nos interpela, en silencio algunas veces y otras hasta con violencia.

Nuestro ADN deben ser las bienaventuranzas vividas

Nuestra identidad de cristianos, nuestro ADN, debe ser las bienaventuranzas, el de nuestro Movimiento Apostólico deben ser esas bienaventuranzas vividas y expresadas en acciones concretas desde el corazón y con la fortaleza que nos regala desde el santuario nuestra Mater con su gracia del envío.

¡Mater! Acompáñanos en este proceso de redescubrimiento, ayúdanos a entender la dimensión y proyección de este problema. Danos la capacidad de poder mirar un poco más allá en el tiempo y proyectarnos proféticamente como lo hacía nuestro padre fundador. Danos la humildad para aceptar nuestros errores, el valor y fortaleza necesaria para corregir el camino, pero sobre todo el amor imprescindible para salir de nosotros mismos y mirar al hermano con la misma mirada que nos regala Jesús hecho Eucaristía en una adoración.

Unidos en la Alianza.

Jorge Lezcano

Argentina

Jorge Lezcano es Miembro de Liga apostólica de Familias, Círculo Águilas Fieles de María.

Foto: iStock Getty Images -ID:1124272829, Motortion

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2 Responses

  1. Gracias jorge por tu aporte. Es bueno revisar nuestra realidad como Movimiento en cada país. Parece que por los comentarios recibidos desde distintos países, la situación chilena no es única.
    Despertemos y ayudemos a que Schoenstatt pueda ser fiel a su misión.

  2. Comparto totalmente tus reflexiones, Jorge. Creo que,como familia, debemos salir de nuestra zona de confort. No es tan sólo el DAR lo que podemos materialmente, sino el compartir, tener empatía con el que sufre, aceptarlo y acogerlo.
    Schoenstatt para la iglesia y el mundo. Salgamos verdaderamente al encuentro.

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