Publicado el 2016-09-11 In JMJ2016

Al servicio de los más pequeños, nueva fuerza para la evangelización

JMJ 2016, Italia, por Gianfrancesco Romano •

Schoenstattiano, primer jefe histórico de la Juventud Masculina de Schoenstatt italiana, Gianfrancesco nos cuenta su vivencia de la JMJ como responsable del grupo de su parroquia.

La vivencia personal de tres JMJ

De Colonia a Cracovia, pasando por Madrid. No, no es el resultado de una ruta aérea, ni siquiera la infeliz adquisición de rutas improbables para ahorrar algunos euros en el vuelo. Es mi personalísima experiencia de tres (¡!) distintas Jornadas Mundiales de la Juventud.

En la primera, Colonia 2005, era aún un “teenager”, según los cánones socio lingüísticos actuales. Decidí participar por la emoción que me provocó la muerte del único Papa que había conocido hasta aquel momento, hoy San Juan Pablo II. En el ómnibus en el que viajé, de los cincuenta pasajeros solo conocía a mi hermano. Pero volví con amistades verdaderas y sólidas que aún mantengo, y con la certeza de que es posible ser, al mismo tiempo, joven, cristiano y feliz.

En Madrid 2011, mi participación fue más discreta: fui como corresponsal de una agencia de noticias. Conseguí obtener de mi jefe la posibilidad de estar en Cuatro Vientos desde la Vigilia del sábado hasta la Sta. Misa del domingo – únicos actos de aquella JMJ que viví plenamente – y como tenía credencial de periodista y no de peregrino, cuando se descargó la lluvia torrencial que empapó a la juventud del Papa, no tenía siquiera un mísero poncho impermeable para cubrirme a mí mismo y a mi saco de dormir. Experimenté a la Providencia en la amabilidad de algunos peregrinos de Nueva Caledonia (hoy sé que es un territorio francés en Oceanía, en aquel momento fingí comprender después de la segunda vez que pregunté: “sí, pero ¿dónde?”) que me cubrieron con su tela y, viendo que no recibía las viandas previstas para los peregrinos, me dejaron alguna cosa para comer, que encima era compatible con mis intolerancias alimentarias.

En respuesta al llamado del Papa, poner los dones recibidos al servicio de los demás

Pensé bastante antes de decidirme a ir a Cracovia, en el umbral de mis 31 años de edad y a once de la primera JMJ. Me parecía que había de por medio una cantidad tal de experiencias, personas, caminos recorridos y situaciones vividas, que volver a una JMJ podría ser casi dar marcha atrás, querer, nostálgicamente, volver a mis veinte años en lugar de mirar los desafíos que tengo por delante.

Entonces me motivé pensando que podría servir, sobre todo, como acompañante de un grupito de adolescentes que participan en el oratorio de la parroquia, algo que procuré hacer durante toda la semana de la JMJ y también después. Pero el pensar que estaba allí solo a causa de ellos, era engañarme a mí mismo: como si los llamados del Papa a abandonar “el sofá de la felicidad” y calzarse las botas para caminar por nuevas rutas, rumbo a nuevos horizontes, no me dijeran también algo al respecto; como si antes de cumplir con las obras de misericordia materiales y espirituales, fuera necesario verificar la fecha de nacimiento en nuestros documentos; como si el mensaje que Jesús Misericordioso le confiara a Sta. Faustina Kowalska, a quien tuvimos la gracia de conocer profundamente en esos días, no tuviese alcance universal.

Y luego, además, estaban ellos: aquellos chicos y chicas que son ahora los teenager que, cuando fui a Colonia, estaban todavía en el Jardín de Infantes, que durante todo el año se enfrentan en la parroquia con los desafíos de la adolescencia, su comprensible deseo de ser aceptados por su edad, de encontrar seguridad en su grupito de amigos… Ellos, que ahora estaban allí sin dificultad en confraternizar con desconocidos, que se entusiasmaban con poco, que iban más allá de sus límites físicos y psicológicos, que rezaban sin temor a ser expuestos.

Y cuando un joven de 15 años te pregunta cuáles son las condiciones para obtener la indulgencia plenaria en el Año de la Misericordia, y la amiga te pide que confirmes si es posible ofrecerla por los difuntos, agradezco sonriendo a Dios por la invención de las JMJ y hago votos para que cada participante pueda recibir, por lo menos, un poco del efecto benéfico que tuvieron en mí.

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Original: italiano. Traducción: aat, Argentina

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