Publicado el 2015-10-06 In Temas - Opiniones

Paciencia

Por Manuel de la Barreda Mingot, Madrid, España •

Hoy me acabo de dar cuenta de una cosa. Hablo mucho de dejarme hacer por Dios, de saber hacer su voluntad y no la mía, pero la verdad es que no tengo ni idea de lo que eso significa y no lo hago, no lo llevo a la práctica.

Hace poco leí de nuevo el libro “Tres Monjes Rebeldes” de M. Raymond O.C.S.O. y me impactó el siguiente párrafo:

“…La santidad cuesta, ¿no es cierto? —Fue la pausada pregunta que hizo el guerrero, cuyos ojos miraban a la distancia.

—Sí —contestó rápidamente Esteban—. Cuesta mucho, pero el precio siempre está al alcance de nuestros bolsillos. No la adquirimos, no porque seamos pobres, sino porque somos mezquinos. ¡No queremos pagar el precio! He aquí un perfecto ejemplo de lo fácil que es adquirir santidad, si queremos. Esta separación entre Bernardo y Hugo será dolorosa. Ellos tendrán que reaccionar naturalmente o sobrenaturalmente. Pueden fomentar ese dolor, amohinarse, gruñir y lamentarse sobre la soledad y la falta de amor de la vida religiosa; o pueden sonreír exteriormente aunque interiormente sufran; pueden darse ánimo uno a otro al despedirse, rogando secretamente a Cristo que la pena que agobia sus almas arda como incienso en el brasero de su Sagrado Corazón, ofreciendo a la Divinidad en acto de reparación y alabanza. El hacer esto no calma el dolor. No, por cierto. A menudo lo aumenta por la negación del alivio que representa la expresión exterior del dolor humano. Tú sabes ya cuál de los dos caminos es el bueno. Sabes cuál de ellos hace al hombre de Dios y cuál al monje tibio. Sí, Gauldry, la santidad cuesta; pero siempre podemos pagar el precio. La única pregunta es ésta: ¿lo pagaremos?…”

Y como digo, me impactó mucho. No sabía bien por qué, pero el caso es que me anoté este párrafo, y ahí quedó guardado.

Hoy en Misa, 20 días después de leer el párrafo, he llegado a la misma conclusión que muestra, pero por otra vía. Hoy he tenido una reflexión sobre la Pacienca y la mansedumbre, que ambas emanan de la Confianza. Si de verdad me creo que Dios me Ama, debo creer también que todo lo que me da es bueno. Si confío en su Amor, debo tener paciencia, debo asumir que lo que me da Dios tiene sus tiempos y he de saber esperar. Debo aceptar con mansedumbre sus designios y dejarme hacer por Él. Y dejarme hacer no es estar continuamente quejándome de mis circunstancias, pues ese quejarse interminable me hace perder la Paz Interior, elemento imprescindible para que Dios pueda actuar en mi interior.

Por tanto, aunque haya asumido algo, haya acatado alguna circunstancia adversa de mi vida, haya tomado alguna decisión difícil, si después no logro parar de quejarme, de darme pena de mí mismo, de anhelar lo que no tengo ni voy a tener, me pasa lo que dice S. Pablo en su carta a los Corintios. “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

Porque si persisto en mi rebeldía, lo que no estoy haciendo es Amar a Dios a través de su Voluntad, sino me estoy enfrentando a ella, a Él.

Llegamos por tanto a la respuesta de Esteban. Amar a Dios, Amar su Voluntad, es ser como esos granos de incienso que se queman en su Sagrado Corazón, es decir, es no quejarse, no darme pena de mí mismo. Es poner mi sufrimiento, mi rebeldía a los pies de la Cruz de Cristo y no darle más vueltas. ¿Es fácil? Pues no, pero es así de sencillo. Y cuando te vengan de nuevo las ganas de llorarte, volver a hacer lo mismo. Eso es dejarse quemar, eso es Amar a Dios. Eso es apostar por la santidad. Y luego, sonreír.

Y el resto, dejárselo a Dios. Él sabe. Él conoce mis necesidades y lo que me hace falta. Él conoce cuanto tiempo necesito para cambiar y que cosas me hacen falta o no me hacen falta para ello.

En el mundo que hoy vivimos, estamos acostumbrados a las soluciones inmediatas. ¿Hay un problema? Pues se plantea una solución para resolverlo, ya. Todo es rápido. La información con Internet la tenemos a golpe de ratón. Todo al alcance de la mano. Todo es para ya.

Estamos perdiendo de vista, que la vida no es así. Que para nacer, necesitamos desarrollarnos en el seno de nuestra madre durante nueve meses. Que para aprender a andar, necesitamos fortalecernos y tardamos un año más o menos desde que nacemos. Que para aprender y educar nuestra mente, tardamos unos 20 años. Y que para cambiar alguna actitud, podemos tardar toda la vida.

Por eso las circunstancias adversas que vivimos, las intentamos eliminar de nuestra vida de forma inmediata y no las podemos soportar, de ahí nuestra queja interminable, que nos quita la Paz y no nos deja sacar lo positivo, no nos deja escuchar a Dios.

Tenemos que aprender a darle tiempo al tiempo. Ha aceptar las cosas. Y muchas veces, a no hacer nada. Simplemente esperar y confiar.

 

Foto: cortestía de Hanna Grabowska, Schoenstatt

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1 Responses

  1. Q enriquecedor poder reflexionar sobre estos escritos y compararlos con nuestra actitud
    Es la manera de reconocer cuánto nos falta xa vivir el camino de la santidad

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