dimensión social

Publicado el 2021-07-29 In Nuevo orden social, Temas - Opiniones

Nuestra dimensión social

CHILE, Patricio Young •

Nuestro papa Francisco al iniciar su pontificado evidenció su gran sueño: «¡Cómo quisiera una iglesia pobre y para los pobres!». Ese es y será el camino para la Iglesia presente y futura. En consecuencia, ¿Cómo hacemos entonces un Schoenstatt pobre y para los pobres? —

En otras columnas he tratado este tema, pero más allá de análisis y diagnóstico, es hora de iniciar un tratamiento, de dar los pasos necesarios para estar en consonancia y convergencia con el camino que está haciendo nuestra iglesia. Mientras más demoremos, mas nos alejamos de nuestro rol instrumental para ella.

También poder responder a los desafíos que nos plantea el padre Kentenich:

“Necesidades populares. Es la necesidad compartida con el pueblo. Puede interpretarse como una gran suerte el ser despojado de nuestra satisfecha posición burguesa y ser igualado con el pueblo. Es algo muy distinto experimentar y saborear intelectual o vitalmente las cosas ideales.

Tal vez ha sido una bendición para más de alguno el haber estado en Dachau, el sentir permanentemente la fuerte carga de las penurias económicas. Las necesidades populares son, hoy en día, en gran parte necesidades económicas. Cuando un pastor se hace valer, el mismo pueblo cuida de él. Por lo tanto, con mayor razón debemos esforzarnos en cargar interiormente con las necesidades. Las necesidades que oprimen al pueblo debieran tener un fuerte eco en nuestro propio interior. Debiéramos sentir esas necesidades como si nos quemara los dedos, y entonces haríamos lo correcto.” (José Kentenich, Lucha por la verdadera libertad – 1946)

Creo que el cambio de consciencia y actitud social en nuestra familia no pasa solo por una persuasión o reconvicción colectiva. Creo, a manera de hipótesis, que el problema requiere un cambio en nuestra cultura schoenstatiana y pasa por dos trascendentales aspectos: la formación y la conformación.

Sin pretender un desarrollo pormenorizado de los temas, me permito mostrar algunas ideas.

Formación

El padre Kentenich siempre hiso énfasis en el carácter solidario de nuestra vida de fe: “Los unos en el corazón de los otros y todos en el corazón de Dios”. La vida en comunidad ha sido esencial en nuestra formación, la alianza la hacemos generalmente de manera comunitaria. El capital de gracias también tiene una dimensión solidaria. El principio de familia sin duda hace alusión a que todos nos debemos unos a otros (aun cuando a veces parezcamos más una familia mal avenida).

Sin embargo, en la formación se ha acentuado el principio que denomina el papa Francisco de “privatización de la salvación”. Una visión preconciliar que establece que yo me salvo solo directamente con Dios. Que la bondad nos lleva a conquistar la vida eterna. Para eso está la autoformación y los medios ascéticos. Yo me formo en diálogo con Dios; no en la construcción del mundo y en diálogo con los otros cristos que nos rodean. Tiene una mayor importancia la vinculación al santuario, que el encuentro con los santuarios vivos que están en el mundo.

Jesús, explicó el papa, «nos salvó a todos, pero no genéricamente. Todos, a cada uno, con nombre y apellido. Y esta es la salvación personal»: cada uno de nosotros puede decir «por mí», porque «el Señor me miró, dio su vida por mí, abrió esta puerta, este nuevo camino por mí». Sin embargo, existe el «peligro de olvidar que Él nos salvó a cada uno, pero en un pueblo», porque «el Señor siempre salva en el pueblo». Cuando el Señor «llamó a Abrahán, le prometió que formaría un pueblo». Y por eso en la Carta a los Hebreos se lee: «Fijémonos los unos en los otros». Si yo interpreto la salvación, recordó el papa Francisco, «sólo como salvación para mí» entonces «me equivoco de camino: la privatización de la salvación es una senda equivocada. Dios salva a cada uno personalmente, pero “en un pueblo”, no “sólo a mí” y a “mi grupito”, mi “elite eclesial”, “Los que privatizan la fe cerrándose en élites que desprecian a los otros no siguen el camino de Jesús”. (29 de enero del 2015)

Yo me salvo por el amor y eso implica en relación con otros y para otros. Por eso en el evangelio nunca se señala que Dios reconoce a los buenos (solo el Padre celestial es bueno dice Jesús), sino en los que asumen y viven los actos de misericordia.

Esta dimensión no está suficientemente presente en nuestra formación, e incluso, por lo general, en las prédicas de nuestros sacerdotes.

Una muestra que evidencia lo señalado son nuestras oraciones que por lo general están en primera persona, como la de consagración, mientras Cristo nos enseña que ésta debe hacerse en la pluralidad. “Padre nuestro”. El Dios te salve dice “ruega por nosotros”. En definitiva, es hacer realidad su palabra, “donde dos o mas estén reunidos en mi nombre allí estaré yo”.

Para algunos esto puede ser una nimiedad, pero como dice Alberto Maturana, “las palabras generan realidades”. Sin duda que si mi oración más profunda no tiene rasgos solidarios eso va marcando mi consciencia individual que concluye en una visión individualista de la fe.

Por lo tanto, si queremos una mirada distinta de lo social, me parece que ésta debe partir desde la formación misma y para ello hay que realizar una profunda revisión en los contenidos y las formas. Solo cuando entiendo que la salvación será el resultado de mi entrega de amor a los demás, podemos comprender que debemos salir de nosotros mismos, de nuestros espacios de confort. Solo allí podremos entender que mi liberación, mi santidad, depende de la liberación y la santidad de los otros. Ya Medellín nos planteó este tema con mucha claridad, pero el tiempo tendió a olvidarlo.

Mientras vivamos en espacios de injusticia, de abuso a la dignidad de otros hermanos y no nos inquiete, preocupe, importe o interese, estamos hipotecando nuestra real salvación.

Es un serio cambio de mirada, de óptica, de lenguaje, de oración y de formación.

Conformación

La realidad nos muestra que interpretamos mal la visión del padre Kentenich sobre las elites. El se refería a personas que inspiraran por su testimonio y compromiso los caminos de la fe. Sin embargo, en Chile parece que se entendió socialmente. La mayoría de los miembros de nuestras familias viven en los sectores más acomodados del país.

El mundo popular no entra ni es permeable a la familia, solo aparece en la Campaña de la Virgen Peregrina y Madrugadores, pero no al interior de las ramas. Esta situación, sin duda alguna no nos permite conocer al otro Chile, ni menos enriquecernos con esa otra mirada. Por eso el estallido social para algunos les pareció como un reventón frente a sus ojos. Si hubiésemos tenido mayor presencia de sectores sociales más carenciados sin duda que lo habríamos previsto.

De allí se desprende una gran pregunta: ¿En esta situación estamos en condiciones de escuchar realmente las voces del tiempo?

El tener una sola mirada de la realidad. El no tener la visión de la otra cara del país, sin duda nos hace muy difícil estar en condiciones de descubrir las voces del tiempo. De escuchar cabalmente lo que Dios nos quiere decir. Más aún, por ideología, nuestro sector trata naturalmente de defender su espacio de confort, sin vivenciar y comprender el drama de quienes nada tienen.

Que no nos haya inquietado o preocupado el que el 10% de nuestra sociedad tenga el 66,5% de la riqueza y el 50% de la población solo tenga el 2,5%, nos muestra una real despreocupación o desinterés por lo social y en definitiva por la vida y el destino de Chile. Si no tenemos a nuestro lado, en nuestros grupos, en nuestras comunidades personas que sufran las consecuencias de esta desigualdad, no hay sintonía con la realidad, no podemos comprender, dolernos y conmovernos con la realidad del que sufre. Vivimos en guetos sociales donde creemos que allí comienza y termina Chile.

El papa nos señala que no es con la caridad como nos debemos relacionar con los descartados, sino en un caminar juntos. En compartir sus dolores y alegrías. En construir juntos una sociedad más justa y solidaria. Porque la paz social solo se alcanza con justicia social.

Esta realidad, sin lugar a duda, marca nuestra mirada frente a lo social. Necesitamos gestar un Schoenstatt de todos que sea un real reflejo de la diversidad social del país. Eso enriquecerá al movimiento y hará realmente un nuevo Schoenstatt.

Solo un contacto directo y concreto con ese mundo puede generar una real conversión.

Concluyendo

Si no tenemos como movimiento este cambio de paradigma en ambos ámbitos, será muy difícil transformar nuestra aproximación a la realidad social del país. Debemos entender entonces que nuestro movimiento requiere pasar por una profunda revisión y transformación en esta dirección.

Los cambios profundos van desde adentro hacia afuera. El nuevo Schoenstatt deberá surgir de una nueva forma de mirar la salvación, por la formación y por una nueva conformación social. Es cierto, todo esto requiere tiempo. Pero necesitamos comenzar ya, porque el país y el mundo avanzan a un ritmo casi vertiginoso.

Por su parte, nuestra iglesia está sufriendo importantes cambios, quizás no los suficientes, pero si muy profundos. Si no hacemos nuestros cambios con la urgencia que se requiere, quedaremos fuera de la historia y el pensamiento de José Kentenich será un nuevo sueño no realizado.

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4 Responses

  1. Nacho Fontes dice:

    Roberto, no conozco el caso de Chile, así que no puedo opinar sobre lo que sucede en ese país. En cuanto España y algún otro país europeo que conozco bien, sí.

    La poca permeabilidad del movimiento, y de otros grupos eclesiales, a capas populares se debe ante todo a que la Iglesia, obispos, sacerdotes y religiosos en primer lugar, abandonaron progresivamente a esa parte de su esta grey. Por supuesto, con muchas y santas excepciones.Durante lustros acudieron familias en masa del campo a la ciudad y fueron abandonadas a su suerte. De los seminarios y noviciados, corrompidos muchas veces como ahora sabemos, ya no salían santas vocaciones para sustituir a los párrocos en zonas de extrarradio y rurales. Se dejó de evangelizar. En los barrios de banlieu, hoy llamadas periferias, a lo más se hablaba a los pocos que aún practicaban de cambiar estructuras sociales. Frutos amargos: desidia espiritual, desestructuración familiar, pobreza. En mi país, el cristianismo se ha mantenido en ciertos oasis de las grandes ciudades, sobre todo gracias al celo de muchos padres y madres de familia entregados, muchas veces abandonados por obispos y religiosos. Los oasis están abiertos a todos. Hay que seguir creando oasis Hay que volver a evangelizar, a llevar a Jesucristo a todos. Podemos aprender mucho de los misioneros que evangelizaron a los pueblos indígenas del nuevo mundo, o de Asia. Más santidad. En este sentido es encomiable la labor del Camino entre familias populares. Surgen de esta realidad familias cristianas y numerosas vocaciones. Ayudar solo en lo material podrá paliar algunas carencias ocasionalmente, pero lo esencial es llevar a Cristo a todos y para eso tenemos que ser más santos. Recemos insistentemente por la santidad de los ungidos por el Señor. Recuperemos la oración, la devoción eucarística, la devoción mariana, la práctica de la confesión sacramental… Seremos más felices y más generosos… y resolveremos el problema social también, aunque no sea el primer objetivo que nos marca el Señor

  2. Paz Leiva dice:

    Totalmente de acuerdo con Rodolfo. Pasa igual en España. No sé cómo será aquí la proporción de ese 50% que dispone sólo del 2,5 % de la riqueza. Pero hemos conseguido que sean invisibles. Los hemos descartado de nuestro club.
    Gracias por tu artículo, Patricio.

  3. Rodolfo Monedero dice:

    Excelente reflexión que refleja también la situación de Sch. en España, donde lo «espiritual» ha cegado nuestros ojos para la realidad social que tenemos a nuestro lado. Es preciso cambiar el lenguaje, pero también que demos un paso al frente y sumergirnos en la realidad social de los que sufren la pobreza y la dureza de una sociedad insolidaria. A menudo me pregunto si no nos estamos comportando un poco como el rico Epulón con Lázaro.

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