Publicado el 4. diciembre 2016 In José Kentenich

Viviendo la Alianza de Amor en «tiempos impersonales»

Sarah-Leah Pimentel, Ciudad del Cabo, Sudáfrica •

Durante las últimas semanas, en mi hora semanal de Adoración, he estado meditando sobre una serie de sermones del P. Kentenich dados en 1962 a la comunidad de inmigrantes alemanes en Milwaukee (Intercambio de Corazones, traducido por el P. Jonathan Niehaus). En la serie, nuestro Fundador habla de un «intercambio de corazones» para describir la Alianza de Amor, donde intercambiamos nuestros corazones débiles con el corazón fuerte de María. Él dice que este es el antídoto para la «enfermedad» de nuestro tiempo, donde hemos olvidado cómo amar.

Fue el tercer sermón (30 de septiembre de 1962) lo que me llevó a escribir esta reflexión. Este sermón, titulado «Intercambio de corazones en tiempos impersonales», lo dio a menos de dos semanas del inicio del Concilio Vaticano II, donde el Padre se refiere a que el mismo, «trazaría el rumbo para el futuro, así nuevamente el mundo pueda encontrar el camino hacia Dios». Aunque el P. Kentenich ya lo expresara 54 años antes, eso toca nuestras fibras más profundas. El Papa Francisco también está tratando de guiar a la Iglesia y sus miembros hacia un tiempo de gran misericordia y compasión, que es la visión que proclama el Concilio Vaticano II.

El mundo se está volviendo desquiciado

Sin embargo, esta nueva era en la Iglesia -así como es ahora- transcurre en un momento en que el mundo, usando las palabras del P. Kentenich, «prácticamente se ha trastornado, se está desquiciando, se está desmoronando».

Añade que el hombre moderno «está hoy día parado en un volcán ardiente y que constantemente somos conscientes de que el volcán puede erupcionar en cualquier momento». Basta solo con sintonizar las noticias y vemos informes de violentas protestas, de ataques terroristas, de los estragos de la guerra, la devastación de los desastres naturales, de los efectos de los daños que estamos infligiendo a nuestro planeta. Realmente parece que el mundo se está volviendo desquiciado. En algún momento, vamos a sobrecargarlo de tal manera que no va a poder soportar más.

Nos enfrentamos a tal confusión, desánimo y desesperanza que nuestro instinto natural de auto-protección es replegarse en sí mismo. Esto resulta ser la consecuencia de nuestro miedo, que proviene de un mundo que parece estar fuera de control.

Retirada como respuesta al miedo

Y así, desarrollamos mecanismos de defensa. En el peor de los casos, nos abstraemos completamente, prefiriendo vivir en nuestras pequeñas burbujas de seguridad, divorciados de la realidad y creando nuestra propia versión de la realidad.

Alternativamente, nos centramos en uno de los muchos problemas que asolan nuestro mundo y lo transformamos en nuestra batalla personal. Esto nos permite aportar algo al bien mayor. Sin embargo, también nos arriesgamos a ser unilaterales en nuestra batalla y nos olvidamos de ver muchos otros temas que exigen nuestra respuesta cristiana. Cuando solo estamos mirando nuestro lado del campo de batalla, ni siquiera pensamos en cruzar al otro lado para mirar el mismo tema desde la perspectiva del otro. Al igual que el primer grupo, también corremos el riesgo de crear una burbuja y no reconocemos que, tal vez, las mejores soluciones a los grandes desafíos éticos de nuestros tiempos vienen cuando los lados divergentes se encuentran en un espacio de propósito mutuo y buscan soluciones negociadas.

Superar el miedo mediante el «intercambio de corazones»

En el centro de la misma, ambas respuestas son respuestas del miedo. Actuamos de esta manera porque el ataque a nuestras emociones nos deja paralizados, incapaces de amar. Esta es precisamente la enfermedad de nuestra época. En el sermón, el P. Kentenich señala que «nuestros corazones han perdido la capacidad y la fuerza de amar de una manera personal».

Cuanto más nos separamos de un amor personal, más nos «infectamos con el secularismo y la mundanidad, extinguiendo poco a poco nuestro amor por las cosas religiosas y por lo sobrenatural», dice el Padre. Kentenich.

Solo podemos esperar superar nuestro miedo y abrir nuestros corazones una vez más al amor, si consagramos nuestros corazones a María. Nuestro Fundador dice que en toda esta confusión «Nuestra Señora tiene la misión de salvar al mundo una vez más… poniéndonos en los brazos de su misericordia [de Dios]». El Padre Kentenich nos invita no sólo a consagrar nuestros corazones, sino también los corazones de nuestras familias «de las naciones y del mundo entero».

En el corazón de María, nos unimos también al corazón de Jesús. «A través de estos dos corazones, el Padre Eterno quiere reavivar el amor de Dios en los corazones de los hombres y alcanzar una profunda unión de amor, incluso con la humanidad de hoy», dice el Padre Kentenich.

Más que meras palabras

Nos advierte, sin embargo, que nuestra consagración debe ser algo más que una alianza de palabras. Nuestra Alianza de Amor para el mundo entero también debe ser acompañada por nuestras acciones, nuestra experiencia de una vida vivida en la Alianza de Amor, «para que el intercambio de corazones entre nuestros corazones y el corazón de María, se haga lo más perfecto posible».

El amor es lo que nos permite ser misericordiosos. Hemos pasado el último año reflexionando sobre la misericordia, encontrando oportunidades concretas para practicar la misericordia. A veces, era muy difícil porque nos encontrábamos siendo desafiados a amar a aquellos a quienes más acostumbrábamos a despreciar o pasar por alto. Fue solo cuando nos enfrentamos a nuestra incapacidad de amar que pedimos ayuda a Dios para poder ser capaces de amar a los demás. Y fue solo a través del poder del amor, que pudimos practicar la misericordia.

El amor y la misericordia renovarán el mundo

No podemos olvidar las lecciones de este año. A medida que nos dirigimos hacia el Adviento y un nuevo año en la vida de la Iglesia, debemos seguir actuando con misericordia, especialmente con los marginados, con los que nos contradicen y con los que desafían los valores que tanto queremos. Necesitamos seguir actuando misericordiosamente, aunque vivamos en un tiempo de temor y de cambio en nuestro orden mundial. No podemos hacer esto sin amor. No podemos hacerlo sin el amor perfecto que emana de los corazones de María y Jesús. No podemos hacer esto a menos que intercambiemos nuestros corazones débiles con sus corazones fuertes.

Solo entonces «la Misericordia Divina sobrepasará a la Justicia Divina, y la Misericordia Divina y la bondad aplacarán la Justicia Divina». Dotados de misericordia y de un amor que es personal, el P. Kentenich nos asegura que «estamos en el mejor camino para renovar el mundo y respaldar la renovación de la familia humana».

 

Original: inglés. Traducción: Susana A. Llorente, Pilar, Buenos Aires, Argentina

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