Publicado el 29. noviembre 2019 In Voces del tiempo

Una corriente de vida en medio de las corrientes del tiempo

VOCES DEL TIEMPO, P. Juan Pablo Revegno, Chile •

Navegamos en medio de las corrientes de un tiempo tempestuoso y de profundos cambios: la crisis eclesial que en su complejidad y dolor nos exige una nueva forma de ser Iglesia y de servir la vida confiada; la crisis medioambiental que nos desafía a una corresponsabilidad planetaria para hacer de la casa común un espacio de futuro; la crisis socio-cultural que desafía el orden  establecido, exigiendo nuevas formas de relación, inclusión e integración; la crisis de género, que nos ha mostrado el valor de la mujer, que exige reconocimiento y presencia en todos los ámbitos de lo humano. A eso podemos sumar las diversas crisis que cada uno experimenta en su vida personal y comunitaria, no sólo fruto de nuestra humana condición, sino también de un estilo de vida sobreexigente y sobreestimulado, que impide un sano y equilibrado desarrollo.—

Sin embargo, desde una mirada providencialista percibimos signos de vida y corrientes de esperanza. El desafío es descubrir el llamado ineludible que tenemos de colaborar para la configuración de un nuevo orden social.

En ese sentido, este tiempo es una oportunidad para profundizar y proyectar el camino que hemos venido recorriendo como familia.

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1 – El camino recorrido:

Hace poco más de un año, con la imagen de la barca en medio de la tempestad, motivamos el desarrollo de las jornadas regionales, que fueron una gran oportunidad para crear espacios de intercambio, reflexión y diálogo ante la coyuntura eclesial y la nuestra. Buscamos responder no solo a los desafíos del tiempo, sino también a las voces que surgían de nuestra misma familia (partiendo por nuestra juventud) que buscaban respuestas ante la crisis, confrontaban estilos de conducción, exigían transparencia en nuestros procesos y renovación en la forma como dialogamos con la realidad y aportamos desde nuestro carisma.

Con el fruto de este trabajo, abrimos un tiempo para recibir inquietudes y reflexiones, que nos ayudaron a discernir el contenido de la Jornada Nacional de Dirigentes. Convocamos una comisión, transversal en su configuración, con representantes de todos los estamentos de la familia, para discernir, diseñar y plasmar nuestra Jornada Nacional. El lema que nos acompañó fue: “Como familia, vamos juntos hacia la otra orilla”. Tuvimos presentes los aportes y reflexiones de diversas instancias, el momento que vivimos y los desafíos que nos presenta, así como el jubileo de los 70 años de nuestra misión, unido al santuario de Bellavista y a la coronación de la Mater (cuyo violento robo nos puso en alerta como familia). Fijamos como objetivo de nuestra Jornada Nacional:

Renovar nuestra cruzada por el organismo de las vinculaciones, a través de la sanación de los vínculos heridos, iluminando el sano ejercicio de la autoridad, el valor de las causas segundas y la sana vivencia de los vínculos”.

La Jornada Nacional de Dirigentes fue una experiencia muy valorada por el espacio de oración, de intercambio y reflexión que vivimos. Todo dentro de un ambiente de mucha cercanía, colaboración y trabajo entre las diversas instancias y comunidades que conforman nuestra familia. Fue una forma muy concreta de profundizar el difícil momento eclesial que vivimos, que nos ha confrontado y desafiado también a nosotros como Movimiento.

Una de las experiencias más enriquecedoras, junto a la mañana de retiro y la centralidad en Jesús, fue el trabajo en mesas diversas en su composición, con representantes de todos los estamentos de nuestra familia. Fueron pequeños cenáculos donde compartimos la mesa, la reflexión y el intercambio con base en las preguntas que recibimos. El objetivo de nuestra jornada nos interpelaba a revisarnos, a mirarnos con realismo y humildad, a dialogar con la realidad, a renovar nuestra misión a la luz de la crisis eclesial y a asumir nuestra propia necesidad de revisión, frente al acelerado tiempo de cambio que vivimos.

El símbolo que nos acompañó fue la Cruz de la Unidad original, la que se erigió como un verdadero sacramental. Esta vez todos queríamos sostenerla, como signo del desafío común de unidad y misión que representa.

El trabajo concluyó con tres desafíos que nos muestran un modo o manera de ser familia, misión e Iglesia. Desafíos que son acentos necesarios para nuestra reflexión, intercambio y proyección futuros:

  1. La autoformación y el cultivo de la interioridad.
  2. El espíritu familiar que se traduzca en formas de relación, trabajo y colaboración.
  3. Un Schoenstatt en salida y al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Estos tres desafíos constituyen la manera como queremos navegar en este tiempo hacia la otra orilla, nos desafían en todo lo que realicemos y cómo lo realicemos, nos interpelan a buscar caminos para hacer de este tiempo de crisis un tiempo de conversión y renovación.

2 – Una renovada forma de ser Iglesia y familia: participación en comunión.

Hace poco tuvimos dos instancias de reunión muy valiosas que nos ayudaron a profundizar este camino: la comisión que trabajó para la Jornada Nacional y un Consejo Ampliado de la Central de Asesores, con representantes no sólo consagrados, sino laicos de nuestra familia. A través del intercambio fue importante darnos cuenta como el espíritu de estos desafíos que reflexionamos como familia no sólo van buscando formas de concreción, sino que expresan un proceso de vida que lo va impregnando todo.

Estamos ante un proceso de vida que parece mostrarnos una corriente vital que tiene como ejes: la participación, la colaboración y la corresponsabilidad, por un lado; la interioridad, la autoformación y profundidad de vida para asumir los desafíos del tiempo, por otro; así como el desafío siempre presente de aportar y servir a la iglesia y al mundo, con lenguajes y formas dialogantes, complementarias y abiertas.

Teniendo presente el proceso eclesial general (la crisis eclesial, los impulsos y el estilo del Papa Francisco) y los desafíos que nos plantea la cultura y la sociedad (mayor participación y cercanía a las necesidades de las personas; un desafío de conducción, de animación e integración entre los distintos actores sociales), es válido preguntarnos si estamos frente no sólo ante un proceso de vida, sino ante una corriente de vida que requiere espacios, formas y espíritu.

No sólo la coyuntura, sino la realidad nos está mostrando un impulso ineludible de compromiso transversal. Y no sólo como una forma de enfrentar los desafíos presentes, sino como una nueva manera de ser familia e Iglesia. En ese sentido no estamos frente a una estrategia o un acomodo, sino a un espíritu familiar que quiere impregnar nuestra forma de inspirar, de reflexionar, de decidir, de inspirar y plasmar, así como de irradiar y enriquecer el carisma, junto a un diálogo activo y complementario con la realidad.

Es una forma muy concreta de hacernos parte del proceso eclesial que vivimos, que en la experiencia del “Pueblo de Dios” está buscando sentido y respuestas.

Nuestro padre nos invita a no temer a esta nueva forma de ser iglesia:

“Repito entonces, que la nueva imagen de Iglesia, la manera como ella se ve a sí misma, los rasgos que percibe en sí misma, son la expresa fraternidad en cuanto realidad compartida del pueblo de Dios. Los miembros de ese pueblo de Dios están unidos unos con otros, y unidos también con la jerarquía, en razón de una responsabilidad abarcadora y profunda. No hay falta de responsabilidad, sino que cada uno es responsable de su cargo, pero también de la totalidad de la Iglesia. Así se nos presenta la nueva imagen de Iglesia.

¿Y la jerarquía? Pues bien, ¿qué significan hoy en día los cuadros dirigentes de la Iglesia? En primer lugar, descender, adentrarse en esa comunidad, en lo que nos une: porque también la jerarquía es pueblo de Dios, porque la responsabilidad de la que es depositaria la jerarquía no es una responsabilidad por súbditos indignos sino por el pueblo de Dios. ¿Qué significa eso? Lo repito: una cercanía mucho más fuerte entre “arriba” y “abajo”. ¿Y qué quiere decir eso? Que una orientación jerárquica, un gobierno jerárquico, es el gobierno que parte –como lo hemos conversado tan frecuentemente en estos días– de una marcada paternidad, de una paternidad anclada en el mundo sobrenatural”.

Esa realidad del Pueblo de Dios encuentra en la experiencia de familia un complemento aún más hondo: los lazos afectivos, el compromiso mutuo, la solidaridad de destinos, donde paternidad y maternidad están al servicio de la vida confiada y la fraternidad define un estilo de vida y de relación respetuosa y afectuosa, corresponsable y solidaria.

Este acento familiar colaborativo, complementario y corresponsable entre todos los miembros, no sólo es conveniente, necesario y urgente; parece ser una voz de Dios que quiere tocar el alma de nuestra familia para hacerla más fecunda.

Es cierto que para muchos esta ha sido su experiencia en Schoenstatt: hay que distinguir entre Santiago y las provincias y entre los lugares con asesoría permanente y otros a distancia, porque muchas experiencias son de gran responsabilidad e integración laical. Sin embargo, nos damos cuenta de que, si bien los lazos afectivos existen y la misión común nos ha animado y tenemos muchos puntos de comunión, tenemos que avanzar hacia un estilo de conducción más complementable, corresponsable y colaborativa.

El desarrollo ha hecho que los padres, las hermanas y las frauen tengamos una fuerte presencia y protagonismo, muchas veces eclipsando la participación e integración laical o definiendo acentos o tomando decisiones unilaterales. Hoy estamos dando pasos en la Obra Familiar y en la columna femenina (la columna masculina adulta ya desde hace más tiempo se coordina). La iniciativa del Comité para el Ambiente Sano, que surgió de las comunidades laicales de la Presidencia Nacional, es un claro ejemplo de un fruto colaborativo de la coyuntura que vivimos. La Jornada Nacional es otro ejemplo de la fecundidad de un trabajo en conjunto.

Otras veces son los mismos laicos los que han descansado en las asesorías consagradas sin mayor cuestionamiento o complemento, o han estimulado la sensación de .

Pero, junto al desafío de un estilo de conducción y animación más familiar y corresponsable, también está el desafío de formarnos para que sea posible:

crecer en un servicio desinteresado a la vida más que en un protagonismo de péndulo, trabajar por el bien común y no de mi comunidad en particular, reconciliar y sanar la historia porque muchas de nuestras incapacidades de relación tienen que ver con heridas y desavenencias heredadas, reconocer humildemente que nos necesitamos mutuamente para responder más adecuadamente a los desafíos del tiempo y a la misión encomendada, conocer más de otras iniciativas de integración y colaboración logradas para aprender de ellas (no sólo al interior de Schoenstatt, sino de la Iglesia en general, de otras comunidades en lo particular y de la misma sociedad).

En la vida del fundador tenemos no sólo un caso preclaro de conducción, sino también una profunda reflexión vivida de lo que significa conducir, animar, unir, integrar, sanar y dar la vida por la vida confiada. Su ejemplo no fue otro que Jesús, Buen Pastor. Todos necesitamos redescubrir esa experiencia, no sólo individualmente sino comunitariamente, ya que en el conjunto recae el don y la tarea de conducción y animación. En ese sentido, todas nuestras iniciativas, acentos y decisiones se enriquecen cuando las enfrentamos juntos.

¿Colaboración, complemento, corresponsabilidad atentan contra la autonomía y la libertad individual o comunitaria? En ningún caso, primero porque son la necesaria consecuencia de ser familia con un mayor grado de madurez; por otro lado, porque ya hemos acentuado sobremanera la autonomía (desde las iniciativas particulares hasta los acentos de lo propio), lo que necesitamos es una auténtica fraternidad, una participación en la comunión para la misión.

Nos podríamos preguntar si ¿esto es sólo consecuencia de la crisis que vivimos? no cabe duda, ha sido un factor detonante, pero la crisis transversal institucional nos revela algo más profundo: sin una mirada más colaborativa, corresponsable y complementaria es imposible asumir los desafíos globales, sociales, culturales, eclesiales, ambientales y familiares con esperanza y decisión, con realismo y asertividad.

En la raíz sobrenatural está un Dios Trino que es familia y de un Redentor que buscó reconciliar y sanar, integrar y unir, que formó una comunidad diversa para asumir el don de ser portadores de la salvación para todos.

También nos podríamos preguntar ¿cómo es posible volver a confiar? por ejemplo, en nuestras comunidades sacerdotales, cuando también hemos causado daño por abusos y hemos sido erráticos y hasta negligentes en nuestra conducción. Sin embargo, el hacer este proceso de sanación y reparación con todas sus consecuencias canónicas, civiles, penales y mediáticas, está siendo el camino de la necesaria humildad para una renovada forma de ser sacerdotes y pastores a la manera de Jesús y de nuestro fundador, desde nuestras miserias ser instrumentos de misericordia y comunión. Pero también nos está desafiando a reencontrarnos corresponsablemente, desde la experiencia humana de la desilusión, la debilidad y el error.

3 – En síntesis:

P. Juan Pablo Rovegno

Podríamos decir que nuestras estructuras, desde la presidencia hasta las coordinaciones locales, y toda forma de organización en Schoenstatt, así como los espacios pastorales e iniciativas apostólicas, deberían responder a una estructura y forma de participación participativa y familiar. La percepción, por un lado, la praxis por otro y el desafío que estamos viviendo nos llevan a concluir que no necesariamente ese espíritu familiar se ha traducido en formas de trabajo, de discernimiento, toma de decisión y plasmación colaborativa y corresponsable. Hemos descansado en los consagrados que han asumido un rol activo en la conducción y animación de la familia, a quienes agradecemos su entrega y pasión por el carisma, pero hoy necesitamos trabajar y enfrentar juntos los desafíos de un tiempo de cambio. El ser familia hay que llevarlo al área específica.

¿Esto se hace por decreto o por vía de una revuelta? si fuera así estaríamos renunciando a la esencia de nuestro carisma familiar. Tiene que ser fruto de impulsos vitales que lo van impregnando todo.

Volvamos al punto inicial: en medio de las corrientes del tiempo, una corriente de vida, una forma de relación, trabajo y misión complementable, colaborativa y corresponsable, que no responde en primer lugar a una estrategia o a la urgencia del momento para una mayor eficiencia, más bien está en el alma de una auténtica familia, de una sociedad más sana, integrada e integradora, de una Iglesia que necesita reencontrarse con sus raíces más auténticas.

Nuestro padre nos dice:

“Recuérdese que el origen de Schoenstatt es una fuente, un proceso de vida y no ante todo una idea. Téngase presente además la fuerza con que toda la familia se sostiene en una corriente de vida, está atravesada por ella, embebida en ella. De lo cual se desprende la siguiente consecuencia: solo pertenece con plena validez a la familia quien esté integrado a tal proceso fundacional y esté en contacto con dicha corriente de vida. Este proceso fundacional y corriente de vida inciden en la pulsión social de los miembros, hasta que la vida de cada miembro y de cada rama esté comprometida con ellos, hasta que la vida de cada miembro y de cada rama esté compenetrada con ellos y embebida en ellos hasta en los más profundos entresijos del alma. No en vano solemos decir que todo auténtico miembro de la familia debe actualizar el proceso fundacional en todas sus etapas 1914-1939-1942-1952 y nadar, nadar solidariamente en la respectiva corriente de vida”. (Kentenich, J. Brief vom Juni 1962. Citada en: Schlosser, H. Neuer Mensch- Neuer Gesellschaftsordnung, pág. 323-324).

El proceso arranca de la vida y el proceso que vivimos nos está mostrando vida, “para que tengamos vida y vida en abundancia”.

 

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