Publicado el 11. noviembre 2015 In En pocas palabras - P. Joaquín Alliende Luco

Permítanme hablar de mi Schoenstatt, ahora a 64 años de conocer el Santuario con José Kentenich a la cabeza

P.  Joaquín Alliende Luco, via schvivo.com •

Más audacia, más acometer, más paracaidismo de saltos al vacío. Menos playita acariciándonos y más surf en la cresta de la ola, no por estar alto en la cresta, sí por la ola santamente impetuosa.

Siento que, a veces, algunos de nosotros nos quedamos cerca de la orilla, mojándose las patitas pero no nos tiramos al oleaje convulso de nuestro tiempo. Más surf, más alto, más peligroso. No nos debieran interesar las olitas cansadas, manoseadas, dormidas.

Botemos del cajón del velador las cápsulas tranquilizantes que nos ponen lacios. Quememos las etiquetas decentes, aceptables para la mayoría burguesa internacional de la globalización. Lo que me atrajo personalmente del Schoenstatt recién fundado en Chile, fue la lumbrera humilde y transparente de un joven buena pinta, con apellido rimbombante, estrella irrepetible de la inteligencia y de la sencillez franciscana, de una cotidianidad alucinante, submarina y no exhibicionista, pura como el ‘Bendita sea tu pureza’.

Sí, Hernán Alessandri es un santazo que si lo descubrimos, nos manda un electroshock, porque él es una bomba atómica del Espíritu Santo para nuestro ‘Chenstat’, tal como muchos latinoamericanos lo pronuncian. Hernán es un tesoro escondido, hasta ahora. Una perla preciosa, por la cual vale la pena desprenderse de cuanta carne fofa cargamos los ‘pecadores’ de los que habla el Ave María.

¡Mueran los lugares comunes con los que hacemos gárgaras y quedamos igual que antes!: bien vestiditos, bien domeñados y tranquilos. ¡Mueran las palabras reiterativas y anémicas! ¡Vivan los torpes que, a pesar de su mediocridad, siguen gritando verdades contra el viento, verdades que los condenan a ellos mismo pero que no pueden cerrarles la boca, igual que a los santos! Verdades escandalosas de hijos de un profeta más vigente que nunca. Sí, tomemos nota nosotros los teólogos especialistas, pero tal vez a media llama. Se trata de un tal José Kentenich de ‘Chenstat’ (esta pronunciación corre bien en una garganta mestiza de este lado del Atlántico). Hay personas, conozco a varias, tal vez de cuero de elefante, pero que hace tiempito están bien preocupadas por nuestra familia espiritual. Algunos confiesan estar escandalizados de sí mismos y de algunos otros. No se trata de llamar la atención y de comportarse farisaicamente. Tampoco la novedad por la novedad. No. Eso sería un disfraz de pseudo-profeta, acaramelado e histérico. Es ‘comme il faut’ (que suene bien y que no moleste a nadie) y que, por lo tanto, no gana a ninguno de los que creen que es irrenunciable hacer una revolución contra este mundo pagano que nos invade. No, así no resulta. Así sólo conquistaremos a gente con sangre de horchata. El fundador decía ‘a mí no me interesan los que creen que el problema de la Iglesia y de la sociedad es preparar un nuevo estuco y de pintar bien las ruinas. No, Jesús trajo una revolución, yo quiero contribuir a un nuevo edificio de la Iglesia para el mundo. No pierdo tiempo en los detalles exteriores. No lo pierdo porque tengo muy poco tiempo para cumplir con mi encargo’. Personalmente, creo que Cristo Jesús es el más grande insolente de la historia, un provocador profesional, no por el gusto de conmocionar a los burgueses, sino por obediencia al Padre y al fuego del Espíritu Santo ‘¿qué puedo querer sino que mi fuego arda?’.

Parece que, a veces, la palabra ‘misericordia’ sirve para encubrir nuestra tibieza mediocre, nuestra rutina aburguesada, nuestra lata tediosa, haciendo gárgaras con palabras de fuego santo. Aquí tendríamos que convocar a la misericordia kentenijiana, tan parecida a la que moviliza el latido del papa Francisco. Misericordia, porque somos ‘miserandos’, lo que significa “necesitados de misericordia”, con una necesidad existencial de ser perdonados, porque en verdad somos miserables. Acabemos con un cristianismo de salón, bueno para conversaciones burguesas, con un whiskey en la mano. Acabemos con esa frasecita de mala clase y adormecedora que se pronuncia así: ‘habría que hacer…’ y siempre pensando y aguardando que otro lo va a hacer. ‘Habría que juntar dinero…’ y se piensa que los Padres de Schoenstatt tienen que traer euros de la rica Alemania. O se considera que las Hermanas Marianas y las Señoras de Schoenstatt tienen una caja de fondo inagotable, o que no comen y tienen el mismo sencillo ajuar que recibieron en el noviciado.

Basta ya de payasadas ¿Por qué en otros movimientos pueden emprender tantas obras grandes? ¿Por qué cuando editamos libros de Schoenstatt, con un esfuerzo inmenso en lo económico e intelectual, después, en los grupos, se fotocopian para no entregar el pago debido a la Editorial Schoenstatt o a la Editorial Patris? No, todos sabemos que las cosas que cuestan, cuestan. La francota Teresa de Ávila decía: ‘Teresa sola no puede nada. Teresa con Dios, puede mucho. Teresa con Dios y dinero, lo puede todo’. Realista la viejai maravillosa ¿no es, cierto? Hay gente un poquito rara, también en el querido Schoenstatt, que encuentran que es poco elegante hablar de dinero. Claro que esto se refiere cuando se trata de financiar a Schoenstatt, pero no para el fin de semana y las vacaciones en el extranjero.

Me parece necesario tenerles cariño a esas personas que hasta son hoscas para hablar… pero que gritan verdades escandalosas, incómodas, tal como procede con los hijos de un profeta. Parecido como es en el Antiguo Testamento. Palabras vigentes, de hoy, mañana y pasado mañana.

Pero, pero, pero… en Schoenstatt no se escuchan demasiadas propuestas creativas inquietantes, esas que no nos dejan dormir la siesta dominical, ni en la noche fría del invierno. Un tal Schoenstatt es útil como para una conversación de después de misa de domingo, en un jardincito precioso y sereno donde las mariposas no molestan a nadie y adornan apaciblemente el paisaje. Pero, en tales ocasiones, nadie queda estremecido, desafiado y tembloroso. No nos incomoda escuchar la Palabra de Dios, escuchar la prédica del sacerdote ordenado y de recibir la bola de fuego que es la hostia, carne de Cristo.

¡Qué fácil es seguir la corriente y la decencia como supremo dogma de la conducta cotidiana!, y quedar tranquilos y pulcros entre GCUii. Casi no se puede creer que nosotros, o quizás no tan poquitos, seamos tan convencionales e intrascendentes, siendo que somos hijos de don Kentenich, padre José, tan aconvencional, tan extraño, no por el deseo de ser extraño, sino porque el Espíritu Santo lo acosaba con llamas de futuro para la Iglesia y el mundo. Según la experiencia de algunos, lo más grave en la Iglesia preconciliar, conciliar del Vaticano II y post conciliar, llena de impulsos promisores… es el ‘conversismo’, enfermedad según la cual los asuntos candentes sirven para intercambios que apenas tienen como consecuencia un mero cambio de ropaje y de lenguaje. Así nos constituimos en pseudo-reformadores. No somos peligro para nadie. Jamás nos amenazarían con el martirio. Más bien, seríamos candidatos al aplauso de algunos que nos parecen ‘importantes’. O que podríamos llegar a ser schoenstattianos medianos y tibios pero, eso sí, gente decente, sin estridencias ni tropezones, porque siempre caminamos por pavimentado y nunca hemos descubierto nada nuevo, y no hemos hundido ningún cimiento en el dolor humano, y no hemos levantado ningún horizonte inédito en la santidad, la comunión o en el apostolado.

Preguntémonos, de vez en cuando: ¿somos peligrosos para el Demonio y sus secuaces? Claro que no somos devotos del Príncipe de las Tinieblas. Pero ¿él odia a Schoenstatt como odia a la Virgen María, Mujer vestida de Sol?iii. Dicho con el lenguaje del Génesis, ¿soy yo talón, calcañar, de Ella, María?. En el capítulo tercero del primer libro de la Biblia, se lee textualmente “y tú la herirás en el calcañar (talón)”. O sea, que la Virgen le sacó la mugre al Demonio, y éste, arrastrándose y babeando con la última fuerza, le tiró un mordisco a lo único que Ella no tenía protegido con la coraza del Dios Vivo: el talón. Y se nos enseña, en la tradición de la Iglesia, que nosotros somos ese talón, ese calcañar. Por lo tanto, el que no tiene cicatriz de los dientes del Demonio con el cual luchamos, ese que nos da tarascón, entonces, quiere decir que somos agua tibia, o tibiecita y vomitada, exactamente esa que no le place al Señor Jesús: ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomito de mi boca’iv.

“Schoenstatt en salida” es el lema que tomamos del Papa para el postcentenario. Con razón, se nos está preguntando: ¿salida de dónde y hacia dónde? ¿Llevando qué? No sirve salir de la camita tibia a pasearse por la plaza, o a un desfile de moda o a tontear tendido intrascendentemente sobre la arena. “Schoenstatt en salida”, significa levantarse desde la angustia que nos debiera producir el espectáculo de mirar a la Iglesia Católica en retroceso, paralizada por los escándalos financieros y sexuales de su clero y de la cobardía impávida de tantos y tantos, que terminan siendo cómplices, sin quererlo, pero que ni se despeinan en la lucha que ellos siguen desde las tribunas del estadio.

‘Hijos de la guerra’ nos decía el fundador, marcando nuestra vocación más íntima. Es así, porque no hay transacción posible entre los hijos de María y del Malulo maldito. El cristianismo es guerra a muerte, o no es cristianismo. Schoenstatt es hijo de la guerra, o no es kentenijiano. El aburguesamiento de Schoenstatt. Las iniciativas laicales, acompañadas por sacerdotes no clericales, proteccionistas, no son un lujo. Son una condición para vivir a lo Kentenich, a lo Karl Leisner, a lo Maria Emilie, a lo Señoras de Schoenstatt que el nazismo martirizó textualmente, o a los fundadores de la Rama Familiar, los esposos Kühr, o Sebastián Bitangwanimana, ese seminarista diocesano mártir por la reconciliación del pueblo Burundi. Basta, ya se entiende.

En lo escrito más arriba, parece que el autor de estas líneas fuese al menos tuerto, porque no habla de la gente macanuda que hay en Schoenstatt y que, de hecho, es no poca y es un admirable fruto de la Trinidad. Ellos existen, pero a veces los árboles no dejan ver el bosque. Y nuestro bosque amarillea tal vez demasiado. Tiene fatigas, que son normales, pero de las cuales tenemos que reaccionar con decisión y eficacia, de alma y práctica, para emprender las grandes tareas pendientes.

Miremos, por ejemplo, a los hermanos católicos del Movimiento Neocatecumenal. Ellos están enviando 10.000 misioneros a China. Con heroísmo de laicos audaces organizan, impulsan y financian obras misioneras inmensas. El Papa los acaba de ponderar como un movimiento admirable en la Iglesia. Son gente en expansión. Claro que el fundador todavía vive y esto tiene una fuerza de dinamita, o bomba atómica. Nosotros estamos en el período “después de la muerte del fundador”… y eso trae otras preguntas. Por ejemplo: ¿qué significa la ‘fidelidad creadora’ al carismático revolucionario José Kentenich? ¿Este sacerdote barbado habló solamente para el siglo que ya pasó, cuándo no había internet o redes sociales, cuándo la Iglesia Católica no vivía con tanta resonancia de tantos escándalos?…. Cuando el pensamiento crítico ha cuestionado hasta la manera de andar, ¿vale lo mismo que lo pronunciado en la primera mitad del siglo XX? Un tal observador como Kentenich ¿no está quedando atrás? Su lenguaje semiromántico, semiescolástico… ¿qué le puede decir a los jóvenes de hoy, a los intelectuales de hoy, a la mujer de ahora, a los políticos?…

Agreguemos algo muy importante. La profecía, antes que a nadie, cuestiona y condena al profeta. Esta persona es un pobre fiel que, tiritando, recibe un encargo aplastante. Y sin embargo, está urgido, sellado, por el mandato de ‘no podemos no predicar’. Tal como nuestro padre lo recordó el 31 de Mayo de 1949. Día de una misión olvidada y relegada a categorías casi museológicas en no pocos círculos de nuestro Schoenstatt internacional. Sabemos que en los museos, las reliquias se saludan con una inclinación de cabeza, pero no incomodan a nadie en la carne, ni en los huesos, ni en la plegaria, ni en la prédica, ni en las conversaciones íntimas.

No se trata que nos creamos importantes, elegidos para desafiar con insolencia a los otros distintos a nosotros. No, no, no. Cada uno de nosotros es un Don Nadie. Pero todos debiéramos tener sed de Adviento, de un nuevo nacer de Cristo en Schoenstatt y desde Schoenstatt. Somos apenas hijos del profeta renano, quién nos invita a rezar en las mañanas con el Hacia el Padre entre los dedos y pronunciar: ‘haz que por Schoenstatt vuelvan a llenarse las amplias naves de la Iglesia y que alabanzas circunden tu trono… porque desde aquí quieres irradiar al mundo las glorias de nuestra Madre… danos, Padre, arder como un fuego vigoroso, marchar con alegría hacia los pueblos (no sólo a la Iglesia, hacia los ‘pueblos’, en plural, y cada ‘pueblo’ que es una comunidad laica, civil, política más allá de la Iglesia)…. y guiarlos jubilosamente a la Santísima Trinidad’v. O sea, un estilo de vivir el cristianismo a lo mariano, sin pretensiones imaginativas, sin un gramo de exhibicionismo… Pero con una irradiación de autenticidad y fidelidad, que convenza y contagie y alegre a una Iglesia un poquito pálida y temblorosa, levadura del mundo nuevo.

Padre Joaquín Alliende Luco

6 de noviembre de 2015

Junto al Cenáculo de Bellavista

                                                          

i Así la trató el Papa Francisco, hablando de su bastón: ‘este es el bastón de la vieja’ y mostró un simple bordón teresiano parecido al de un pastor de las frías mesetas castellanas. ii Gente como uno iii Apocalipsis 12 iv Apocalipsis 3:16 v HP 7, 8 y 12

 

Fuente: schvivo.com – con permiso del autor y de los editores de esta página

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