patata

Publicado el 26. julio 2018 In José Kentenich, P. José María García - Desde el servicio

“¿Dónde está mi patata?” – preguntó el P. Kentenich

ENCUENTRO CON EL PADRE KENTENICH, P. José María García Sepúlveda •

“¿Dónde está mi patata?”, una pregunta un tanto sorprendente, viniendo del P. José Kentenich, fundador de Schoenstatt, al ver una foto de los seminaristas de los Padres de Schoenstatt. “Mi patata” era el apodo que el P. Kentenich le daba a uno de ellos. La anécdota me la contó hace poco el hoy escultor Juan Fernández, y al que el P. Kentench se refería como “su patata”.—

Un apodo o símbolo en verdad, que comparte con alegría profunda en vísperas del 50° aniversario del fallecimiento del fundador de Schoenstatt. Y la razón de esa alegría, como el mismo P. Kentenich le explicó a Juan, es el significado de ese apodo: la cáscara de la patata no se puede sacar sin que se saque también algo de su interior. Esa es la unión que el P. Kentenich tenía con sus hijos espirituales, y que personalizó en su relación con nuestro escultor. Un vínculo que siempre es personal, de ahí el apodo “Mi patata”.

patata

Es un vínculo personal

¿Cómo se empieza a generar ese profundo e íntimo vínculo? Cuando se experimenta que la fuerza vital del Padre es un “servicio abnegado a su propia vida y misión”. Cuando no se siente utilizado o sometido, sino “servido” en propia vida. Ahí se empieza a sentir “hijo”. El padre siempre pone al hijo en primer plano. Es signo de su libertad interior y de su “madurez” para poder ser padre fecundo y educador. El mismo P. Kentenich reconocía que su paternidad es fruto de su relación con los que él pudo servir.

La unión al P. Kentenich, especialmente en los varones, va unida a la solidaridad en la realización de una tarea o misión, en concreto, del ideal personal de ambos. Yo soy corresponsable con su ser y misión, y el Padre es corresponsable con mi ser y misión. Estoy seguro de que, al menos la mitad de las mujeres, va a decir: vale también para mi unión con el P. Kentenich.

La unión con el Padre, el vínculo con él, no es solo ayuda, que también lo es, sino asumir solidariamente la realidad y originalidad del otro. Me enriquece en ella. No es un enriquecimiento general, sino personal.

No es solo algo externo.

Dentro de esa relación, cuando digo, por ejemplo, “Fe práctica en la divina providencia”, no es un “método” de discernimiento únicamente sino es la Fe práctica en la divina providencia propia del carisma del padre Kentenich. Y la actitud que yo aporto al P. Kentenich en esa unión, no es un aporte simplemente, sino que es MI APORTE ORIGINAL Y ÚNICO. Así, el carisma del Padre Kentenich se enriquece, se hace realidad concreta, aquí y ahora, con mi carisma.

Es alianza recíproca

Es igual que con la Santísima Virgen, la MTA. Ella actúa y enriquece su tarea con el talento o carisma que Dios me dio y que yo pongo a su disposición. Puedo decir aquello de San Pablo, de que mis “talentos y mis cruces” completan la cruz del Señor.

Este camino y esta experiencia mediante vínculos humanos hace que nuestro vínculo con Dios Padre no sea solo una idea sino un referente de autenticidad. Estamos en el núcleo del pensar, vivir y amar orgánico, expresión un tanto abstracta pero central de lo que el mismo P. Kentenich describía como tarea y misión de Schoenstatt para la Iglesia. Vivir en el Padre, nos hace hijos y nos hace hermanos.

De la plenitud y la madurez vital del padre viene su abnegación y entrega personal, así como su fecundidad. Con la imagen tan sencilla y “terrena” de la patata estamos en lo más humano y divino de nuestra alianza con Dios Trino. Es ese vivir “En el Padre”, en su amor misericordioso que Jesús vino a entregarnos, y del que El mismo vivió.

Es educar en libertad

Para educar, hay que establecer vínculos sanos, y de parte del educador, también vínculos maduros, es decir, desde el servicio desinteresado al que se te ha confiado libremente. Esa libertad madura y valiente es la que tenía el Padre Kentenich, y en la que creció por la confianza que despertaba. Y así fue y es con cada una de sus “patatas”; desde el primer “mi querido amigo joven” que el P. Kentenich dijera hace mas de 100 años hasta el día de hoy cuando alguien responde en libertad a esa curiosa imagen, que dice mucho de esta unión profunda y personal, a la vez que educativa.

“¿Dónde está mi patata?”. Como en Dios, todo viene del Padre y vuelve al Padre, con la vida que Él ha puesto en sus hijos. Hacia el Padre va nuestra vida…, nuestro camino.

Una anécdota contada en medio de una conversación fraterna que nos muestra la profundidad y el valor con el que el P. Kentenich, vivía en lo concreto e inmediato su misión de ser padre y educador de una Familia, llamada no sólo a formar sino a educar apóstoles, misión de María en la Iglesia.

Las manos del Padre Kentenich y de Juan Fernández se estrechan.

Las manos del Padre Kentenich y de Juan Fernández se estrechan.

 

La estatua de la esperanza

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1 Responses

  1. Nunca pensé que la idea de una simple patata pudiera servir para decir tanto y que pudiera tener un significado tan profundo con el 31 de Mayo.
    Bonito artículo y de gran profundidad.

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