Publicado el 2. Octubre 2017 In Schoenstatt en salida

A esta Señora no se la desaloja así tan fácil

CHILE, Carmen M. Rogers •

Hace unos cinco o más años salí de la Agencia de Publicidad donde había trabajado por más de veinte. Salí yo, no la Mater, el Padre y el Santuario. En un rinconcito para desesperación de mi sucesor pero alegría de otros, quedó su presencia sin que nadie osara quitarlos.

Por cinco años me hice la tonta, pero llegó el día fatal: se cambiaron de oficina y la víspera  del feriado del  15 de agosto me esperaba la clásica caja de cartón donde posaba finalmente la Mater entre archivos, recuerdos y diccionarios.

Con mucha nostalgia, Ella volvió a mi casa donde de ninguna manera se iba a sentir mal: ¡Hay 57 imágenes de María en tres dormitorios y un living comedor!  Pero “su” lugar estaba en la Agencia y es algo que Ella tenía clarísimo.

Un  día especial y un llamado

Fue el 22 de agosto, no un día cualquiera, cuando  recibí  el llamado que jamás esperé. “Queremos que traigas un cura para que nos bendiga la oficina”.   Bueno, pero el cura va con la Mater y Ella se queda, contesté.

En cuanto corté la comunicación, le escribí un mail al Padre Hugo Tagle, el más cibernético que conozco. Sabía que me respondería, pero igual me sorprendió su “sí” inmediato fijando fechas posibles y todo.

Quedamos en el  1° de septiembre. Para entonces yo tenía preparada la imagen de la MTA, un mantelito fino, una cruz para colocar en este improvisado altar, pocillo para el agua a bendecir, flores lindas y ramitas de romero fresco que corté al salir del  jardín de mi edificio. Cuando llegué, cambié mi cruz por la Cruz de la Unidad que alguna vez (dicen) había regalado a mi jefa. Fue una suerte, porque se apropiaron de todos los “préstamos” para el altar de la MTA.

El Padre Hugo llegó  a la hora señalada, fue presentado a todos (sólo dos se escaparon por un rato). Conocedor del ambiente, dijo unas oportunas palabras sobre la influencia de la publicidad y el valor de los comunicadores.  A la hora de las peticiones, varios se atrevieron –apenas si sabían recitar el Padrenuestro- e incluso uno agradeció por sentir el grupo como su familia. Con la Mãe en casa (la jefa es brasileña) todo andará mejor. Las lecturas las hizo Ricardo, ¡el único cliente católico de verdad que tenemos! Creo que lo invitaron con intención. Bromas, bebidas y galletitas siguieron en un ambiente familiar y muy grato. Lo que está muy claro es que a la Señora, la Mãe, la Mater o como le digan, ¡no se la desaloja fácilmente!

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