Publicado el 6. diciembre 2015 In Vida en alianza

Encuentro de peregrinos en Montahue

CHILE, Montahue, Hna. M. Ivonne Latsague •

Cada año el día del peregrino en Montahue, es una verdadera fiesta de amor, de fe, de alegría. Es volver a casa después de un año, para encontrarse con la Madre y Reina que espera en el Santuario el retorno de todos aquellos que la recibieron en sus hogares y fueron bendecidos por su visita.

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El saludo personal

A las 10,30 del sábado 28 de noviembre, empezaron a llegar  los primeros grupos. Tengo que saludar uno por uno, no me perdonan que sólo les haga un gesto con la mano e intente seguir caminando, me alcanzan para darme el beso de todas maneras. Quinientos, seiscientos, mil, los que sean, nadie me lo perdona.

– No la he saludado, Hermana, aunque le haya levantado los brazos y le haya dirigido algunas palabras a la distancia. No. Cada uno, hombres y mujeres, se cree único y si además digo su nombre, esa persona siente que realmente ha llegado al hogar. Aquí me conocen, me aceptan, me esperan. Y así fueron apareciendo los ómnibus de Tomé, Cabrero, Coronel, Talcahuano, Concepción, Los Álamos, Antihuala, Coelemu, etc. Un señor me seguía a medida que me movía por el lugar saludando a cada uno, hasta que lo descubrí y le pregunté si deseaba algo para atenderlo.

–  No, Madre, estoy impresionado de su capacidad. ¿De verdad conoce a toda esta gente?

Pero claro, caballero. Usted, por ejemplo, es primera vez que viene, no lo había visto antes y enseguida saludé a Jeannette de Coelemu por su nombre, a Noelia de Cañete y así. Este señor estaba impactado.  Era de Coelemu y venía por primera vez, efectivamente. Cuando se acercó para despedirse antes de partir le dije:

– Espero, don Sergio, que ésta haya sido una linda experiencia para usted.

– Madre, ¿se le quedó mi nombre con tanta gente durante el día?

– Claro, no ve que yo le ayudo a la Virgen en este lugar y Ella sabe el nombre de todos sus hijos… y para mi asombro, el señor se emocionó vivamente.

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Los doscientos saludos del párroco

De Coelemu vinieron nada menos que seis ómnibus. Es una gente extraordinaria. Eran doscientas personas y recibí también doscientos recados: cada uno repitió lo mismo, como si hubiese sido el único responsable de decírmelo: el párroco me había enviado saludos. Les hizo un envío antes de partir y les encomendó que me dieran especiales saludos porque yo era su amiga. Así que cuando se fueron les dije que le tenían que decir doscientas veces que también le mandaba saludos. Además le envié de regalo una coronita de adviento.

Llegaron novecientos peregrinos

La Mater recibió treinta alianzas de amor y quince envíos de misioneros. Al final de la Eucaristía se presentaron ante la gran asamblea, como testimonio para que otros también se entusiasmaran. En algunos lugares ya hay candidatos para marzo.

Pero lo que más me conmovió fue ver a mucha gente mayor participando en la procesión, que dura poco más de media hora, pasando por la población El Recodo, la carretera y entrando por el callejón hasta la carpa nuevamente. Con una o dos muletas, algunos de mucha edad bajo un sol que pegaba fuerte; otros, caminando apenas, y no se detuvieron en ningún momento; algunos, incluso, empujando las sillas de ruedas de sus familiares. Para este encuentro conseguí especialmente una silla de ruedas para que pudiera venir una misionera de Cañete que ya no sale de su casa, pero en mi último viaje la estimulé y le prometí la silla cuando llegara a Montahue. Estaba tan feliz, que dijo se pondría de acuerdo con el párroco para volver a trabajar como antes.

En esta oportunidad vinieron poco más de novecientos peregrinos. Bajó mucho la asistencia pues había numerosas actividades paralelas en la diócesis y en la provincia en general. Pero faltaron pueblos enteros: Lebu, Arauco, Lota, Santa Juana, Curanilahue, principalmente porque faltó tiempo y colaboradores para el pastoreo durante el año. Sin embargo, los que vinieron, especialmente muchos por primera vez, se fueron felices.

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Siguen peregrinando

“La Santísima Virgen permanece fiel… es la Virgo fidelis. Ella nos quiere siempre. Ella permanece fiel y su fidelidad termina sólo cuando nos sabe allá arriba en el cielo…” (J.K)

A veces me imagino en el último día, sorteando la misericordia del Padre en la entrada del cielo, camuflada entre medio de toda esta gente sencilla que entrará como avalancha al paraíso por su fe filial, por su abandono. Es impresionante como vive la gente al amparo de la divina providencia; estos mismos inválidos, convencidos de que su sacrificio al caminar atraerá la complacencia de la Madre y Ella mirará a sus hijos alejados de la fe, a otros, enfermos terminales del cuerpo o del alma. Y ellos, como verdaderos pararrayos, peregrinan sin cesar, año tras año, al lugar de gracias de la Mater. Cada vez más ancianos, más rengos, más ciegos, pero conscientes que no tienen otra riqueza que ofrecer que su propia miseria, la que ni siquiera ocultan a los ojos de los demás, porque todos somos iguales dentro de este lugar santo. Es realmente conmovedor.

María es la Gran Misionera que desde su trono de gracias, extiende su manto para cubrirnos con su misericordia mientras peregrinamos por este valle de lágrimas hacia la felicidad eterna.

Quiero agradecer muy sinceramente a Dios y a la Mater, en primer lugar, por habernos regalado un hermoso día de sol y a los muchísimos voluntarios de la Familia de Schoenstatt de Montahue, que estuvieron en todos los puntos del encuentro durante el día, sirviendo con alegría y gran disponibilidad, viviendo el Schoenstatt en salida en la propia casa.

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