Publicado el 30. julio 2016 In Francisco - iniciativas y gestos, JMJ2016

Señor, ten piedad de tu pueblo. Señor, perdón por tanta crueldad

JMJ2016, por Maria Fischer •

«Señor, ten piedad de tu pueblo. Señor, perdón por tanta crueldad». Es el mensaje que el Papa Francisco dejó en el libro de visitas en Auschwitz-Birkenau, las únicas palabras que pronunció en este lugar donde el horror sobrepasa las palabras, la imaginación, lo humanamente pensable. Es un lugar que nos deja impotentes, destruidos, asustados, horrorizados con lo que seres humanos fueron capaces a hacer a otros seres humanos.

El Papa no dijo nada. Se tomó su tiempo. Simplemente permaneció ahí, en silencio, en oración. Durante largos minutos, el Papa Francisco se detuvo en el lugar símbolo de la enorme tragedia de la Shoah. En Auschwitz y en Birkenau, donde hace menos de setenta años tuvo lugar la locura del odio del hombre contra el hombre, el Pontífice rindió homenaje a las víctimas de ‘tanta crueldad’, como escribió en el libro de visitas del campo de exterminio, acompañando su oración con una invocación a la piedad y al perdón del Señor. Solo, con paso lento, Francisco atravesó el portón de acceso y pasó bajo la tristemente famosa frase «Arbeit macht frei» (el trabajo hace libre), conocida también de los demás campos de concentración y por tantos schoenstattianos que han cruzado el portón del campo de concentración de Dachau, donde un José Kentenich vivió tanto tiempo en condiciones sólo un poco menos crueles e inhumanas.

Luego, Francisco permaneció durante más de un cuarto de hora sentado en silencioso recogimiento ante las barracas de los deportados. Besó uno de los patíbulos construidos en el campo, saludó a algunos supervivientes, apoyó la mano sobre el muro de la muerte y se detuvo en la celda donde estuvo encerrado el padre Maximiliano Kolbe, el franciscano conventual proclamado santo en 1982 por Juan Pablo II. A continuación, en el cercano campo de Birkenau, pasó junto a las lápidas grabadas en las 23 lenguas habladas por los prisioneros, escuchó el canto del salmo 130 entonado en hebreo por un rabino y saludó a un grupo de sobrevivientes y de ‘justos entre las naciones’.

Por la noche dijo a la gente que se congregó frente al Palacio Arzobispal de Cracovia:

«En la mañana también otro dolor: fui a Auschwitz – Birkenau, a recordar el dolor de hace tantos años. ¡Cuánto dolor, cuánta crueldad! ¿Pero es posible que nosotros los hombres, creados a semejanza de Dios, seamos capaces de hacer estas cosas? Las cosas se han hecho… yo no quiero amargarles, pero debo decirles la verdad».

Compenetrado por el holocausto

Un comentarista de la radio judía de Buenos Aires dijo que lo sintieron más compenetrado con el holocausto que si hubiera hablado. Hizo la comparación con la visita de otros Papas y dijo que este silencio fue para ellos, para los judíos, un grito.

«Un gran gesto del Papa», dice Henryk Jarczyk, periodista de ARD, la cadena pública de Televisión de Alemania. «A veces faltan las palabras. A veces lo que uno quiere es sólo permanecer en silencio en la cara de una situación particularmente cruel. Reflexionar en silencio y dar una señal así.  Demostrar que también en silencio se puede mostrar emoción y terror. Francisco ha puesto la muestra, y de qué manera. Su silencio ruidoso ha expresado mucho más que cualquier discurso hecho aquí.

Lo que cuenta no son las opiniones y comentarios sobre este lugar de sufrimiento increíble. Lo que cuenta son los hechos fuera de la zona de campo de concentración. Y a ellos llama Francisco también. Su llamado inequívoco al gobierno polaco para aceptar refugiados es sólo uno de los muchos ejemplos.

La forma en que el Papa recordó a las víctimas de Auschwitz y Birkenau, y con ellas a todas las víctimas de la violencia y la injusticia, no tiene precedentes. Su emoción es incluso más auténtica, lo que añade importancia a su llamado para acoger a los refugiados.  No vaya a pasar que un día, si esa voz se calla, el Mediterráneo se convierta súbitamente en el cementerio más grande de la humanidad».

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Sólo lo que pasa por nuestro corazón

Francisco caminó por Auschwitz con la cabeza y la espalda inclinadas, con una cara seria y triste, como cargando la cruz de este lugar en sus propios hombros y el llanto de las víctimas en su corazón. Nos recuerda sus palabras en Lampedusa: ¿Quién de nosotros ha llorado por los padres, madres y niños ahogados en el Mediterráneo?

Nos interpela con su silencio frente a la avalancha de palabras reenviadas una y otra vez en los medios y las redes sociales, frente la inflación de hashtags y la abundancia de discursos, comentarios y explicaciones, frente a palabras valiosas que perdieron su sentido por usarlas en exceso o que convertimos en eslóganes estériles.

Nos interpela con el tiempo que «pierde» al estar solo, esperando hasta que cuerpo y alma están en el lugar y pueden dejarse compenetrar por los hechos que pasaron allí.

Nos interpela tal vez todavía más al dejar pasar todo este dolor por su alma y su corazón. Sólo lo que pasa por el corazón será nuestro y será fecundo, dice el Padre Kentenich. El Papa Francisco desafía nuestra indiferencia, nuestra manera de cerrar los ojos y los corazones frente al dolor, frente a la alegría, frente a las historias reales de la vida, las obras concretas de los demás. Nos desafía en nuestra frialdad que nos hace quedarnos en nuestro pequeño mundo cerrado, que nos permite leer – o redactar o traducir – una noticia sin que entre a nuestro corazón, sin que en verdad nos importe. Tantas veces Francisco habla de la cultura de la indiferencia que hay que superar. Con su silencio y el tiempo que se tomó para eso en Auschwitz, el Papa nos muestra un camino.

La crueldad no ha terminado en Auschwitz-Birkenau

Nadie mejor que el propio Papa Francisco puede explicar el ultimo desafío de esta visita:

«La crueldad no ha terminado en Auschwitz-Birkenau. Hoy, hoy, hoy se tortura a la gente, tantos prisioneros son torturados para que rápidamente hablen.

Hoy hay hombres y mujeres en cárceles sobrepobladas. Viven como animales. Hoy hay esta crueldad. Nosotros decimos, ‘sí, allí, hemos visto la crueldad de hace 70 años, cómo morían fusilados o con el gas’, pero hoy en tantos lugares del mundo donde hay guerra sucede lo mismo.

Por esta realidad Jesús ha venido, para llevarla sobre sus espaldas y nos pide rezar, recemos por todos los ‘Jesús’ que hoy hay en el mundo: los hambrientos, los sedientos, los que dudan, los enfermos, los que están solos, los que sienten el peso de tantas dudas y culpas. Sufren mucho.

Recemos por tantos niños enfermos inocentes que portan la cruz, recemos por tantos hombres y mujeres que hoy son torturados en tantos países del mundo, por los encarcelados que están todos amontonados por ahí como si fuesen animales

Es un poco triste lo que les digo, pero es la realidad, la realidad que Jesús ha portado sobre si, todas estas cosas también son nuestro pecado.

Todos aquí somos pecadores, todos tenemos el peso de nuestros pecados. Si alguno no se siente pecador que alce la mano.

Todos somos pecadores, pero Él nos ama, nos ama y como pecadores e hijos de Dios, hijos de su Padre, hagamos todos juntos una oración por esta gente que sufre hoy en el mundo tantas cosas malas.

Cuando hay problemas, el niño busca a la mamá y nosotros también la buscamos, cada uno ahora le reza a ella en su propio idioma.

(Ave Maria)

El Señor los bendiga: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Les auguro una buena noche, un buen reposo, recen por mí y mañana continuaremos esta bella Jornada de la Juventud».

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Colaboración: Eduardo Shelley, Monterrey, México

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Fotos: @https://twitter.com/antoniospadaro

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