Publicado el 2013-11-24 In Columna - P. José María García Sepúlveda

Dios nos es fiel

P. José María García. Leyendo este Evangelio (Juan 2,13-22), y en la fiesta que estamos celebrando hoy (9 de noviembre, Basilica San Juan), me surgen dos pensamientos espontáneamente. Uno es que el Señor es fiel, no solamente a su plan sino que nos es fiel a nosotros. ¿Por qué? Estamos trabajando con el tema de nuestra vocación, con nuestra vocación de empresarios y de líderes. Y lo que hemos escuchado en la lectura de hoy es justamente cómo el Señor, en el fondo, nos hace referencia a su fidelidad, a esa fidelidad que nos permite ser líderes.

Liderazgo al servicio de la vida

Entonces pensamos que tenemos que ser fieles a nuestra vocación y es así como corresponde que así sea. Pero el liderazgo auténtico, el liderazgo cristiano, ese liderazgo que está siempre al servicio de la vida, es un liderazgo que viene de Dios. Y que se realiza en tanto y en cuanto nuestra relación con Él es real. Una relación no solamente de ideas sino es una vinculación, una alianza con Él. El Señor nos es fiel. El Señor siempre sale a nuestro encuentro. El Señor nos da aquello que necesitamos para que cumplamos nuestra misión.

Como nos decía el Santo Padre, «la misericordia de Dios siempre está disponible. El Señor no se cansa». Nosotros de pronto nos cansamos de nuestra propia miseria y nos instalamos en ella. Y nos olvidamos de pedir perdón y de renovarnos en esa gracia que nos permite, justamente, cumplir nuestro liderazgo.

Hoy día, en la fiesta que estamos celebrando, San Juan de Letrán, conmemoramos la gran Basílica, la Basílica Madre, diríamos, de la Iglesia, porque es la sede del Santo Padre (El Vaticano viene después), la Iglesia del Obispo de Roma, se nos hace referencia justamente a que ese liderazgo está al servicio de esa vida que es nuestra propia Iglesia.

Templos vivos, santuarios vivos

Y tenemos siempre un poco como el peligro de caer en el Antiguo Testamento, de remitirnos a los templos. Y lo que nos dice San Pablo en la lectura que hemos escuchado es muy claro. El Templo de la Nueva Alianza no es un templo físico, en primer lugar. Ni siquiera nuestro Santuario se justifica si no hay un santuario vivo detrás. Es decir, hombres y mujeres que viven su fe, que viven de esa vida que el Señor nos regala; es decir, de esa fidelidad de Dios hacia nosotros.

Así nosotros somos templos vivos, lugares de encuentro con el Señor. De pronto, nos es más fácil remitirnos a los grandes monumentos, a los grandes lugares. ¿Y qué es lo que hacemos con eso? Evitamos, eludimos nuestra responsabilidad. Es más fácil mirar La Sagrada Familia, de Gaudí o la Catedral de Colonia, que mirar la realidad de la Iglesia. ¡Miren qué poderosos somos! ¡Miren la tradición que tenemos!

Y es verdad, son expresiones. Pero cuando uno va a una casa, lo importante es descubrir el hogar que hay dentro. A una casa, los arquitectos le podrán poner mucho empeño, mucho cariño pero lo que la hace realmente hogar, lugar de vida, es la familia que vive dentro.

Y nosotros como Iglesia es exactamente lo mismo. Nuestros lugares se justifican en tanto y en cuanto hay vida de Dios y Dios nos es fiel. Dios siempre nos regala esa vida que nos permite cumplir con lo que somos y con la misión que Él nos ha entregado. Esto es como un primer pensamiento para, justamente, tener presente la fiesta que hoy estamos conmemorando.

¿Con qué autoridad haces esto?

Pero también hay en el Evangelio algo que tiene que ver mucho con nosotros. Los judíos, que a veces nos gusta tildarlos rápidamente de fariseos, gente que no entendía o gente muy estrecha, eran gente bastante más comprensible y bastante más religiosa de lo que nosotros pensamos.

Si ustedes escuchan atentamente el Evangelio de hoy y lo comparamos con la posible reacción que nosotros hubiéramos tenido si a alguien en el Santuario se le ocurre tirarnos todos los negocios que hemos puesto alrededor, lo que haríamos nosotros sería espontáneamente echarlos a patadas. ¿Que se le ocurre a éste que es? Y ellos lo que hacen es preguntar: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿En qué te basas en esto?» Entran en un diálogo con Él, no porque le tengan miedo sino porque realmente ellos son religiosos. Y si alguien hace un gesto tan fuerte, tan profético como ese, en lugar de condenarlo y de excluirlo, diríamos excomulgarlo (tendencia muy natural entre nosotros con aquellos que nos molestan), es justamente todo lo contrario: entrar en diálogo, dejarse interpelar. ¿Con qué autoridad haces esto? Es el derecho que ellos tienen también de preguntar.

Y el Señor les da una respuesta que también vale hoy para nosotros. La pregunta es ¿Con qué legitimidad haces esto? ¿En qué se basa tu autoridad para hacer algo así? Y Él no se remite en primer lugar a sí mismo. «Yo soy poderoso, estas son mis fuerzas. Así de capacitado estoy. Así de fuerte soy. Así de talentoso soy». Sino que se remite a la acción del Padre en Él.  Él es fundamentalmente el Hijo del Padre. Y el gesto, porque el gesto es lo que convencía al judío, el signo que convenció al judío más que las razones con todo lo válidas que son, ¿cuál fue? Justamente lo que ellos iban a vivir después. «Este templo será destruido pero mi Padre lo reconstruirá en tres días.»

Hijo del Padre

Más aún, Él dice «y Yo lo reconstruiré». Esa identificación total con el Padre, es lo que le permite a Él legitimar su acción y su autoridad. No es por Él en primer lugar, sino porque Él se sabe Hijo del Padre. Porque Él se sabe legitimado por el Padre, por la vocación del Padre. Y el Padre lo pone en tal situación, donde Él, lo que viene es a renovar el Templo, porque la situación era escandalosa. Los judíos tendrían probablemente muchas razones para tener todos los negociados en torno al Templo o dentro del Templo. Y probablemente tendrían muchas justificaciones, sabrían explicar por qué era conveniente tener negociados dentro del Templo: por necesidades pastorales, por conveniencia, etc. etc. Siempre tenemos razones. Pero el Señor les dice «Saquen esto de aquí porque están convirtiendo el lugar de encuentro con el Padre en una cueva de ladrones». Es decir, hombres que utilizan la fe a beneficio propio, para su necesidad. ¿Con qué autoridad lo haces? Lo hago con la autoridad que me da el saberme Hijo de Dios, con lo que es cumplir la voluntad del Padre y, justamente, abrirme a esa acción del Padre en mí que me permite hacer lo que hago, decir lo que hago. No es por mí, en primer lugar, sino porque el Padre, que me entrega esta vocación, así me lo pide.

El mensaje de Francisco

¿Con qué legitimidad, con qué autoridad haces lo que haces? Una pregunta que también la sociedad nos la hace a nosotros como Iglesia hoy. ¿Con qué autoridad los cristianos hablan como que hablan y piden lo que piden? ¿Con qué autoridad nos atrevemos a desmontar, a descalificar como descalificamos tan rápidamente cuando vemos los signos de los tiempos a este mundo nuestro? Y tenemos de pronto que hacerlo porque se nos llena nuestro templo, el lugar del encuentro con Dios de muchas mesas de cambistas, de muchos negocios que no corresponden, de liderazgos viciosos, como decía el P. Guillermo Carmona. Porque hay otras intenciones, hay un doble discurso. Y es lo que la Iglesia ha sufrido hasta hace 10 minutos, hasta la llegada del Santo Padre Francisco, que ha tenido el valor de «patear las mesas» (perdonen la expresión), de cambistas que estaban instaladas dentro de la misma Iglesia.

Y eso ¿que había traído como consecuencia? Que no tuviéramos autoridad. No estamos legitimados, de pronto, podemos remitirnos a la vida eterna y aquel que no cumple, pues lo condenamos a la pena del infierno. Pero en el fondo, es legitimarnos ¿en base a qué? ¿A cumplir la voluntad del Padre o nuestros negocios instalados dentro de la Iglesia? ¿Con qué autoridad estás haciendo esa renovación de la Iglesia?, se preguntan algunos.

¿Con qué autoridad la Iglesia habla y anuncia? Y lo único que puede decir la Iglesia es lo mismo que dijo nuestro Señor Jesucristo: cumpliendo la voluntad de mi Padre. Si hago esto, no es por mí. No es porque yo sea un líder nuevo que necesita la Iglesia más astuto que el anterior sino porque Dios nos está pidiendo eso. Y esa fuerza, esa convicción a la hora de actuar es lo que permite que sea creíble; que gente que están alejados se conmuevan, que gente que están distantes de la Iglesia porque se desilusionaron con la Iglesia, por esa manía que tenemos de excomulgar al que no piensa como nosotros, de pronto empiezan a mirar la Iglesia como su hogar. Es mi casa, aunque piense distinto, aunque esté equivocado, pero tengo derecho a estar en mi casa.

Porque él me quiere

Una madre no excluye a su hijo porque se caiga, porque se equivoque, incluso porque piense distinto o porque esté en el error. Siempre va a ser su hijo. Y eso es lo que a la Iglesia institucional le conmueve, le zarandea. No estamos preparados para esto, si es que solamente gobernamos con categorías personales, propias, nuestras y no las del Papa.

El Santo Padre Francisco está actuando con tal contundencia pero a la vez con tal suavidad que nos conmueve. Tiene esta firmeza del Evangelio pero tiene también ese rostro y esas manos maternales que hace que todos se sientan acogidos.

Me permito referir una anécdota que escuché en Alemania. Me decían que uno de estos vagabundos o gente que están en las típicas estaciones de trenes alemanas, un poco borrachín, un poco asociales, como dicen ellos, fue recogido por la policía o por los grupos que se encargan de ellos. Y entre las cosas, las bolsas de plásticos que llevaba entre sus pertenencias, apareció una imagen del Papa Francisco. Entonces le preguntaron «¿Por qué tiene esta imagen del Papa Francisco? Un alemán en una estación alemana. «Porque él me quiere». ¿Qué sabía, cómo había experimentado ese hombre que el Papa Francisco lo quería? Porque su lenguaje, sus gestos son siempre personales.

¿Con qué autoridad habla la Iglesia? Habla cumpliendo la voluntad del Padre. Habla desprendiéndose de las «mesas de cambio», de esas corrupciones que nos daban vergüenza y las hemos pasado debajo de la mesa pero que gracias a Internet y las redes de comunicación, son conocidas en todo el mundo. Sacerdotes, obispos, laicos que hacen pasar debilidades casi como virtudes, por decirlo de alguna manera.

¿Con qué autoridad habla la Iglesia? ¿Qué legitimidad tienes? Mi legitimidad está en mi origen, en que cumplo la voluntad del Padre. Y esto vale también para nosotros como Schoenstatt. Nos preparamos para celebrar el jubileo de Schoenstatt, los 100 años de la Alianza, los 100 años de nuestra Familia. ¿Con qué legitimidad podemos celebrarla? Celebrarla no en el sentido de hacer una fiesta, que nos vamos a gastar lo que no tenemos para decirnos «somos fantásticos, miren que buenos tenderetes tenemos aquí en torno al Santuario» o para llevar realmente ese mensaje de la Alianza al hombre de hoy.

¿De qué manera, con qué legitimidad podemos celebrar el jubileo?

Cumpliendo la voluntad de mi Padre, porque el Padre Dios así nos lo pide. No tenemos otra legitimidad, no tenemos otra legitimización de nuestra autoridad que el ser dóciles a la voluntad del Padre, de buscar la voluntad del Padre y ponerla en práctica.

Por eso es que cuando nos planteamos cómo vamos a celebrar, nuestra actitud fue recordar lo que el Padre Fundador  nos dijo: «Fieles a las fuerzas de origen, funda de nuevo». El P. Kentenich, nuestro Padre, fue, en ese sentido, bastante osado. ¿Por qué? Porque confiaba en Dios, en la fidelidad de Dios y confiaba también en la apertura de sus hijos a la misericordia de Dios. Que no nos íbamos a plantear ante el Padre, como él decía, con cuellos blancos para decir «somos perfectos, nos tienes que querer, no te queda más remedio que querernos». No, nos presentamos en nuestra indigencia. Pero esa indigencia a través de la cual tú puedes actuar.

Se trata de ir a las fuentes originales, de ver justamente cuál fue la fuerza original que llevó al P. Kentenich a fundar.

Lo que tantas veces hemos dicho en este Congreso. No se trata simplemente de repetir el Acta de Fundación hasta que terminemos saturados de los textos. Se trata de ir a las fuentes originales, de ver justamente cuál fue la fuerza original que llevó al P. Kentenich a fundar. Y partiendo, curiosamente, no de los signos de los tiempos. El P. Kentenich no hizo un estudio de los signos de los tiempos y dijo «Aja…!!!» Eso vino después. Lo primero que el Padre buscó para cumplir la voluntad del Padre fue justamente tomar en serio la voz de su corazón.

¿Ustedes se acuerdan, tienen conciencia de cuál fue la voz del corazón del Padre antes del 18 de octubre de 1914? ¿Cuál era su preocupación, su motivación? Formar el hombre nuevo en la nueva comunidad, así lo hemos formulado, así nos lo ha dicho él. Si, de acuerdo. Pero la fuerza, la pregunta que él tenía, que legitima su acción, ¿cuál fue? Algo que todos seguro lo entendemos: es la preocupación por sus hijos. Van a ir a la guerra y estos no sobreviven. Solamente con una visión ética del hombre nuevo en la nueva comunidad, con mucha autoeducación, estos no sobreviven. Los campos de batalla se los comen, el ambiente se los come. ¿Y qué es lo que hace el Padre? Va a su vivencia, a la vivencia de su corazón. Y desde ahí él empieza a buscar si es eso realmente, motivado por esto, buscar la voluntad de Dios. Y en esto ve los signos de los tiempos pero parte de lo que Dios ha puesto en su corazón, de esa vivencia que él lee como un encargo personal, de su paternidad. En ese momento quizás no la tenía ni siquiera así formulada pero que a él lo motivaba ¿a qué? A arriesgar.  A dar ese gran salto de fe que, como él nos dijo y nos repitió permanentemente, fue el más difícil de su vida. Lo que vino después ya, diríamos en España, es «pan comido». Porque tenía la certeza de que Dios le era fiel, de que la Santísima Virgen le había tomado justamente en serio su palabra y que juntos estaban cumpliendo la voluntad de Dios.

Desde la voz del corazón

En esa fuerza, desde la voz del corazón, el Padre entiende esos signos del tiempo, que como muchas veces decimos hoy, imperceptibles. Pero que él leía no con un criterio sociológico, como nos recuerdan nuestros obispos en Aparecida, sino desde la perspectiva de fe del saberse hijo, del saberse instrumento de Dios para los suyos. Los análisis que hacemos de los signos de los tiempos no son ni marxistas ni sociológicos, del orden que sea, sino siempre desde esa actitud del hijo que busca la voluntad del Padre.

Por eso es que nuestro Padre estaba legitimado para tomar esa decisión, para hacer discernimiento buscando los signos de Dios para buscar la voluntad de Dios. Nosotros como schoenstattianos en este tiempo, si queremos realmente celebrar nuestro jubileo, y fieles a nuestro Padre, tenemos que empezar justamente como nuestro Padre, en esa actitud de la fe práctica en la Divina Providencia, que en primer lugar se toma muy en serio las propias voces del corazón.

¿Por qué vibra la Familia de Schoenstatt? De arriba  a abajo. Desde las cabezas que tendrán la responsabilidad de la conducción, hasta el schoenstattiano que acaba de hacer su Alianza de Amor y que empieza a creer en el misterio de Schoenstatt. Porque a través de ellos, es donde Dios se nos hace presente. Ese es el templo nuevo. Ese es el templo de la Nueva Alianza. Ese es el templo que nos habla no del Antiguo Testamento sino de lo nuevo que se nos regala.

Cultura del encuentro – cultura de alianza

¿Qué estamos haciendo aquí? La pregunta nos vale. ¿Estáis legitimados para plantearos la pregunta del liderazgo? Sois capaces, sois inteligentes, tenéis los medios pero ¿qué os legitima para decir que sois líderes schoenstattianos, cristianos y católicos? Lo mismo que dijo el Señor, la misma respuesta del Señor. Buscar en una actitud de fe práctica en la Divina Providencia, preguntando desde el corazón de los míos y de mi propio corazón, ¿cuál es la voluntad de Dios? Porque ahí es donde se está formando ese nuevo templo, ahí es donde se está formando este nuevo Schoenstatt que el Padre quería entregar a la Iglesia.

El Santo Padre nos habla de una «cultura de encuentro», nos habla de una Iglesia renovada. ¿Dónde está Schoenstatt en esto? ¿Es el instrumento de la Santísima Virgen en manos del Santo Padre? Nosotros hablamos de «cultura de alianza» (ese es el tema que me habían dado). Y se trata justamente de eso.

Cultura de alianza no significa simplemente de hacer una metodología que se aplica, diríamos de una manera formal y que nos salen, por decirlo así, «los productos». No es una empresa, en primer lugar.

Cultura de alianza es justamente esa pedagogía que permite una cultura de encuentro, donde el respeto, la valoración del otro es real porque creemos que en el otro está Dios presente, está Dios actuando. Eso es lo que nos permite, lo que nos legitima a tener autoridad como empresarios, como schoenstattianos, como cristianos, como católicos en este tiempo y ante la sociedad en que estamos presentes y que es, como les digo, nuestra responsabilidad.

Celebramos el día de la Basílica de San Juan de Letrán. Celebramos la Iglesia y la celebramos desde la voluntad del Padre. Una voluntad que se expresa en algo tan terrible, tan difícil de manejar pero también tan querida por Dios como es la fe práctica en la Divina Providencia, que empieza en ese lugar donde nadie puede entrar sino nosotros y Dios, que es nuestro propio corazón. En ese Santuario del corazón que Dios nos ha regalado. Por eso es que solidariamente unos con otros, en una Alianza de Amor solidaria(se corta el video) nos ponemos al servicio de la iglesia y de la sociedad, desde nuestra vocación, en lo que nuestro Santo Padre Francisco nos pide.

Transcripción: Claudia Echenique, Buenos Aires, Argentina

Video


 


Textos de las conferencias y material complementario en la página oficial del CIEES2013: http://congresoempresarioscr.com

Ahora con los textos completos de las ponecias, sintesis, homilías y más.

Videos de las prédicas en las Misas del Congreso:

08.11. Mons Angel Sancasimiro, obispo de la Diócesis de Alajuela
09.11. P. José María García, Madrid, España

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Día 8 de noviembre
Día 9 de noviembre

Publicado el In Columna - P. José María García Sepúlveda

Dios nos es fiel

P. José María García. Leyendo este Evangelio (Juan 2,13-22), y en la fiesta que estamos celebrando hoy (9 de noviembre, Basilica San Juan), me surgen dos pensamientos espontáneamente. Uno es que el Señor es fiel, no solamente a su plan sino que nos es fiel a nosotros. ¿Por qué? Estamos trabajando con el tema de nuestra vocación, con nuestra vocación de empresarios y de líderes. Y lo que hemos escuchado en la lectura de hoy es justamente cómo el Señor, en el fondo, nos hace referencia a su fidelidad, a esa fidelidad que nos permite ser líderes.

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