Publicado el 11. septiembre 2016 In Iglesia - Francisco - Movimientos, JMJ2016

“Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

JMJ 2016 ITALIA, por Denise Campagna y Alessia Lullo •

fb_img_1473161376718Lo que decidí escribir espontáneamente después del viaje, quiero completarlo después de volver a casa. Esto me da cierta seguridad de contar todo, de manera que nada de cuanto viví se me escape. Pues, si a causa de varias vicisitudes llega a pasar un mes, algo se puede quedar afuera. Seguramente que la claridad de los recuerdos no sería tanta.

Sin embargo, no todos los viajes son iguales, y no todos son simplemente viajes, tal como la Jornada Mundial de la Juventud: no es una peregrinación común ni un encuentro internacional de jóvenes. ¡Es mucho más que eso!

Es la oportunidad que el Señor nos ofrece, a cada uno de nosotros, de hacer un viaje al descubrimiento de nuestro propio yo. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es lo que me impulsa a continuar, a pesar del cansancio? ¿Qué es lo que me pone en comunión con todos los que están cerca de mí? ¿Por qué me siendo vinculada con algunos que nunca había encontrado?

Estamos convencidas de no estar exagerando si afirmamos que la JMJ es una catarsis, una purificación, un despertar de la propia conciencia. Estamos convencidas, como dice el Papa, que es una “oxigenación” espiritual. El caminar solo o en grupo es una oportunidad para reflexionar, meditar, intentar dar un sentido a cada paso que se da. El Señor nos ha mostrado que todos somos iguales ante Él, que somos importantes por lo que somos y no por lo que tenemos. A Dios le importamos, a sus ojos tenemos valor y nuestro valor es inestimable.

En un año tan significativo para la cristiandad, el Año de la Misericordia, los que tomaron el camino de Jesús rumbo a Cracovia, en Polonia, fueron impulsados por el anhelo de vivir la experiencia descrita, por muchos, como muy fuerte e importante para un joven cristiano, pero eso no es suficiente, porque cada uno lleva en su interior esperanzas, deseos y necesidades de emprender (o retomar) un viaje interior, la necesidad de compartir y de abrirse al mundo.

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”. Estas palabras de Jesús que escuchamos al salir de Roma durante la Sta. Misa en el baptisterio de San Juan, se revelaron extraordinariamente verdaderas. Después de un largo viaje de más de 24 horas, que incluyó oraciones, cánticos, juegos y reparadores descansos, Cracovia nos esperaba dispuesta a acoger millares y millares de jóvenes provenientes de todo el mundo.

Nos dirigimos directamente a la hermosa basílica de la Santísima Trinidad, para venerar las reliquias del Beato Pier Giorgio Frassati. ¿Quién era? Un estudiante común y corriente, pero extraordinario en su vida, lleno de fe y de voluntad de servir a los demás, a los débiles, a los marginados. No le eran ajenas las fuertes dudas, incertidumbres y dificultades propias de todos aquellos que quieren conocer lo que Dios ha planeado para su vida. Comenzar nuestra semana junto al “hombre de las bienaventuranzas”, como lo llamó San Juan Pablo II en su beatificación, era particularmente importante porque, de alguna manera nos dio líneas conductoras para emprender mejor esta experiencia.

Así escribía el Beato Pier Giorgio Frassati: “Vivir sin fe, sin un patrimonio que defender, sin afirmar la Verdad en una lucha continua, no es vivir… es vegetar. Nunca debemos vegetar, sino vivir”. Estas palabras fueron nuestra brújula: ¡esos días vivimos, no vegetamos! Y fue tan extenuante como gratificante.

Al día siguiente fuimos al Santuario de Czestochowa, uno de los mayores lugares de culto en tierra polaca y uno de los mayores santuarios marianos del mundo. Allí celebramos la Eucaristía bajo la mirada atenta de la Virgen Negra con el Niño, el corazón del propio Santuario.

En un país atravesado por hechos históricos de inhumanidad que todos estudiamos en los libros de historia y visto en películas, con motivo de las visitas al campo de concentración de Auschwitz, lo vimos con nuestros ojos. Ella fue luz y puerto seguro, fue Madre y a Ella al rezar, al cantar y aplaudir juntos nos entregamos y le abrimos el corazón cada uno a su manera, pidiendo, agradeciendo o simplemente dándole gracias.

De esta manera nos preparamos para otro momento importante previsto en el programa (porque un viaje que se precie tiene uno, salvo las variadas “modificaciones” durante el mismo): la visita al Santuario de Jesús Misericordioso, en la colina de Lagiewniki, donde llegamos voluntariamente a pie, apoyándonos, dándonos fuerzas para sobreponernos al cansancio. Creemos que allí, en ese lugar tan importante en la vida de Santa Faustina Kowalska y tan querido por San Juan Pablo II, nos buscamos uno a otro, nosotros y Él. En medio de los gritos y la multitud ¿quién no miró a Jesús a los ojos aunque fuera por un instante? ¿quién no pensó “Jesús, confío en Ti”? Por la enorme afluencia de jóvenes que, como nosotros, fueron al Santuario, fue difícil tener un momento de oración profunda o un momento de meditación, a pesar de que rápidamente nos arrodillamos ante el altar y contemplar a dos grandes santas fue sensacional, increíble, inexplicable. Un poco como decir nuestro “aquí estoy, Señor”. Estábamos ahí y Él nos impulsó a caminar al frente de aquella multitud reunida en su Nombre. Un don increíble, un tesoro que el Señor nos permitió descubrir.

Encontramos su mirada participando del Vía Crucis en el Parque Jordán en Blonia, durante el cual el Papa Francisco presentó algunas cuestiones que casi sofocan nuestros días y que no esperaron para aparecer ni siquiera una ocasión tan desprovista de preocupaciones. Fue cuando supimos del asesinato de un sacerdote en Francia, y la muerte de dos de nuestros compañeros de aventura y de nuestra edad. Primero Maciej, y en el camino de regreso a Italia, Susana. ¿Existen respuestas adecuadas ante la vergüenza y el dolor? A pesar de eso, sabemos que en los campos de concentración floreció aquella misericordia de la que tanto oímos hablar: San Maximiliano Kolbe, Santa Benedicta de la Cruz, nuestro Padre Kentenich, su actuar son para nosotros fuertes respuestas. Fuertes probablemente como aquellas que se habrá dado cada uno a sí mismo al sentir resonar las palabras del Papa Francisco al final del Vía Crucis. ¿Cómo queréis regresar esta noche a vuestras casas, a vuestras carpas, a vuestros lugares de alojamiento? ¿Cómo queréis esta noche encontraros con vosotros mismos? El mundo los mira. A cada uno le toca asumir el desafío de responder a esta pregunta”. Acogemos este desafío y comprendemos que la gracia fue haber contemplado la Pasión de Cristo, de haberlo seguido y haber recibido su Espíritu para hacer reflorecer en nosotros la misericordia recibida.

La mirada de Jesús no faltó ni durante la Vigilia del Sábado a la noche, ni durante la Sta. Misa del Domingo a la mañana en el Campus Misericordiae: la enésima demostración de que respondemos a la llamada de Dios y de la Sma. Virgen, así como todas las personas presentes en el Campus, y que el Señor, de un modo u otro, quiso que estuviésemos ahí para mostrar la grandeza de su amor por nosotros. No todo fue como lo habíamos imaginado. No llegamos a tiempo al momento de oración con el Santo Padre y no pudimos llegar a nuestro sector. Los medios de transporte, el clima y la comida nos reservaron sorpresas. Nos habíamos esforzado para llegar ahí, pero valió la pena. Un campo entero se durmió y despertó a la mañana siguiente con la conciencia de ser parte de un designio mayor, para descubrir a ejemplo del Beato Pier Giorgio, por qué la humanidad tiene necesidad de hombres y de mujeres, y especialmente de jóvenes como nosotros que no quieren vivir su vida a medias.

Tal vez necesitemos tiempo y cada uno deberá enfrentarse con obstáculos antes de reconocer su vocación en el mundo, como aquellos que Zaqueo superó al subir a sicómoro (Lc. 19, 1-10): “su baja estatura, la vergüenza paralizante y la multitud bulliciosa” nos recordó el Papa en el Campus que, del mismo modo nos hace comprender cómo Jesús se mueve hacia nosotros. Él “va más allá de los defectos y ve a la persona, no por lo malo del pasado, sino por lo bueno del futuro; no se resigna a los rechazos y se acerca a través de la unidad y la comunión: en medio de todos no se queda en las apariencias sino mira al corazón. “Por este motivo, continuó el Santo Padre, “aquella alegría que gratuitamente recibiste de Dios, por favor entrégala gratuitamente. Ustedes recibieron la gracia: regalen también la gracia (cfr. Mt 10,7) Porque muchos están esperándola. Y la esperan de ustedes.”

Nadie olvidará estos últimos dos días y ahora lo decimos, verdaderamente, sonriendo y llenos de satisfacción.

“Mochilas al hombro y zapatos cómodos porque tenemos muchos kilómetros por recorrer”. ¿Cuántos? Ahora serán nueve, diez o tal vez quince… “los hicimos juntos, dándonos valor unos a otros, cantando, riendo. Sincronizamos el latido de nuestros corazones y superamos todas las pruebas, mostrando de hecho que Jesús es nuestra arma secreta para la vida. Gracias a Él y a su Madre, nada es imposible”.

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“Nada sin Ti, nada sin nosotros”

No por casualidad, “Nada sin Ti, nada sin nosotros” fueron las palabras que nos acompañaron durante todos los kilómetros recorridos y que sellan el vínculo con nuestra Madre, Reina y Victoriosa Tres Veces Admirable de Schoenstatt que nunca nos abandonó, velando por nosotros.

Encontrar y reconocer en medio de tanta gente a los grupos de la Juventud Femenina (especialmente de Chile) y Masculina de Schoenstatt fue muy bueno, pues aunque no nacimos hermanos, nos convertimos en hermanos. El espíritu fraternal no es algo que cargamos a la espalda, no es nuestra historia, sino preferentemente una promesa, nuestro futuro. Tal como los hermanos de sangre no se eligen, pero se encuentran, también nosotros fuimos llamados a encontrarnos en nombre de Jesús y de la Mater. Durante la JMJ nos encontramos con la Juventud de otros lugares del mundo, entre cantos, fotografías, risas y la conciencia de estar protegidos por Ella, dimos sustancia a la Alianza de Amor que nos vincula a la Mater y que nos permitió superar todos los obstáculos con los corazones llenos de alegría, sobre todo cuando cantábamos “cuando la alegría viene de lo alto, no existen fronteras, sólo hay que compartirla”.

Entre todos los momentos de reflexión no dejamos escapar la ocasión de ser un poco turistas y estamos todos de acuerdo: volveremos a Cracovia, esta pequeña ciudad que supo asombrarnos. Para pasearnos a lo largo de las calles del centro histórico inmerso en verde y visitar todo lo que faltó por descubrir, para comer pierogi* y buscar aquel bar que escogimos como lugar de encuentro al terminar el día.

Distantes por edad, ideas y experiencias de vida, en suma totalmente desconocidos, fuimos una pequeña y bulliciosa familia que creció unida día tras día. A la hora de compartir intercambiando impresiones y sentimientos, descubrimos que maduró una certeza que no queremos que quede solo en un buen propósito, y que aquí contamos con palabras del Papa Francisco: “La JMJ podemos decir que comienza hoy y continúa mañana. El Señor no quiere quedarse solo en esta hermosa ciudad, ni en los recuerdos. Él desea ir a tu casa, habitar en tu vida de todos los días: el estudio, los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños”.

Decidimos partir desde Cracovia como una realidad nacida en un contexto único como el de la Jornada Mundial de la Juventud y con el deseo de continuar el camino de esos días que nos enriquecieron inmensamente. Un paso tras otros, quien sabe… nos volveremos a ver en Panamá dentro de tres años.

[1] Pierogi plato típico de la cocina polaca. Consiste en empanadillas rellenas de verduras, papas, quesos o carne. (NT)

 

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Original: italiano. Traducción Carmen M. Rogers, Santiago, Chile. aat, Argentina

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