Publicado el 2015-12-08 In Francisco - iniciativas y gestos, Francisco - Mensaje

«En breve tendré la alegría de abrir la Puerta de la Misericordia…como hice en Bangui…»

Año Santo de la Misericordia, por María Fischer •

La Plaza San Pedro se ve colmada de peregrinos, a pesar de la lluvia. Se respira un clima de gran expectativa. Francisco inaugura en Roma el Año de la Misericordia y abre la Puerta Santa de la Misericordia, ahora en Roma, en la ciudad de los apóstoles, en el centro de la Iglesia, después del «prólogo» en la periferia de la violencia, de la guerra, de la pobreza, en Bangui. «Dentro de poco tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia. Cumplimos este gesto como he hecho en Bangui, tan sencillo como fuertemente simbólico…», aún escuchamos decir el Papa Francisco.

Estamos en un Año Santo, un año de gracias.

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Al encuentro con el hombre de hoy

«Hoy, aquí en Roma y en todas las diócesis del mundo, cruzando la Puerta Santa queremos también recordar otra puerta que, hace cincuenta años, los Padres del Concilio abrieron hacia el mundo», dijo Francisco en su homilía en la Misa de la Apertura del Año Santo de la Misericordia, celebrada justamente el 1000° día de su papado. Hace 50 años se celebró la clausura del II Concilio Vaticano. Este mismo día el Padre José Kentenich bendijo simbólicamente, en Roma, la piedra fundamental del futuro Santuario de Schoenstatt en Roma, vinculando en su plática para siempre este Santuario con el compromiso de Schoenstatt con espíritu y mensaje de este Concilio. Plena e incondicionalmente.

«Esta fecha no puede ser recordada sólo por la riqueza de los documentos producidos, que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe. En primer lugar, sin embargo, el Concilio fue un encuentro. Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo», recordaba Francisco. «Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de los escollos que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero. Era un volver a tomar el camino para ir al encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo…». Cuando Francisco habla de una Iglesia en salida, habla de esto, del salir del ensimismamiento, radicalmente, para salir, ensuciándose las manos y los pies en los caminos de la miseria humana, riesgo de accidente incluido.

«Donde hay una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la Misericordia y el perdón de Dios. Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo», nos alienta Francisco.

Es la hora de alegría y de gracia, en alianza con la «llena de gracia», es la hora de misericordia y es la hora de salir a la calle, a las periferias, para abrir las puertas de la misericordia para todos… siendo la única puerta que nosotros tenemos el «poder» de abrir, la de nuestra casa, la de un cuarto de un enfermo, de la celda de un preso, la de nuestro tiempo, de nuestro corazón, en Alianza de Amor y solidaridad con Francisco.

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En salida misionera y samaritana

Desde la redacción de schoenstatt.org nos comprometimos a vivir este Año de la Misericordia como se debe, a un «Schoenstatt en salida», abriendo comunicativamente muchas puertas de la misericordia mostrando y animando a ser parte donde schoenstattianos salen, construyendo así una cultura de alianza, a la calle, a las periferias de la sociedad y de la existencia, cumpliendo así con el envío misionero recibido en la audiencia jubilar por parte de nuestro Papa Francisco.

100 casas solidarias
Pastoral Carcelaria «Visitación de María»
Las obras en favor de niños abandonados, pobres, carenciados, como María Ayuda y Dequení,
la acogida solidaria de tantos refugiados -recordamos solo lo que se hace en la familia de Schoenstatt de Lisboa o gracias al P. Franz Widmaier en Schoenstatt – el servicio a los enfermos y a la gente en tantas necesidades – mencionando ahora solo todo lo que hace la Campaña de la Virgen Peregrina en los hospitales, las cárceles, con la Peregrina de los bebés en riesgo de vida…
Pedimos a todos nuestros lectores difundir estas historias reales, y hacer llegar a nosotros historias reales de esta realidad de Schoenstatt en salida misionero, en salida misericordiosa.


Texto de la homilía del Santo Padre Francisco antes de abrir la Puerta Santa de la Misericordia – justamente a 1000 días de asumir el servicio de ser Papa de todos nosotros

Dentro de poco tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia. Cumplimos este gesto como he hecho en Bangui, tan sencillo como fuertemente simbólico, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en primer plano el primado de la gracia. En efecto, lo que se repite más veces en estas lecturas evoca aquella expresión que el ángel Gabriel dirigió a una joven muchacha, sorprendida y turbada, indicando el misterio que la envolvería: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28).

La Virgen María es llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor ha hecho en ella. La gracia de Dios la ha envuelto, haciéndola digna de convertirse en la madre de Cristo. Cuando Gabriel entra en su casa, hasta el misterio más profundo, que va más más allá de la capacidad de la razón, se convierte para ella un motivo de alegría, motivo de fe, motivo de abandono a la palabra que se revela. La plenitud de la gracia puede transformar el corazón, y lo hace capaz de realizar un acto tan grande que puede cambiar la historia de la humanidad.

La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios. Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva. El inicio de la historia del pecado en el Jardín del Edén se resuelve en el proyecto de un amor que salva. Las palabras del Génesis llevan a la experiencia cotidiana que descubrimos en nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se expresa en el deseo de organizar nuestra vida independientemente de la voluntad de Dios. Es esta la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios.

Y, sin embargo, la historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se comprende bajo esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo integra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es ante nosotros testigo privilegiada de esta promesa y de su cumplimiento.

Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. ¡Es Él quien nos busca! ¡Él quien sale a nuestro encuentro! Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánta ofensa se le hace a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24) Sí, es precisamente así. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia. Atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, nos hace sentir partícipes de este misterio de amor, de ternura. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo.

Hoy, aquí en Roma y en todas las diócesis del mundo, cruzando la Puerta Santa queremos también recordar otra puerta que, hace cincuenta años, los Padres del Concilio abrieron hacia el mundo. Esta fecha no puede ser recordada sólo por la riqueza de los documentos producidos, que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe. En primer lugar, sin embargo, el Concilio fue un encuentro. Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de los escollos que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero. Era un volver a tomar el camino para ir al encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo…; donde hay una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la Misericordia y el perdón de Dios. Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo.

El jubileo nos provoca esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la Conclusión del concilio. Cruzar hoy la Puerta Santa nos compromete a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano.

Oración del Papa Francisco ante la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro:

«Oremos

Oh Dios, que revelas tu omnipotencia

sobre todo con la misericordia y el perdón,

dónanos vivir un año de gracia,

tiempo propicio para amarte a Ti y a los hermanos

en la alegría del Evangelio.

 

Sigue efundiendo sobre nosotros tu Santo Espíritu,

para que no nos cansemos de dirigir con confianza

la mirada a aquel que hemos traspasado,

a tu Hijo hecho hombre,

rostro resplandeciente de tu infinita misericordia,

refugio seguro para todos nosotros pecadores,

belleza que no conoce ocaso,

alegría perfecta en la vida sin fin.

 

Interceda por nosotros la Virgen Inmaculada,

primer y resplandeciente fruto de la victoria pascual,

aurora luminosa de los cielos nuevos y de la tierra nueva,

meta feliz de nuestra peregrinación terrenal.

A ti, Padre Santo,

a tu Hijo, nuestro Redentor,

al Espíritu Santo, el Consolador,

todo honor y gloria en los siglos de los siglos».

 

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