Publicado el 23. octubre 2019 In Iglesia - Francisco - Movimientos

Pacto de las catacumbas para la casa común

SINODO DE AMAZONIA, redacción con material de varias agencias •

Este 20 de octubre de 2019 quedará registrado en la historia de la Iglesia como el día en que se firmó el ‘Pacto de las catacumbas por la casa común”.—

La Iglesia renueva, en el mismo lugar y con el mismo espíritu, el fuerte compromiso firmado el 16 de noviembre de 1965, pocos días antes del cierre del Concilio Vaticano II. Ese fue el día en que cuarenta y dos padres conciliares celebraron la Eucaristía en las catacumbas de Domitila para pedirle a Dios la gracia de «ser fieles al espíritu de Jesús» al servicio de los pobres. Aquel primer Pacto no solo era una bella declaración de intenciones, sino que bajaba al plano más personal. Por eso, renunciaban a las riquezas, tanto en las apariencias como en la realidad, a poseer bienes en propiedad; rechazaban los nombres y títulos que expresaran poder como eminencia, excelencia, monseñor; en las relaciones sociales, se comprometían a evitar preferencia por los ricos y poderosos y optaban por el uso de símbolos evangélicos, nunca de metales preciosos.

Más de 50 años más tarde, en octubre de 2019, se firma el documento «Pacto por una Iglesia sierva y pobre»: el compromiso asumido es el de colocar a los pobres en el centro del ministerio pastoral. Al texto, también llamado «Pacto de las catacumbas», se unieron más de 500 padres del consejo.

Pasajes conciliares y nuevos caminos.

Después de 54 años, el legado de los padres conciliares fue recogido por un grupo de participantes en el sínodo de los obispos para la región pan-amazónica, centrado en el tema: «Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral». El espíritu de aquel día vivido en 1965 en las catacumbas de Domitila se renovó. Esta mañana, el cardenal Claudio Hummes, relator general en el sínodo para la Amazonía, presidió la Santa Misa en el mismo lugar, el cementerio subterráneo más grande y antiguo de Roma. Y justo en las catacumbas de Domitila, estableciendo un fuerte vínculo con el documento firmado en 1965, se firmó un documento titulado «Pacto de las catacumbas para la casa común. Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidor, profético y samaritano”.

“Este sínodo es fruto del Concilio Vaticano II”, recordó el cardenal Hummes durante la homilía, en la que animó a los presentes a volver la mirada sobre la Iglesia primitiva que, aunque perseguida, celebraba en las catacumbas la memoria de Jesús y se fortalecía con el testimonio de los mártires.

Hummes también acentuó que “las grandes reformas del Papa Francisco nos invitan a mirar a la Iglesia primitiva” y particularmente, en este sínodo pan-amazónico, a “proclamar la palabra sin miedo en la Amazonía”, sin dejar de “creer en la fuerza de la oración y en nuestros pueblos”, para hacer realidad la “Ecclesia Semper Reformanda”.

El pacto de las catacumbas para la casa común

En el documento, los participantes en el sínodo para Amazonía recuerdan que comparten la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, habitantes de las orillas de los ríos, migrantes y comunidades periféricas. Con ellos, experimentaron «la fuerza del Evangelio que funciona en los pequeños». «El encuentro con estos pueblos – se lee en el documento – nos llama y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad». Los firmantes del documento se comprometen a «renovar la opción preferencial por los pobres», a abandonar «cualquier tipo de mentalidad y actitud colonial», a anunciar «la novedad liberadora del Evangelio de Jesucristo». También se comprometen a reconocer «los ministerios eclesiales que ya existen en las comunidades» y a buscar «nuevos caminos de acción pastoral».

El pacto por una Iglesia que sirve y es pobre

Por lo tanto, el día de hoy está relacionado con el del 16 de noviembre de 1965 y con el «Pacto de las Catacumbas», que contiene una exhortación dirigida a los «hermanos en el episcopado» para llevar una «vida de pobreza», para ser una Iglesia servidora y pobre, de acuerdo con el espíritu propuesto por el Papa Juan XXIII. Dos meses antes de esa celebración, el Papa Pablo VI había ido a las catacumbas de Domitila y había declarado: «Aquí el cristianismo hundió sus raíces en la pobreza, en el ostracismo de los poderes constituidos, en el sufrimiento de las persecuciones injustas y sangrientas; aquí la Iglesia fue despojada de todo poder humano, fue pobre, humilde, piadosa, oprimida, heroica. Aquí la primacía del espíritu, del que nos habla el Evangelio, tenía su oscura, casi misteriosa, pero invocada afirmación, su testimonio incomparable, su martirio».

Una Iglesia pobre para los pobres

El compromiso hecho por los padres del consejo en 1965 fue también uno de los primeros deseos expresados ​​por el Papa Francisco inmediatamente después de su elección a la cátedra de Pedro. El 16 de marzo de 2013, al recibir a los representantes de los medios, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre dice: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!» En una carta enviada en 2016 al P. Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, el Papa pide un retorno a las raíces: «En un mundo desgarrado por la lógica del beneficio que produce nueva pobreza y genera la cultura del descarte, no dejo de «invocar la gracia de una Iglesia pobre y para los pobres. No es un programa liberal, sino un programa radical porque significa un retorno a las raíces. Volver a los orígenes no es un retiro del pasado, sino la fortaleza para un comienzo valiente para el mañana. Es la revolución de la ternura y el amor».

La primavera de una Iglesia pobre y servidora, profética y samaritana.

Porque, como recoge el pacto en varias de sus propuestas, la Iglesia del futuro será así o no será. Una Iglesia de amor en acción, que pasa de las proclamas de misericordia al ejercicio concreto de la misma; que toca la carne del empobrecido, comparte su vida y se mancha de barro, para liberarlo. Para que ellos y sus hijos puedan vivir con dignidad.

Dos signos fueron particularmente relevantes al concluir la celebración Eucarística y la firma del Pacto, hacia las 9 a.m., cuando el cardenal Hummes comentó que el cáliz que se utilizó en la celebración perteneció al misionero comboniano Ezequiel Ramin, quien dio su vida por la Amazonía en 1985.

Asimismo, el obispo emérito de Xingú, Erwin Kräutler, recibió de Hummes la estola que fue de don Hélder Câmara –y que el cardenal había utilizado en la Eucaristía de hoy. “Usted merece tener la estola de don Hélder”, fueron sus palabras.


Pacto de las catacumbas por la casa común

Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana

Nosotros, los participantes del sínodo pan-amazónico, compartimos la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, quilombolas, ribereños, migrantes, comunidades en la periferia de las ciudades de este inmenso territorio del planeta. Con ellos hemos experimentado la fuerza del Evangelio que actúa en los pequeños. El encuentro con estos pueblos nos desafía y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad. Influidos por la escucha de sus gritos y lágrimas, acogemos de corazón las palabras del Papa Francisco:

“Muchos hermanos y hermanas en la Amazonía cargan cruces pesadas y esperan el consuelo liberador del Evangelio, la caricia amorosa de la Iglesia. Por ellos, con ellos, caminemos juntos”.

Recordamos con gratitud a los obispos que, en las catacumbas de santa Domitila, al final del Concilio Vaticano II, firmaron el Pacto por una Iglesia servidora y pobre. Recordamos con reverencia a todos los mártires miembros de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y movimientos populares; líderes indígenas, misioneras y misioneros, laicos, sacerdotes y obispos, que derramaron su sangre debido a esta opción por los pobres, por defender la vida y luchar por la salvaguardia de nuestra casa común. Al agradecimiento por su heroísmo, unimos nuestra decisión de continuar su lucha con firmeza y valentía. Es un sentimiento de urgencia que se impone ante las agresiones que hoy devastan el territorio amazónico, amenazado por la violencia de un sistema económico depredador y consumista.

Ante la Santísima Trinidad, nuestras Iglesias particulares, las Iglesias de América Latina y el Caribe y de aquellas que son solidarias en África, Asia, Oceanía, Europa y el norte del continente americano, a los pies de los apóstoles Pedro y Pablo y de la multitud de mártires de Roma, América Latina y especialmente de nuestra Amazonía, en profunda comunión con el sucesor de Pedro, invocamos al Espíritu Santo y nos comprometemos personal y comunitariamente a lo siguiente:

  1. Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera.
  2. Reconocer que no somos dueños de la madre tierra, sino sus hijos e hijas, formados del polvo de la tierra (Gen 2, 7-8), huéspedes y peregrinos (1 Ped 1, 17b y 1 Ped 2, 11), llamados a ser sus celosos cuidadores y cuidadores (Gen 1, 26). Por tanto, nos comprometemos a una ecología integral, en la cual todo está interconectado, el género humano y toda la creación porque todos los seres son hijas e hijos de la tierra y sobre ellos flota el Espíritu de Dios (Génesis 1: 2).
  3. Acoger y renovar cada día la alianza de Dios con todo lo creado: «Por mi parte, estableceré mi alianza contigo y tu descendencia, con todos los seres vivos que están contigo, aves, animales domésticos y salvajes, en resumen, con todas las bestias de la tierra que salieron del arca contigo” (Gen 9: 9-10; Gen 9: 12-17).
  4. Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades. Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas.
  5. Abandonar, como resultado, en nuestras parroquias, diócesis y grupos toda clase de mentalidad y postura colonialistas, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales.
  6. Denunciar todas las formas de violencia y agresión contra la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, su identidad, sus territorios y sus formas de vida.
  7. Anunciar la novedad liberadora del evangelio de Jesucristo, en la acogida al otro demás y al diferente, como sucedió con Pedro en la casa de Cornelio: “Usted bien sabe que está prohibido que un judío se relacione con un extranjero o que entre en su casa. Ahora, Dios me ha mostrado que no se debe decir que ningún hombre es profano o impuro” (Hechos 10, 28).
  8. Caminar ecuménicamente con otras comunidades cristianas en el anuncio inculturado y liberador del evangelio, y con otras religiones y personas de buena voluntad, en solidaridad con los pueblos originarios, los pobres y los pequeños, en defensa de sus derechos y en la preservación de la casa común.
  9. Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos originarios, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades.
  10. Comprometernos en el reconocimiento urgente de los ministerios eclesiales ya existentes en las comunidades, llevados a cabo por agentes pastorales, catequistas indígenas, ministras y ministros de la Palabra, valorando especialmente su atención a los más vulnerables y excluidos.
  11. Hacer efectivo en las comunidades que nos han confiado el paso de una pastoral de visita a una pastoral de presencia, asegurando que el derecho a la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía se haga efectivo en todas las comunidades.
  12. Reconocer los servicios y la real diaconía de la gran cantidad de mujeres que dirigen comunidades en la Amazonía hoy y buscar consolidarlas con un ministerio apropiado de mujeres líderes de comunidad.
  13. Buscar nuevos caminos de acción pastoral en las ciudades donde actuamos, con el protagonismo de laicos y jóvenes, con atención a sus periferias y migrantes, trabajadores y desempleados, los estudiantes, educadores, investigadores y al mundo de la cultura y de la comunicación.
  14. Asumir frente a la avalancha del consumismo con un estilo de vida alegremente sobrio, sencillo y solidario con aquellos que tienen poco o nada; reducir la producción de residuos y el uso de plásticos, favorecer la producción y comercialización de productos agroecológicos y utilizar el transporte público siempre que sea posible.
  15. Ponernos al lado de los que son perseguidos por el servicio profético de denuncia y reparación de injusticias, de defensa de la tierra y de los derechos de los pequeños, de acogida y apoyo a los migrantes y refugiados. Cultivar amistades verdaderas con los pobres, visitar a los más simples y enfermos, ejerciendo el ministerio de la escucha, del consuelo y del apoyo que traen aliento y renuevan la esperanza.

Conscientes de nuestras debilidades, nuestra pobreza y pequeñez frente a desafíos tan grandes y graves, nos encomendamos a la oración de la Iglesia. Que nuestras comunidades eclesiales, sobre todo, nos ayuden con su intercesión, afecto en el Señor y, cuando sea necesario, con la caridad de la corrección fraterna.

Acogemos de corazón abierto la invitación del cardenal Hummes a ser guiados por el Espíritu Santo en estos días del Sínodo y en nuestro regreso a nuestras iglesias:

“Déjense envolver en el manto de la Madre de Dios y Reina de la Amazonía. No dejemos que nos venza la auto-referencialidad, sino la misericordia ante el grito de los pobres y de la tierra. Se requerirá mucha oración, meditación y discernimiento, así como una práctica concreta de comunión eclesial y espíritu sinodal. Este sínodo es como una mesa que Dios ha preparado para sus pobres y nos pide a nosotros que seamos los que sirven la mesa».

Celebramos esta Eucaristía del pacto como «un acto de amor cósmico». “¡Sí, cósmico! Porque incluso cuando se lleva a cabo en el pequeño altar de una iglesia de aldea, la Eucaristía siempre se celebra, en cierto modo, en el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra toda la creación. El mundo salido de las manos de Dios regresa a Él en feliz y plena adoración: en el Pan Eucarístico «la creación tiende a la divinización, a las santas nupcias, a la unificación con el mismo Creador». «Por esta razón, la Eucaristía es también fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el medio ambiente, y nos lleva a ser guardianes de toda la creación».

Catacumbas de Santa Domitila

Roma, 20 de octubre de 2019

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