Publicado el 8. junio 2019 In José Kentenich

31 de mayo «re-visitado»

Ignacio Serrano del Pozo, Chile •

Una de las dificultades con las que se suelen encontrar los schoenstattianos, tanto los recién iniciados como los experimentados, dice relación con comprender qué se esconde exactamente detrás de esa mítica fecha del 31 de mayo.  Esta pregunta surge con más fuerza ahora que conmemoramos sus 70 años, pues no es fácil saber qué celebramos realmente: ¿Una famosa plática sobre los vínculos dada en Bellavista? ¿Una mítica carta a los obispos alemanes que le costó al fundador 14 años de exilio? ¿Una misión evangelizadora desde Latinoamérica y los santuarios filiales? José Kentenich resumió este hito con la expresión «en la fuerza divina», pero es demasiado escueta esta formulación como para ser clarificadora. •

El 31 de mayo como un nuevo Pentecostés

Una estrategia que ha probado cierta fecundidad para explicar este hito de la historia de Schoenstatt consiste en comparar este momento con determinados acontecimientos salvíficos e imágenes sagradas.  Entre esas imágenes existe una que suele imponerse las más de las veces: el 31 de mayo es un «nuevo Pentecostés». Así, el tercer hito no representaría una nueva etapa de la profundización de la Alianza de Amor, puesto que lo fundamental ya se había producido con el crecimiento en el Poder en Blanco y en el Inscriptio, expresión del amor humano y de aceptación libre  del plan divino. Parece ser, más bien, que el tercer hito implica una renovada irrupción misionera. El 18 de octubre representa el origen: la Alianza de Amor con María en el santuario y el 20 de enero es la consolidación de la familia en torno al padre después de la experiencia de Dachau, pero el tercer hito sería algo distinto:  es  la paternidad humana, la maternidad de María y la experiencia de comunidad, ofrecidos ahora a la Iglesia y al mundo como experiencia sanadora y trasformadora, a una Iglesia  que se había anquilosado en sus viejas estructuras y verdades perennes, y a un mundo que parecía haber huido de Dios.

Es cierto que Schoenstatt desde el principio tuvo un carácter misionero (“No podríamos realizar una obra apostólica más grande que inducir a nuestra Señora a establecerse aquí” se escucha en 1914, y “A la sombra del Santuario se codecidirán esencialmente los destinos de la Iglesia para Alemania y más allá aún, en los próximos siglos”, en 1929). Sin embargo, el 31 de mayo constituye el momento revitalizador de esa tarea.  Así como la nueva evangelización promovida desde Juan Pablo II no es novedosa por anunciar algo desconocido, sino por el modo de asumir el encargo, así también esta misión de mayo no es nueva por su contenido, sino que es nueva en tres sentidos: en su ardor (ante el inminente “bacilo del mecanicismo”), en sus métodos (desde los santuarios filiales), y en su expresión (como una cruzada o contracorriente).

En esta línea, más que un mensaje específico, el tercer hito  se constituye como un «reenvío misionero» que se produce en la madurez de Schoenstatt, pues en Schoenstatt y en el Padre Kentenich se habrían prefigurado la crisis y el remedio a los males de la época. Esta misión no se establece por la grandeza de los instrumentos, sino precisamente por su desvalimiento y por su apertura a la fuerza del Espíritu Santo que actúa a través del carisma del Fundador. La comparación de este tercer hito con un nuevo Pentecostés se ve reforzada, además, desde que se produjo originariamente en el santuario Cenáculo de Bellavista. Un ejemplo notable de esta comparación lo podemos encontrar en la Propuesta Evangelizadora del P. Hernán Alessandri.

 

El 31 de mayo y el misterio de la encarnación

Si queremos utilizar un paralelo cristiano, bien podría comprenderse el 31 de mayo como una apropiación del misterio de la Encarnación. 
Una segunda formulación utilizada para comprender el 31 de mayo es la del «pensar y vivir orgánico».  Con esta expresión, tan breve como críptica, se quiere decir que este hito encierra una atrevida opción por lo creado: el rescate del instinto religioso del hombre adormecido a causa de las ideologías y el racionalismo, un restablecimiento de los vínculos naturales que habían sido ahogados como peligrosos o pecaminosos, y una vuelta al mundo como hogar y terruño.  Desde esta perspectiva, el 31 de mayo significaría la apreciación de lo natural como vía hacia lo divino, desechando, como impostado o falseado un «cristianismo mecanicista», de meras ritualidades o puras ideas. En ese sentido, si queremos utilizar un paralelo cristiano, bien podría comprenderse el 31 de mayo como una apropiación del misterio de la Encarnación.  En efecto, la Encarnación significa que la religión cristiana no es una ascensión al logos al modo griego, ni un conjunto de costumbres como en las religiones romanas, sino que es la bajada de un Dios que asume todo lo humano (menos el pecado) y hace de lo humano y la creación el camino para volver a Él.

El mismo término de «misión salvífica de occidente» con el que Kentenich entendió en los años 60 el 31 de mayo, hace referencia precisamente al “carácter encarnatorio del cristianismo” (por utilizar la expresión del P. Rafael Fernández) que Schoenstatt quiere asumir: unión armónica entre naturaleza y gracia, entre la Causa Primera (Dios) y las causas segundas (las criaturas), entre fe y vida.  Es cierto que esta comparación entre 31 de mayo y la Encarnación no es habitual, pero conviene invocar un pensamiento de uno de los grandes estudiosos del padre Kentenich que da que pensar.  En cierta ocasión el P. Herbert King habló del escándalo de la concreticidad que significaba Schoenstatt, precisamente por este elemento de “sabor a tierra” que tiene nuestra espiritualidad, de rescate de lugares físicos, afectos carnales, de la maternidad femenina y de la ingenuidad de niño.

El 31 de mayo bajo el signo de la cruz

Con todo lo interesantes de estas dos imágenes me parece que el 31 de mayo también podría leerse íntimamente conectado al misterio de la cruz.   Es cierto que esa figura la posee fundamentalmente el 20 de enero, pues este hito representa el sacrifico del padre fundador, que en su aceptación de Dachau pretendió comprar la libertad interior de la Familia de Schoenstatt.  Sin embargo, esta interpretación no debe obscurecer que el hecho que ambos hitos están conectados en un continuo, y que, si en uno la entrega fue por la libertad de sus hijos, en el otro fue por amor a la madre Iglesia.   “Pienso en el salto mortal que me atreví a dar en 1942 y estoy consciente que esta vez se repite”. De hecho, cuesta saber qué sacrificio fue mayor, pues si en el campo de concentración el P. Kentenich puso en juego su vida, en el santuario de Bellavista arriesgó su propia obra, y gustoso entregó su honra:  “Toma este hijo, al que tú diste la vida y el cual he ofrecido todas las fuerzas de mi amor; lo devuelvo gozoso a tus manos y te entrego su destino y felicidad” (HP, 436).

Cuando uno lee la plática del 31 de mayo dada en Chile, lo mismo que la Epístola Perlonga depositada en el altar, si acaso no entiende la radicalidad de la entrega de su autor, tampoco es capaz de comprender por qué razón Kentenich se niega ser considerado simplemente un «señalizador en la ruta», o por qué puede ponerse en el lugar del mismo Dios, como su representante y su trasparente.  Lo que se muestra el 31 de mayo no es sólo que las criaturas son camino, expresión y seguro para llegar a Dios, o que en las relaciones humanas se concreta el amor divino: lo que se revela es que en el sacrificio de un padre y una madre humana, que pierden su tiempo y su prestigio por los suyos; así como en la experiencia de llevar al otro inscrito en el corazón hasta el extremo, se manifiesta  el verdadero rostro de Dios y su modo de actuar.

Sin esa experiencia de sacrificio crucial la actitud y las palabras del fundador resultarían altaneras, orgullosas y obstinadas, “culto a la personalidad”, como habían señalado sus críticos y detractores.   La palabra sacrificio significa hacer sagrada las cosas (sacrum facere). Si se elimina este sacrificio, la autoridad se paganiza y los vínculos se disuelven, y en vez de trasparentar a la divinidad, eclipsan su misma presencia.  Prueba de que el 31 de mayo es cruz, fue su alto precio: 14 años de doloroso e impotente exilio, que como 14 estaciones del via cruxis cerraron este hito.

La alegría de estos días de celebración, la fuerza misionera que tanto tiempo encerrada impulsa por abrirse paso, no pueden hacernos olvidar que el 31 de mayo es también una cruz-ada, pues implica asumir la cruz de una fecundidad divina poco pacífica y escasamente exitosa, en tiempos marcados por vinculaciones sospechosas y paternidades cuestionadas… Sin contar la gracia de los santuarios y una rica pedagogía, no se me ocurre qué más podría regalarle Schoenstatt a la Iglesia y al mundo.

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6 Responses

  1. Ignacio, muy agradecido de tu articulo. Ciertamente imposible entender el 31 de mayo, sin conocer a fondo la vida y desarrollo de nuestro padre fundador y como su historia es la historia de la familia de Schoenstatt. El fundador y la obra; una sola unidad.
    Desde Agua Santa
    Juan Retamal T

  2. Muy buena la explicación para los que no la entienden muy buena esta aclaratoria saludos y bendiciones desde Venezuela les pido oren por este país.

  3. Muy aclaratorio, para el que no lo entiende y para el que lo cuesta transmitir Schoenstatt

  4. Muy bueno el artículo. Nos lleva a lo esencial y de una manera Pedagogica, muy schoenstattiano. Me gusto la interpretación de sacrificio. Hacer Santo.

  5. Al final son actitudes vitales desde una Pedagogía muy concreta, no son principios, doctrinas o normas. Esta es nuestra Misión.

  6. Sin duda, interesante artículo que aterriza el significado del 31 de mayo en imágenes concretas. Pentecostés, Encarnación y Cruz.

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