Publicado el 27. agosto 2018 In Dilexit ecclesiam

¿Cómo podemos responder a los escándalos de abusos?

DILEXIT ECCLESIAM, Sarah-Leah Pimentel •

Quedé horrorizada al leer las noticias. No otra vez. Boston 2002. La renuncia masiva de obispos chilenos al comienzo de este año después de haber admitido encubrir casos de abusos. Los múltiples informes sobre años de instituciones irlandesas. Un posible caso en una parroquia a la que yo pertenecía, pero que nunca nos enteramos cómo se resolvió o siquiera si fue resuelto. La historia de una amiga que no sabía cómo enfrentar el quebrantamiento de su esposo cuando le confesó, después de su matrimonio, que había sido abusado por un Hermano en una escuela católica. Y ahora esto. ¿Cuándo va a parar?

Dividida entre la tristeza y el deseo de hacer algo

Un amigo jesuita me dijo que, a la luz de la gran extensión de las últimas revelaciones, no tiene palabras y lo único que le queda es tomar el dolor de las víctimas.

Como persona laica católica, estoy enojada. Enojada con esos hombres que hicieron cosas deplorables a niños inocentes y que, para evitarse problemas, inclusive obligaron a las víctimas a realizarse abortos, destruyendo aún más vidas. Estoy enojada con los obispos y otros clérigos que hicieron mucho, no por ayudar a las víctimas sino por proteger a sus pares y evitarse los escándalos. Trasladaron sacerdotes a otros lugares o los enviaron a lugares de descanso o silenciosamente los removieron de sus ministerios. Estoy todavía más enojada con los obispos que se esforzaron por desacreditar a las víctimas que fueron lo suficientemente valientes para dar un paso al frente y denunciar el abuso.

Estoy enojada. Sin embargo, ¿qué hago con ese enojo?

Una parte de mí me pide simplemente guardar luto en silencio, rezar por las víctimas y tener esperanza en que encuentren justicia, sanación y paz. Por otro lado, también siento un poco de compasión por los sacerdotes que hicieron esas cosas terribles, porque algo dentro de ellos debe estar tan devastado que no tuvieron el valor de buscar ayuda para sanar sus propias heridas antes de volcar sus miserias sobre víctimas inocentes. Ya me encuentro orando y ofreciendo actos penitenciales para pedir reparaciones por el daño que cometieron.

Otra parte de mí quiere hacer algo al respecto. No quiero sentir desesperanza y mirar esas historias pasar una y otra vez durante Dios sabe cuánto tiempo.

La responsabilidad de estar correctamente informados, aunque nos parezca incómodo.

He comenzado a leer el informe de 900 páginas. Quiero estar correctamente informada sobre todos los hallazgos del caso, no importa qué tan doloroso sea.

Pasé el fin de semana leyendo una variedad de artículos que trataban de explicar cómo es que esto llegó a ocurrir. Algunos artículos eran sobrias evaluaciones de las prácticas que hicieron posible que se den abusos en esta escala, así como también había artículos que recurrían a chivos expiatorios. Por ejemplo, uno que culpaba a los sacerdotes homosexuales de la crisis y pedía que fueran apartados del sacerdocio. También sostuve conversaciones con amigos en Estados Unidos para los que este último escándalo ocurrió muy de cerca e inclusive muchos de ellos conocían a los sacerdotes nombrados en el informe.

Encontré, junto a las noticias, muchos reclamos, reconvenciones, negaciones, estrategias de culpabilidad y rumores.

Todo eso me dejó sintiéndome abrumada. Es muy difícil reconocer qué creer y qué no. Sin embargo, es un camino que debemos recorrer. Aunque nos sintamos incómodos, estamos llamados a leer estos informes y a compartir ese dolor.

También es nuestra responsabilidad investigar profundamente la información que estamos leyendo y preguntarnos: ¿Es verdadera? ¿Cuál es la intención del artículo? ¿Es un intento genuino de empezar a encontrar una solución a este escándalo que lastima el Cuerpo de Cristo? ¿O nos divide y nos inhabilita para luchar contra el azote del abuso como una familia unida en Dios?

Signos de esperanza

Además, leí la carta que nos envió el papa Francisco el 20 de agosto al pueblo de Dios para compartir su profundo dolor con las víctimas y llamarnos a la acción, para que “Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.

Me da esperanza. Es una invitación a que lo conversemos. Es un llamado a que comencemos a investigar la raíz de las causas de estos escándalos repetitivos. Es una invitación a sacar a la luz las heridas que fueron alimentadas por el silencio. Nos está dando la instrucción de abrir nuestras instituciones católicas y escudriñarlas para entender qué fue lo que abrió espacios para que ocurriesen estos crímenes atroces. Es un llamado a la conversión y sanación – para todos nosotros.

Tenemos que hacer más

Pero no es suficiente. Tenemos que hacer más. No podemos quedarnos esperando a que la Iglesia actúe como institución. Si queremos ver cambios, si queremos proteger a nuestros hijos y nietos, si queremos clérigos e instituciones en las cuales podamos creer, tenemos que hacer nuestra parte.

En la sociedad civil las peticiones y las campañas para hacer conciencia tienen un gran poder para efectuar cambios. Deberíamos estar haciendo lo mismo. Los laicos tenemos el derecho y el deber de solicitar a nuestros obispos que desarrollen políticas para proteger a los más vulnerables. El laicado debería estar involucrado en la formación de nuestros sacerdotes, ayudando y asistiendo a los seminarios para que los religiosos que se formen para servir a nuestra comunidad sean íntegros y saludables. Solo podremos lograr esto si nos imponemos y nos ponemos a disposición para ser parte de la solución

¿Cómo puede contribuir Schoenstatt?

Como schoenstattianos, creo que podemos jugar un rol determinante aprovechando nuestra formación para fomentar ambientes íntegros y orgánicos. Un excelente punto de partida sería estudiar a profundidad las enseñanzas que nos dejó el P. Kentenich sobre el pensamiento, la vida y el amor orgánicos y sobre el orden del ser. Pero no pueden permanecer en el nivel de ideales teóricos. Tienen que ser vividos, probados y examinados a través de experiencias reales de vida.

Nosotros somos el modelo de esos ideales en nuestra alianza de amor con nuestra familia, luchamos por ellos al luchar contra nuestras debilidades a través de nuestro examen particular y les mostramos a otros cómo hacerlo: a los niños y niñas de nuestros grupos de juventudes, a los jóvenes en Schoenstatt y a los seminaristas diocesanos, a las jovencitas que están en su formación para ser Hermanas y a nuestras propias familias, todo con el objetivo de educar hombres y mujeres saludables que construirán la Iglesia y no le darán más motivos de vergüenza o escándalo.

Original: inglés, 24 de agosto de 2018. Traducción: Alexandra Kempff/es, Santa Cruz, Bolivia.

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1 Responses

  1. Querida Sarah-Lea,
    Te agradezco desde el fondo de mi corazón que hayas puesto en palabras todo lo que mi corazón está sintiendo desde que escuché las horribles noticias, especialmente lo que ha sucedido en mi patria Chile. Gracias por esa seria y personal observación frente a los dolorosos hechos que han sucedido en nuestra Iglesia. Y lo hermoso es que propones soluciones concretas como schoenstattiana: “Nosotros somos el modelo de esos ideales en nuestra alianza de amor…” La alianza de amor se concretiza en estos duros momentos. Renovamos nuestra alianza por la Iglesia, por todos aquellos que han sufrido en carne propia los abusos sexuales y de poder, renovamos nuestra alianza por aquellas personas que realizaron esos abusos y pedimos perdón.
    Gracias Sarah-Lea, qué regalo es saberte parte de esta familia internacional. Que la Mater te bendiga mucho, un abrazo desde Viena.

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