Publicado el 2016-01-30 In Misiones

Tres misioneros en Roma

ITALIA, Federico Bauml •

Durante todo el 2015 el Movimiento de Schoenstatt en Italia tuvo la suerte de recibir a tres jóvenes de Asunción, Paraguay. Una lindísima experiencia, tanto para los jóvenes como para nosotros que los recibimos y a los cuales vale la pena dedicar algunas líneas.

“¿Qué significa misionar?”

Cuando el P. Alfredo, después del verano del 2014, nos dijo que en el 2015 llegarían a Roma tres jóvenes misioneros del Paraguay, entre los muchos sentimientos que surgieron, sobresalió uno: la curiosidad.

Curiosidad por parte de los mayores, que hace ya nueve años habíamos tenido la experiencia de los misioneros y que nos preguntábamos si aquella fantástica experiencia podría repetirse nuevamente. Curiosidad por parte de los jóvenes, que frecuentan la parroquia desde hace menos tiempo, divididos entre la fascinación por la novedad y la duda de quien se enfrenta a un cambio.

Curiosidad, sí, pero también un interrogante. Pasan los años, cambiamos los puntos de referencia, se crece, se madura, pero ante esta experiencia se plantea siempre el mismo interrogante: ¿qué es lo que motiva a tres jóvenes de veintitrés años a dejar su hogar, su familia, sus amigos, sus novias, para partir hacia Roma a vivir un año “en misión”?

Pero entonces, “misionar”, ¿qué significa concretamente?

El zorro de El Principito, a esta pregunta respondería qué significa “domesticar”: “crear vínculos” y, después, proseguiría explicando que también para misionar se requiere paciencia y que los ritos sirven para hacer que “un día sea diferente de otros días, una hora, de otras horas”.

Yo, que no tengo ni una milésima parte del talento de Saint Exupéry, podría decir que misionar significa “donar tiempo”.

Ciertamente, porque por lo general el tiempo se “pierde”, se “mata”, se “busca”, “no se tiene” y, si encuentras a alguien a quien se le ocurre la idea de “donarlo”, comprendes entonces que tiene algo de especial.

Missionari montagna

Los Tres Caballeros

Pero, describamos a nuestros tres Caballeros venidos de Asunción.

Uno es rubio de ojos azules y, más que de la tierra guaraní, parece haber sido arrancado de los fiordos noruegos. Quiere ser Presidente de la República y, aunque no recuerde quién escribió “I Promessi Sposi”, habla italiano como si viviese aquí desde los quince años. El segundo es grande y robusto, tiene un corazón grande como sus espaldas, una risa contagiosa y una predilección especial por la carbonara. Luego viene el tercero, más pequeñito – pero solo en estatura – siempre disponible para todos; habla poco, pero claro y, sobre todo, hace hablar a su inseparable guitarra.

Pero, concretamente, ¿qué es lo que hacen cuando vienen “en misión”?

En primer lugar, cantan siempre, porque cantando se ora dos veces. Y luego caminan, sin parar, pero sin correr, para no perderse en el camino. Acogen, porque Schoenstatt es, sobre todo, acogida. Comparten lo que son, lo que tienen, lo que sueñan, lo que desean. Oyen y se interesan. Y después están siempre alegres, disponibles, sonrientes – y siempre retrasados, pero no se puede ser perfecto en la vida.

En una palabra: contagian. Contagian a todos los que los rodean, desde los niños de catequesis hasta las familias de la Parroquia y del Movimiento, pasando por los mayores y, obviamente, por el grupo de jóvenes. Contagian con una sonrisa, una oración, una palabra, una canción, un partido de fútbol, una cerveza o un asado.

También porque, robando las palabras a Mark Twain – disculpa Nico, tomo en préstamo la cita – “la mejor forma de ser felices es hacer feliz a los demás”.

“Ganamos el color del trigo”

El momento de las despedidas es siempre un poco triste.

Volviendo a pensar en El Principito, siempre me viene a la mente la pregunta que el protagonista le hace al zorro en el momento en que debe decirle adiós: “y tú, al haberme domesticado, ¿qué es lo que ganamos?”. El zorro, aludiendo al color de los cabellos de su amiguito, responde: “ganamos el color del trigo”.

¿Y nosotros? Nosotros, ¿qué es lo que ganamos al haber tenido a Nico, Jorge y Braulio durante todo un año?

Pensemos un momento.

¿Qué serán dos lágrimas de melancolía en relación con un año de risas, con los partidos en la cancha, con las misiones de Pascua, con el Camino de Santiago y con todos los momentos que pasamos juntos? ¿Qué será la tristeza de un adiós en relación con el tiempo donado? Y, ¿qué representan estos diez mil quilómetros de distancia si para sentirnos próximos basta una canción o un whatsapp en grupo?

Ganamos una capillita con sesenta personas adentro, un Santuario lleno de jóvenes que tuvo la magia del Santuario Original.

Ganamos una apuesta aún por vencer; porque hay otra misión que comienza ahora, la de conservar el fuego que fue encendido.

Ganamos la certeza de que nuestros caminos se cruzarán nuevamente, tarde o temprano.

“La distancia separa cuerpos, no corazones”.

Missionari Santuario

Original: italiano. Traducción: Cecilia Mata, Buenos Aires, Argentina

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