Publicado el 2015-10-10 In Columna - Manuel de la Barreda, schoenstattianos

Dios siempre habla primero. Siempre ama primero

ESPAÑA, por Manuel de la Barreda Mingot

Cuando yo estaba en el colegio, con unos doce o trece años, teníamos un director espiritual muy peculiar. Sacerdote jesuita, el P. Xavier Ilundain, nos “premiaba” nuestro comportamiento en el colegio “dejándonos” ir los domingos por la tarde a un lugar llamado Club Avance. Este Club Avance, bajo la sombra de la organización Fe y Luz y del que el P. Ilundain era Consiliario, trataba de dar una tarde de sano ocio a “chavales”, como así llamaban entonces a los discapacitados psíquicos y a “normales”, como nos gusta seguir llamándonos a nosotros mismos; compartiendo un tiempo de fiesta, de alegría y de amistad. En aquel entonces no tenía ni idea de lo que era Fe y Luz ni quién lo había fundado. Muchas veces iba más por las niñas que acudían, amigas con las que por la edad, siempre aspirabas a que fueran algo más. No una, sino todas. Estuve yendo a ese Club unos cinco años. Ninguna de aquellas niñas, que luego fueron creciendo y haciéndose adolescentes, pasó a ser algo más, pero durante todos aquellos años, María, la Mater, ya fue trabajando mi corazón para lo que me depararía el futuro.

Lourdes

Unos años más tarde, empecé a salir con mi actual mujer. Paradojas del destino, ella también fue al Club Avance, aunque no coincidimos en el tiempo. La Mater de nuevo trabajo mi corazón y el de Lourdes mi mujer, para que “algo” surgiera entre nosotros. Y algo que también tenía que ver con el Club Avance.

Al poco de salir, comenzamos a ir juntos a la peregrinación con enfermos al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes en Francia, con la Hospitalidad Diocesana Nª Sra. de Lourdes de la Archidiócesis de Madrid. De esto hace ya mucho tiempo, pues aunque he faltado algún año, dentro de dos días vuelvo a ir a Lourdes con la Hospitalidad y me darán el distintivo de “25 años” asistiendo a peregrinaciones.

Casualidades de la vida, o mejor dicho, “Diosalidades”, mi mujer, como he dicho arriba, se llama Lourdes y en Lourdes (Francia) fue donde se creó Fe y Luz en 1971.

Javier

En los primero años de nuestras peregrinaciones a Lourdes, mi entonces novia y yo estábamos en un equipo que atendía a madres y sus hijos enfermos, muchos de ellos con discapacidad psíquica, aunque con muchas otras enfermedades. Empezamos a tratar con estas personas, en un ambiente distinto a lo que es un rato de fiesta el domingo por la tarde. Empezamos a convivir con ellos. La Mater seguía trabajando.

Nos casamos, tuvimos primero una niña preciosa, Isabel. Posteriormente un niño estupendo, Manuel. De pronto, mi mujer me dice que por qué no adoptamos un niño con Síndrome de Down. Me quedé impactado. Me rebelaba interiormente ante la idea de “hipotecar” mi vida de esa manera, pero algo en mi interior me impedía decirle que no. No le dije que no, pero tampoco que sí. Y con la paciencia propia de una mujer, fue pasando el tiempo y cada varios meses me lo recordaba. Mi actitud y respuesta siempre fueron las mismas, hasta que un día me dijo que había presentado la instancia para adoptar a un niño con Síndrome de Down y que en pocos días teníamos la primera entrevista para informarnos. Quede noqueado, pero el “no” seguía sin poder salir de mi boca.

A nuestras familias se lo dijimos el 28 de diciembre de 1995, día de los Santos Inocentes, toma Diosalidad de nuevo y nueve meses después entraba Javier en nuestra casa. Desde entonces la Mater de la mano de Javier no ha dejado de educarnos y cuidarnos y sobre todo, de enseñarnos a convivir de igual a igual con una persona, que como decía el P. Xavier arriba mencionado, el gen sobrante, el gen 21, debe estar lleno de amor y cariño. Diez años después nació nuestra cuarta hija, Blanca.

Arca

Pero nosotros, por mucho que estuviéramos descubriendo esto, no éramos ni mucho menos los primeros en hacerlo. En 1964, año en que yo nací, nueva Diosalidad, un tal Jean Vanier, marino primero, profesor de filosofía luego; después de visitar un “manicomio” como se llamaban entonces y ver las condiciones en que vivían los allí internados toma una decisión que le cambiará la vida. Decide llevarse a vivir con él a dos internos discapacitados psíquicos: Philippe y Raphael. Esta decisión no sólo cambió su vida y la de Philippe y Raphael, sino la de miles de personas repartidas por 147 comunidades en 35 países, que durante estos 51 años se han ido creando. Son las comunidades del Arca. Estos pequeños cielos en la tierra en los que las diferencias entre las personas solo suman, no restan y donde se valora a cada cual por lo que es, un ser humano. Hogares donde vivir con tus hermanos. Faros que iluminan al mundo actual donde está la verdad de cada persona, que no es en su efectividad sino en su dignidad de hijo de Dios. En 1971 Jean Vanier funda las comunidades de Fe y Lu

La Fundación El Arca de Madrid

Y una de esas comunidades, todavía en un estadio muy inicial, está aquí en Madrid. Hace unos 6 años, una persona de Schoenstatt, Araceli Moreno, nos invitó a su casa a cenar para proponernos este proyecto y entre otros estaba el P. Xavier Ilundain (ya no digo más lo de Diosalidad, pero…). Treinta y cinco años después nos volvíamos a encontrar y con el mismo fin, los discapacitados psíquicos. Pero no es un fin cualquiera. El proyecto del Arca, la “Fundación El Arca de Madrid”, busca un espacio de convivencia, un hogar, donde todos, sea cual sea tu salud mental, podamos convivir como personas que somos. El que uno sea rubio o moreno, tenga un gen de más o de menos, sea alto o bajo, guapo o feo, tonto o listo, lo único que hace, que debe hacer, es enriquecer más la relación, la convivencia. Verlo de otra manera es empobrecer mi visión que tengo de los demás, empobrecer a Cristo en los demás cercenándolo.

Y en esto ando metido. Gracias a la acción de la Divina Providencia en mi vida, gracias a la Mater que desde pequeño me cuida, gracias a las puertas abiertas, a las rendijas que Dios me fue poniendo en el camino y a las personas que si yo no me atrevía a pasar me empujaban, buscamos una casa para poder abrir un hogar, donde relacionarnos, donde vivir una familia, una comunidad (en las comunidades del Arca viven voluntarios y personas discapacitadas juntos) en un espacio de libertad, “de Libertad”, respetando la originalidad de cada uno, enriqueciéndonos mutuamente y jugando con Cristo de la mano, porque si algo me ha enseñado mi hijo Javier en estos 19 años, es que en su cara se refleja Cristo de una manera mucho más clara que en ningún otro y que siempre lleva a la Mater de su mano.

www.larche.org

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1 Responses

  1. pablo d'amico dice:

    gracias Manuel por compartir con Nosotros (schoenstattianos) esta increible Historia !
    realmente sos un afortunado del Señor por haber podido dar estos pasos tan generosos y humanos para con el otro !
    nuevamente la «cultura del Encuentro» como dice Francisco es el sendero mas directo para estar cerca del Padre !
    felicitaciones de todo corazon a toda tu linda Familia !

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