Publicado el 4. diciembre 2016 In Vida en alianza

La sonrisa más plena, la María más humana que he visto en años

PARAGUAY, Macarena Rivarola Angulo •

«Paci» – María Paz Angulo, una de las novicias paraguayas que recibió el Vestido de María el domingo 13 de noviembre en el Santuario de Tuparendá – es prima-hermana mía. Mi mamá y su papá son hermanos y tenemos, gracias a Dios, un vínculo familiar muy fuerte en nuestro círculo sanguíneo. Pero creo, que esto sobrepasa todas las barreras que podrían llegar a existir en un grupo determinado de vínculos.

Realmente para mí, y para toda mi familia, fue una de las cosas más fuertes que vivimos en todos nuestros años. Una mezcla de sentimientos nos invadía y se acentuaba a medida que la fecha se acercaba. Y ciertamente tenía su dosis de “dificultad” el hecho de que Paci, ya “no iba a ser Paci”, sino que se convertiría en propiedad exclusiva de Cristo, dejando de lado una realidad de vida a la que, desde que nacimos, estuvimos acostumbrados. Vale mencionar que la alegría y el Espíritu de gracia que tocaba las puertas de nuestros corazones tenía una sobredimensión con respecto a lo anterior, ya que toda nuestra familia es muy apegada y activa en Dios (¡gracias a Dios!)

Meses hacía que no la veía. El último encuentro que habíamos tenido las dos, meses antes de que anunciara su vocación, fue por cuestiones de viajes y demás.

Varias veces en mi vida pude sentir plenitud espiritual gracias a labores apostólicas, que siempre se presentan como un regalo de Dios y de María en mi vida. Varias veces también, fui testigo del gozo que ellos regalan a otras personas en sus vidas, y que se les nota cómo sale desde lo más profundo del hogar cristiano que emerge de sus corazones. Ese Espíritu Santo reflejado en una sonrisa, en un abrazo, en una lágrima, en una oración de rodillas, en un silencio, varias veces lo atestigüé durante todo mi caminar con Cristo.

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Abran las Puertas a Cristo

Pero este 13 de noviembre, Tuparendá, atestiguó un Espíritu Santo luminoso, que impregnaba todo,  tal como nos decía el Padre Antonio en su homilía de aquel día.

La ansiedad corría a flor de piel, la mezcla de sentimientos adquiría cada vez más “densidad” en todos nosotros, con una suerte de paz interior que nos daba ese primer “casamiento” de uno de nosotros, los nietos de mis abuelos, sabiendo que era con el Ser más importante y el único Superior a todos nosotros.

El resonar de las campanas, el cántico de coro tal cual ángeles de Dios, daba la bienvenida a las tres bienaventuradas de nuestra amadísima Mater.

Así como ese resonar, empezaban los latidos de mi corazón, con una taquicardia de amor, gracia, gozo, anhelo, y hasta podría decir envidia (sana) por saber y querer sentir tan profunda alegría, por esa libertad de escoger abandonarse total y eternamente al Padre.

Sonaba el cántico “Abran las Puertas a Cristo”, entraba la Imagen Peregrina, las flores, el incienso se apoderaba de todo el templo, el Espíritu Santo se sumergía en nuestros cuerpos, apoderándose de todos esos sentimientos contrarios que podíamos tener. El viento sopló y fue en ese preciso momento, que veo un velo elevarse como si danzara con todo ese contexto, y fue ahí, que mis ojos, tuvieron ese contacto visual con ¡la sonrisa más plena que haya podido ver en toda mi vida!

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Ella irradiaba el ADSUM de María

Ella, solo sonreía, solo irradiaba el ADSUM de María, ese SI que anhela para todos sus hijos, ella lo llevaba con el orgullo más puro, femenino, pleno, alegre, contagioso y con convicción acentuada. Era mi Paci, que seguía siendo mi Paci pero potenciada al cielo, sin desconcentraciones ni dudas, era la María más humana que había visto en un centenar de años.

Vestida de blanco se presentó, preparada como las mujeres prudentes, que anhelan ver al Esposo; pero creo que después del momento de la vestición propiamente, al volver a presentarse ya con el vestido azul puesto, volvió vestida con un blanco puro espiritual aún más fuerte.

Al ver su rostro, al ver esa mirada llena de gozo, de plenitud, llena de Dios, llena de Gracia, todos los sentimientos “dificultosos” se desvanecieron, por si hubieran quedado algunos sueltitos por ahí.

Realmente fue una de las experiencias de Dios más fuertes, más cercanas a Él que pude tener en mi vida. Fue como si Dios mismo me dijera: “Maca, (sonriendo) soy yo, la Vid”.

Palabras me faltan, y siempre me van a faltar, para poder describir todo el Amor impregnado en esta experiencia tan cercana, que hoy se convierte en el recuerdo más aterciopelado en suavidad y dulzura, que guarda mi corazón, este cofre de tesoros que Cristo fundó en mí.

Todo me lleva simplemente a repetir las palabras que Paci, ahora la Hermana Agustina, dejó marcadas en mi corazón: seamos todos sagrarios de Cristo para los demás, y animémonos a dar el salto que Él nos pide a cada uno, de acuerdo a nuestra Misión e Ideal Personal.

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