Publicado el 7. mayo 2017 In Vida en alianza

Ella ya estaba llamándome

PARAGUAY, Carlitos Estigarribia •

Mis padres me inculcaron desde niño la fe en Dios y en María. Esta fue creciendo gracias a la formación mariana que recibí en mi colegio perteneciente a la congregación Betharramita (grupo de Jóvenes que nació con el objetivo de profundizar y vivenciar en el Carisma de San Miguel Garicoïts, fundador de la Sociedad de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram), en Asunción, Paraguay. Siempre creí en Dios y sabía que María me tendería su mano para salvarme en los momentos más difíciles “tal como pasó en Betharram”. Sin embargo, por cosas de la vida, esta fe se fue apagando. Dios y María pasaron a ser los últimos en mis prioridades.

Terminé el colegio con muchas ambiciones y deseos —que sigo teniendo—, mas mi vida se había vuelto fría: tenía a Dios, pero a mi modo. Quería conquistar muchas cosas —y no digo que la ambición sea mala—, pero me enfocaba en lo material. Lo quería todo y a cualquier costo. Me decía permanentemente: “Soy libre, no le hago daño a nadie. Así es la vida, todos son así ¿por qué yo no?”. Me convertí en un adolescente frío y calculador que actuaba según lo que le convenía y de acuerdo a los deseos de su mundo superficial, creyendo que era feliz porque lo tenía “todo”.

Un encuentro profundo

Tiempo después, en un retiro, mi vida dio un giro importante: Dios tocó mi corazón. Por primera vez me cuestionaba si era bueno. “Soy buen alumno, ya casi termino mi carrera, ya tengo experiencia laboral, me proyecto en mi profesión… soy bueno”. Pero ¿qué había pasado con el chico que quería un mundo mejor, que quería luchar por la igualdad de la sociedad? Dios realmente estuvo ahí y pude sentirlo en todo su esplendor.

Con 20 años me di cuenta de que mi corazón estaba hecho para servirle a Él y a los demás y que mientras más lo entregaba, más felicidad encontraba. Una felicidad que jamás había experimentado y que era increíble. Creo que fue la etapa de mi enamoramiento con Jesús, a quien conocí como el Dios del infinito amor. Pero como Él dice: “Toda escoba nueva barre bien”. A medida que pasaba el tiempo y aumentaban las responsabilidades, aumentaban las decepciones propias de todo aquel que empieza a caminar con Dios, y uno se da cuenta de que los miembros del movimiento no son perfectos.

La suma de todo esto me hizo caer de nuevo y mucho más profundo. Ya conocía y había estado sumergido en las cosas del mundo y saboreado todo lo que este me ofrecía. Me olvidé nuevamente de lo que Dios me había hecho vivir y sentir. En el fondo no me sentía digno de estar en Su equipo y era más fácil huir.

“Una vez que Dios te atrapa, ya no puedes escapar…

… Él hace todo lo posible para que vuelvas al camino”, esta es mi frase. Fue en ese momento que María tomó parte de mi vida sin que me diera cuenta. Conocí a un amigo que sufría mucho, viendo su dolor y aflicción no pude callar —más bien, algo en mí hizo que reaccionara—, y lo invité al lugar donde iba cuando me sentía así: la misa de sanación en la parroquia Virgen de Fátima.

Siempre me llenaba de esperanza, felicidad y ánimo para continuar y ver las cosas con optimismo. Cuando la misa terminó, sentí una paz inmensa en el corazón. Volví a sentir que yo era de Dios y supe que no era mi amigo quien la necesitaba sino yo: Jesús me llamaba, nuevamente, a través de María ¿Qué mejor intermediario que Su madre para salvarme de mí mismo e invitarme a ser instrumento de su querido hijo y mi fiel amigo?

La Jornada Mundial de la Juventud 2013

Este nuevo camino era mucho mejor que el anterior, ahora sentía el amor de María como nunca y estaba acompañado de Jesús quien, sin juzgarme, me alentaba a dejar el pasado ofreciéndome una nueva vida sostenida por la Palabra por medio de la cual se daba a conocer cada vez más. Jesús me enseñaba a amar sin fronteras y a darlo todo sin límites.

En esa entrega experimenté una felicidad inmensa que, junto con el amor de Su madre, llenaba mi corazón. Volvía a ser un niño. Era como si el amor de Dios y María se hubieran fundido en uno solo para brindarme lo mejor. Fue increíble, siempre estaba un poco más unido a Dios.

En 2013 me invitaron a una confesión en el Santuario Joven de Schoenstatt. Mi corazón necesitaba orientación y guía espiritual así que fui. Nunca había vivido una confesión tan profunda como la de ese día. Recibí el abrazo del Padre Misericordioso quien me miró, me llamó por mi nombre y me preguntó: “¿Cómo te va?”. Le comenté al sacerdote que había escuchado por primera vez el llamado de Dios para ir a la JMJ. Día a día me sentía más suyo.

La ermita de la Mater en el centro de Cançoa Nova

Fui a la JMJ de Río. Una de las mejores experiencias de mi vida. Las palabras del Papa Francisco calaron en lo más hondo de mi corazón que rebosaba de amor. Por primera vez me sentía parte de la Iglesia Católica: vi la impresionante imagen de la Mater en el centro de Cançoa Nova (Brasil), estaba teniendo charlas con el padre Pedro Kühlcke y además vi a los schoenstattianos, llenos de alegría, en el encuentro en la catedral de San Sebastián.

Todo esto me hizo volver con la inquietud de conocer más el movimiento de Schoenstatt. Pregunté qué se hacía para tener un grupo de vida y el sacerdote me dijo: “Cuando te nazca en el corazón me avisas”. Lo que él no sabía era que en mi corazón ya había nacido el anhelo de sellar una alianza con María.

Mi alianza

“Ha llegado la hora de tu amor”. La Mater elige el momento justo para cada uno de sus hijos. Lo que viví fue parte de un camino perfecto hacia Schoenstatt donde todo me hacía sentir que el Santuario era mi lugar: sus tres gracias —cobijamiento, transformación interior y envío apostólico—, participar en las misas y escuchar en la música, cuya melodía solo podía estar hecha por Dios, Su llamado a este movimiento hermoso en el que ya no era huérfano, sino un hijo amado de María.

Foto arriba: Carlitos Estigarribia, María Fischer, Sebastián Denis (de izq.)

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