Publicado el 10. marzo 2019 In Casa Madre de Tuparenda, José Kentenich, Pastoral carcelaria

Pedagogía kentenijiana en la periferia

Pedagogía kentenijiana en la periferia (2), P. Pedro Kühlcke •

Compartimos las experiencias y conclusiones del P. Pedro Kühlcke, en la aplicación de la pedagogía kentenijiana en la periferia, concretamente en una cárcel de menores y en el programa de reinserción social “Casa Madre de Tuparenda”. Se trata de la segunda parte de un texto elaborado desde una conferencia para la Juventud Masculina de Schoenstatt de Tuparenda.—

 

Pedagogía de confianza y de movimiento

El Padre Kentenich habla de las “estrellas de la pedagogía schoenstattiana”: “En nuestra pedagogía”, escribe el Padre Fundador, esto es en el año 1950, “distinguimos estrellas y formas fundamentales. Pero no me atrevo a tomarme el tiempo para explicar esto extensamente.”[1]

Menos mal, porque cuando el Padre “explica extensamente”, son como 10 conferencias para hablar de la primera estrella no más. Pregúntenle al Padre Oscar que acaba de hacer un curso de tres semanas para el “Kentenich-Magister”: ¿Hasta qué conferencia llegaron con la primera estrella?

“Las estrellas son las siguientes: pedagogía de ideales, pedagogía de vinculaciones, pedagogía de alianza, pedagogía de confianza y pedagogía de movimiento. Cinco expresiones con un rico, riquísimo contenido.”[2]

¿Alguna de esas cinco les parece conocida? “Alianza”, “vinculaciones”, “movimiento” … por algo somos un movimiento y no somos una estructura estática, una institución. ¿Pedagogía del ideal, les parece conocida? ¿Pedagogía de confianza? Éstas son las cinco estrellas; y de alguna forma las vivimos en Schoenstatt, aunque no sepamos el nombre, aunque nunca hayamos escuchado hablar explícitamente de ellas.

Pedagogía de confianza

Primeramente, se trata de la confianza enormemente grande y fuerte en lo bueno que hay en las personas, en los seres humanos. Posteriormente hemos dado a esto mismo un nombre convincente y clásico: pedagogía de confianza
Analicemos por ejemplo un poco esa estrella de la confianza. El Padre Kentenich dice:

“Primeramente, se trata de la confianza enormemente grande y fuerte en lo bueno que hay en las personas, en los seres humanos. Posteriormente hemos dado a esto mismo un nombre convincente y clásico: pedagogía de confianza.”[3]

Eso me encanta del Padre, ¡tiene una visión tan positiva! ¿Hay algo bueno en ustedes? ¡Claro que sí! ¿Hay algo bueno en un ladrón, en un motochorro? Ahí ya se complica bastante la pregunta… ¡En todos hay algo bueno, incluso en aquellos que no saben eso!

Fíjense cómo el Padre Fundador profundiza eso:

“Si me permiten que utilice una expresión drástica que he utilizado innumerables veces al dirigirme a las Hermanas: es un arte superar en nosotros al escarabajo estercolero y cultivar en nosotros la abeja. Seguramente entienden lo que la frase quiere decir. Tenemos que darle también al otro el derecho a su ser. Es decir, educarnos antes que nada a nosotros mismos para ver en él más lo positivo, lo valioso, que estar colocando siempre en primer plano lo que no me gusta en él.”[4]

Escarabajo estercolero – ese bichito típico de Alemania, que siempre busca desechos; acá seguramente hay algo parecido. Vieron que cuando una vaca deja caer algo, ahí se juntan todas las moscas y otro tipo de bichos.

Diría con otras palabras: Podemos tener ojos de mosca, o podemos tener ojos de abeja. ¿Qué pasa si en un campo soltás una mosca y una abeja? Después de un rato viene la mosca y dice: “¡Este campo está lleno de estiércol!” La abeja en cambio vuelve y dice: “¡Este campo está lleno de flores!” ¡Pero es el mismo campo! La mosca ve lo malo, el desecho, el estiércol – ¡la abeja ve las flores!

Hay gente que mira todo con ojos de mosca, porque prefiere ver lo negativo, lo malo, el estiércol. Pero también hay gente que aprendió a mirar con ojos de abeja – eligen ver lo bueno, las flores. En todas partes está lo negativo y lo positivo; yo elijo qué prefiero mirar.

Allá en la cárcel también tratamos de mirar siempre con ojos de abeja. Muchas veces encontramos chicos cuya vida es un desastre: drogadictos, motochorros, asesinos, … de todo encontramos. Hay chicos que hicieron cosas horribles. Cuando, generalmente por primera vez en su vida, se sinceran y reconocen todo, se dan cuenta que su corazón parece una piedra dura, fría y oscura, con mucha vergüenza y desprecio de sí mismos – a veces con un vacío tremendo de soledad y sufrimiento, a veces con un mar de lágrimas que nunca pudieron salir de ahí – y todo bien escondido detrás de una máscara de macho duro y sonrisa falsa.

¿Y saben lo que les digo? “¡Vos tenés un corazón de oro!” El chico me mira con una cara como diciendo: “¿De qué está hablando este pa’i, si le acabo de contar todo el desastre que hice en mi vida?” Le insisto: “Tenés un corazón de oro, ¿sabías?” “¡No, no sabía! Nadie nunca me dijo algo así.”

¿Y saben lo que les digo? “¡Vos tenés un corazón de oro!”
¿Por qué un corazón de oro? Y entonces le tenés que explicar un poco cómo descubriste su corazón de oro. Por ejemplo: se animó a acercarse a hablar con un sacerdote, cosa que jamás en su vida hizo; se animó a reconocer lo que había hecho… ¿De dónde le nació la confianza de contar eso que nunca le había contado a nadie? No del corazón de piedra, sino del corazón de oro. ¿O de dónde le nace decir: “¿Realmente hice cosas muy malas, necesito pedir perdón a Dios y a mis víctimas, necesito cambiar”? ¡Del corazón de oro! Ese corazón que quiere brillar, pero que estaba tapado por mucho estiércol…

Ayudarle al otro a descubrir que tiene algo bueno, eso es pedagogía de confianza. ¡Y eso funciona, y eso cambia vidas!

Uno de los chicos me había contado que toda su familia estaba en el delito: la abuela se dedica al tráfico de drogas, la mamá es “descuidista”, el papá asaltante y matón… Todos ya pasaron o están pasando bastante tiempo en la cárcel. Y uno piensa: “Claro, ¿qué habrá podido aprender ese chico en toda su vida?” Cuando su mamá se enojaba con él, lo que pasaba bastante seguido, le decía que iba a ser como su papá; y entonces quedó en su subconsciente que él también tenía que ser asaltante, matón, carcelero: no se imaginaba ninguna otra alternativa. Cuando le conté de su corazón de oro, fue como una revelación para él: “¡Yo puedo ser diferente, puedo cambiar la historia de mi familia!” Ahora está haciendo catequesis, porque quiere recibir el bautismo y ser un buen hijo de Dios. El otro día me contó orgulloso: “¡Pa’i, ya sé casi todo el Credo de memoria! ¿Cuándo me vas a bautizar?”

¿Ustedes conocen a chicos que andan por el mundo cultivando su complejo de inferioridad? “Yo no sirvo para nada; yo no puedo; no, mejor pedile a otro… “Cuando le piden a alguien que haga la oración al comienzo de la reunión: “No, yo no sé rezar.” “¿Cómo?” O que sea encargado de grupo: “No, mejor otro que esté mejor preparado, yo no sirvo para eso.” ¡Puro complejo de inferioridad! ¡Todos sabemos, obviamente! Todos tenemos corazón de oro, todos tenemos algo bueno. El Padre Kentenich nos enseña a buscar y encontrar lo bueno en nosotros y en los demás – muy conscientemente ejercitarnos en eso de cerrar los ojos de mosca y abrir los ojos de abeja. En nuestro trato con el prójimo conscientemente buscar lo positivo. ¡Les puedo asegurar que eso cambia vidas!

Yo me acuerdo que una vez un joven me mensajeó después de un buen tiempo de haber salido del CEI. Me contó que volvió a caer en las drogas, robó, no sé qué cosas hizo… Le agarró la policía, y como ya tenía 18 años, le mandaron a la cárcel de adultos: ¡ahí todo es mucho más complicado que en el CEI! En todas las cárceles está prohibido tener celular, pero a veces se las ingenian para conseguir uno por un rato. Fue más o menos así el diálogo por mensaje: “¡Hola pa’i, tanto tiempo! ¿Cómo andás?” “Todo bien, ¿y vos?” “¡Todo bien también!” Le contesté de frente: “¡Mentira! ¿Dónde estás?” “En la cárcel de nuevo.” “¿En serio, ¿qué te pasó?” “Y volví a caer.” “¿Cómo estás ahora?” “Más o menos, pero estoy luchando.” “¿Y querés cambiar realmente?” “¡Sí pa’i! Siempre me acuerdo de que vos me dijiste que yo tengo un corazón de oro.” Fíjense que de eso hacía más de un año, pero el chico se acordaba perfectamente de que alguien alguna vez le dijo que tenía un corazón de oro. Y por más que se cayó, por más que hizo desastre otra vez, quedó eso: el corazón de oro y las ganas de luchar y salir adelante a pesar de todo.

¿Se dan cuenta qué importante es esta pedagogía de confianza? Por ejemplo, estaba con un grupo y alguien me dijo: “En realidad me gustaría ayudar en tal cosa, pero no me animo, porque no sé si me va a resultar bien.” ¡Pero claro, por supuesto, andá, metete, hacelo! ¿Vas a cometer errores? ¡Por supuesto! Nadie nace con la garantía de nunca cometer errores. ¡Pero igual podés hacerlo!”

Pedagogía de confianza: regalarle confianza al otro, ver lo bueno en el otro. Eso parte por tener confianza en uno mismo y creer que uno también nació con un corazón de oro.

Misa con los jóvenes de CMT en el Santuairo de Tuparenda

Pedagogía de movimiento

En Schoenstatt tenemos esa maravillosa libertad de seguir un camino propio – pero hacia ese fin claramente reconocido.
Después el Padre habla también de la pedagogía de movimiento, que tiene muchísimo que ver con la pedagogía de confianza. ¿Qué significa “pedagogía de movimiento”?

El Padre Kentenich nos lo dice en forma muy concreta:

Echemos “un vistazo al interior de un reino que se rige por la pedagogía de movimiento. Si bien hay mucha bajamar y pleamar y las corrientes chocan con frecuencia en su ámbito, la salud de la disposición psíquica encuentra en todas partes, a su debido tiempo, el punto de reposo y el equilibrio.”[5]

¿Todo claro? Empecemos a traducir…

¿Quién de ustedes estuvo alguna vez de vacaciones junto al mar, en la playa, en Brasil, en Chile? En el mar pasa algo que normalmente en el río no pasa tanto – en el río pasa una vez por año y en el mar pasa todos los días: el agua sube, “pleamar”; y de pronto vuelve a bajar, “bajamar”; a veces de noche, a veces de día, porque eso depende de la luna. En el río depende de otra cosa: cuando llueve, el río crece, y se dan las inundaciones típicas de nuestros barrios periféricos.

Pleamar y bajamar: no solamente en el mar o en el río, eso se da en muchos aspectos de la vida. A veces las cosas suben, crecen, está todo bien; y a veces bajan, todo sequía, desastre. Pero con el tiempo, diría el Padre Kentenich, algo va encauzándose, encontrando un equilibrio. Por ejemplo, nuestra Juventud Masculina de Schoenstatt: un año todo súper bien, cinco grupos nuevos, escuela de jefes, diez consagraciones de miembros, ¡fantástico! ¿Y el año siguiente? Bajamos, no queda nada, desastre: ¡peguémonos un tiro, se acabó todo!  ¡No, no vamos a pegarnos un tiro! Vamos a seguir luchando, porque en algún momento vuelve la pleamar, la situación cambia. A eso el Padre Kentenich lo llama “pedagogía de movimiento”: Vamos, venimos, algunos se van, algunos vuelven a aparecer después de años… ¿No es cierto? Hay mucho movimiento. No es que avanzamos todos igualitos como en la escuela: primer curso, segundo curso, tercer curso. Cada uno crece por su lado, a veces por caminos muy sinuosos – y de pronto, el chico que menos pensaste está arrodillado ahí adelante en el santuario sellando su alianza de amor.

“La pedagogía de movimiento conduce por el camino del movimiento a fines claramente reconocidos.”[6]

Por ejemplo: a este grupo ahora le tocaría tal cosa, pero dicen: “¡No, queremos hacer tal otra cosa!” “Perfecto, son libres, ustedes deciden.” Pero el objetivo grande, el fin claramente reconocido es la alianza de amor – por el camino que ustedes elijan. Si estamos en Schoenstatt es porque queremos vincularnos al santuario, a la Mater y al Padre Fundador. Si un grupo viene y dice: “¡No, eso de la alianza y de rezar y de ir a misa los domingos, eso no va con nosotros!”, entonces perfecto, entonces vayan a grupos como Techo o Rotary, o búsquense otra cosa. En Schoenstatt tenemos un fin claro: somos un grupo religioso, queremos sellar la alianza…: tenemos un fin claro, pero el camino puede ser bastante cambiante. Eso significa pedagogía de movimiento.

“Cuánto más contemple usted todas estas cosas, tanto más convencido estará de cuánta libertad personal reina e irrumpe en todas partes, mucho más que en otras comunidades.”[7]

Muchos otros movimientos están bastante más “estructurados”: primero hay que hacer tal cosa, después toca tal otra, después esto, y así. En Schoenstatt tenemos esa maravillosa libertad de seguir un camino propio – pero hacia ese fin claramente reconocido.

El Padre continúa diciendo: “Mientras haya una cabeza clara que vea todo el conjunto y una mano firme que esté por encima de todo, sin querer aplacar las olas antes de tiempo…”[8]  No se trata de un “orden de cuartel”: “¿Ustedes quieren hacer aquello? ¡No, ahora toca ésto, punto, se acabó la discusión!” No, al contrario: ¡Hagan su camino propio, hagan sus experiencias!

Es lo que vivimos en la JM de Schoenstatt, y es lo que también vivimos en la cárcel: ¡pedagogía de movimiento!

Por ejemplo, me acuerdo de un joven que salió de la cárcel, vino acá a nuestro programa de Casa Madre de Tupãrenda, empezó super bien, uno o dos meses. De pronto, un fin de semana, ¿qué pasó? Me lo encuentro de nuevo en la cárcel el lunes. “¿Qué te pasó, si estabas tan bien?” “Me encontré con unos amigos…” “¿Tu mala junta?” “Sí, pa’i. Empezamos a tomar cerveza, después vodka. Alguien trajo marihuana, y después ya quisimos fumar algo más fuerte.” “¿Y cómo pagaste por todo eso?” “Caí en la tentación, me fui a robar un celular, me agarró la policía, y acá estoy de nuevo.”

¿Se acuerdan, en su visita al Paraguay, el encuentro con los jóvenes en la Costanera? Ahí agregó: “¡Hagan lío, pero organícenlo bien!” Eso traducido es pedagogía de movimiento y de confianza. Y nos complica la vida. Sería mucho más fácil tener todo ordenadito, cuadradito, organigrama acá, esquema allá…; pero la vida no es así. La vida es desordenada, pero la vida siempre tiene que tener un objetivo.
¿Qué dirían ustedes? “¡Qué desastre, olvídate no más, no servís para nada!” ¡No! Le dije: “Bueno, ahora vas a estar un tiempo acá en la cárcel, vas a volver a cultivar tu corazón de oro, y cuando salgas, si vos realmente querés salir adelante con tu vida, te espero de nuevo en Tupãrenda.” Ese chico ahora ya se graduó de Casa Madre, cumplió muy bien sus nueve meses – ¡en su segundo intento! –, y está trabajando profesionalmente en una panadería, con contrato fijo, sueldo regular y previsión social. Pero si a ese chico no le hubieran dicho: “Bueno, metiste la pata, ya está, pero confío en vos, vos podés, ¡volvé a luchar!”, a lo mejor hoy estaría en cualquier otra cárcel, o incluso en un lugar peor.

¿Se dan cuenta? Eso es pedagogía de movimiento: ¡hacé tu camino, cometé tus errores, no hay problema! Pero tenemos un objetivo: queremos salir adelante; o en la JM diríamos: queremos sellar la alianza, queremos ser buenos hijos de Dios y la Mater.

Pedagogía de confianza y de movimiento: a propósito, las mencioné primero, porque son un poco menos conocidas, pero son las que realmente vivimos, o por lo menos queremos vivir. El problema con estas dos estrellas es que nos complican la vida. Por ejemplo, cuando en la reunión de jefes de la JM están analizando cómo anda cada grupo: “Este grupo es un desastre – ahora se les ocurrió no sé qué cosa…” “¡Pero ¡qué fantástico, me encanta, adelante! ¿Pero van a querer sellar la Alianza de Amor en algún momento, o no?”

“¡Desordenen, hagan lío!”, diría el Papa Francisco. ¿Se acuerdan, en su visita al Paraguay, el encuentro con los jóvenes en la Costanera? Ahí agregó: “¡Hagan lío, pero organícenlo bien!” Eso traducido es pedagogía de movimiento y de confianza. Y nos complica la vida. Sería mucho más fácil tener todo ordenadito, cuadradito, organigrama acá, esquema allá…; pero la vida no es así. La vida es desordenada, pero la vida siempre tiene que tener un objetivo.

Página oficial de Fundaprova/Casa Madre de Tuparenda, ahora tambien en inglés y alemán: www.fundaprovapy.org
Fotos: Maria Fischer @schoenstatt.org
[1]      Herbert King (ed.), José Kentenich: Una presentación de su pensamiento en textos. Tomo 5: Textos pedagógicos. Ed. Nueva Patris, Santiago de Chile, 2008. Citado como “King”. Pág. 119.
[2]      King, 119.
[3]      King, 208.
[4]      King, 215.
[5]      King, 314.
[6]      King, 312.
[7]      King, 315.
[8]      Íd.

Pedagogía kentenijiana II – Texto completo en PDF

Parte 1: Libertad en la cárcel:

¿Libertad en la cárcel?

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