Publicado el 2016-03-27 In ¿Que significa el Año de la Misericordia?

Misericordia, Punto de encuentro entre el Papa Francisco y el Padre Kentenich

P. Juan Pablo Catoggio, Superior General del Instituto de los Padres de Schoenstatt. Un artículo de la serie: ¿Qué significa el Año Santo de la Misericordia? •

Dios, ¿cómo te llamas? Es la pregunta que le hace Moisés a Dios ante la zarza ardiente (Éxodo 3, 1-8, 13-15). Dios es el tema central de nuestros días, el tema central de la liturgia de hoy (3er. Domingo de Cuaresma).

Este tiempo de Cuaresma es un tiempo de conversión. Muchas veces, pensamos que la conversión es un cambio radical, profundo de vida, que exige una decisión, que exige propósitos, que exige un esfuerzo. Y nos preguntamos, quizás en un tiempo de Cuaresma, qué tengo que podar en mi alma, qué tengo que corregir, qué tengo que cambiar, en dónde puedo realizar algo de esta conversión interior.

Y las lecturas de hoy, creo que quieren llamarnos la atención o dirigir nuestra atención a otro punto. Lo que tiene que cambiar más radicalmente es «nuestro Dios». No es que tenga que cambiar Dios. Tiene que cambiar nuestra imagen de Dios y nuestra experiencia de Dios. Y quizás sea ese el punto, en el cual, una conversión verdadera se decide: si realmente descubrimos el rostro de nuestro Dios. Al menos, esa es la experiencia de los grandes conversos, como San Pablo o San Agustín. No fue que hicieron grandes esfuerzos y cambiaron su forma de vida en primer lugar. Eso fue tan solo una consecuencia de haber descubierto a Dios, y quién es Dios en su vida.

Cuál tu Dios, cómo es la imagen de Dios

¿Y cómo es esta imagen de Dios? Porque todos creemos en Dios. En todas las distintas religiones, creemos en Dios. Los fundamentalistas de todas las religiones también creen en Dios. Muchos matan en el nombre de Dios. En un fundamentalismo que deriva en terrorismo, muchos discriminan en nombre de Dios. Muchos abusan y mal usan del nombre de Dios, quizás para justificar las cosas que más se oponen, en verdad,  a Dios.

Entonces, ¿cuál es nuestro Dios? ¿Cuál es tu Dios? En este tiempo del Año de la Misericordia, en especial, y en este tiempo de la Cuaresma, esa es la invitación que nos hace esta liturgia, a que descubras cuál es tu Dios. Si vos, sinceramente le preguntás, como Moisés, «Señor, si me enviás, ¿quién voy a decir que me envía? ¿Quién sos vos? ¿Cuál es tu nombre?».

Tres momentos, tres nombres de Dios

Y por eso, quisiera detener un poco mi reflexión en la primera lectura del Éxodo, en esta experiencia de Moisés ante la zarza ardiente y en el salmo 125. Si nos fijamos en la experiencia de Moisés, hay tres momentos, tres nombres de Dios, podríamos decir, que me parece que corresponden a tres etapas en el crecimiento de nuestra fe, cuando vamos descubriendo verdaderamente quién es nuestro Dios. Y de eso depende todo lo demás. Dime quién es tu Dios y te diré quién eres y te diré qué significan los demás para vos. Todo, nuestra propia concepción de la vida, nuestra vida con los demás, todo depende de cómo es nuestro Dios.

Y les decía que hay como tres momentos, tres nombre de Dios. Recordamos la historia anterior de Moisés. Era un chico judío que, en realidad tendría que haber sido muerto, matado apenas nació. Sin embargo, era un chico muy lindo, como todos los bebés son lindos, se compadece la partera, lo esconden en una canasta, lo dejan en el Nilo. La hija de Faraón lo ve, se compadece; lo hace criar por su nodriza, sin saber que era la mamá del bebé. Luego, crece junto al Faraón, que es un hombre de prestigio; pero una vez, ve a hermanos de su pueblo que son maltratados y oprimidos por un egipcio. Él los defiende, termina matando a ese egipcio. Al otro día, ve que los judíos se pelean entre sí. Trata de separarlos y le dicen: «¿Nos vas a matar también a nosotros?». Entonces, huye. Se da cuenta que esto trascendió y escapa. Cruza el Mar Rojo y va al desierto de Madián. Ahí se casa y trabaja como pastor. En ese lugar, en el desierto, ocurre este episodio: una zarza está ardiendo pero no se consume. Él se acerca y escucha que Dios le habla. Y lo llama por su nombre «Moisés, Moisés, quítate el calzado porque la tierra que pisas es tierra santa, es el lugar de Dios».

A este Dios que, de alguna manera, impone tanto respeto y cierto temor, al que no podemos acercarnos, que tenemos que sacarnos el calzado para acercarnos a Él, este Dios se presenta y lo tranquiliza a Moisés. Y le dice «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Es lo primero que le dice, «el Dios de tu padres», el primer nombre de Dios, digamos. Y luego le cuenta: «He escuchado a mi pueblo llorar, clamar y he tenido compasión. Y por eso, te mando a que lo liberes de Egipto».

Señor, ¿quién eres, cómo te llamas?

Luego, viene la pregunta de Moisés: «Pero, ¿quién eres? Si voy y les digo que me mandas, ¿quién me manda? ¿Quién eres?». Por eso, esta página del Libro del Éxodo es una de las principales, sino acaso la página más importante de todo el Antiguo Testamento, donde Dios se revela. Para el judaísmo, al menos es la página de la Sagrada Escritura, donde Dios se muestra por primera vez y dice quién es. Dice su Nombre, un nombre misterioso, por cierto; un nombre que es casi innombrable, de alguna manera. Así lo entendieron siempre los judíos: el innombrable, porque es un nombre que nos trasciende, no es un nombre como cualquiera, donde «encerramos» algo o a alguien. A Dios no lo podemos «encerrar» en una palabra ni en un concepto. Trasciende, escapa.

Por eso, es un nombre muy especial. Se presenta: «Soy el que soy, soy el que es». Y no hay que entenderlo como súper filosofía, sino como algo mucho más concreto: Es el que está presente. Es el que está con nosotros. Es el que es, es el que es presencia siempre entre nosotros. Es el Dios de nuestra vida, es el Dios de nuestra historia. Diríamos, es el Dios de la Providencia, también en nuestro lenguaje. Es ese Dios que escucha el clamor del pueblo, que nos escucha. Es el Dios que atiende nuestro pedido, que escucha nuestra necesidad, incluso aunque no lo llamemos. Es el que viene a salvarnos.

Pero además, es el Dios del perdón. Y esa es la tercera experiencia de Moisés, que ya no está en el texto que hoy escuchamos, sino un poco más adelante. Esta primera experiencia de Moisés continúa en la liberación del pueblo, lo manda al Faraón, vienen las plagas de Egipto. Finalmente, viene el éxodo, el pueblo que atraviesa milagrosamente el Mar Rojo y se libera de la esclavitud. Luego, es conducido en el desierto; ahí tiene, como pueblo, su encuentro tal vez más importante con Dios en el Monte Sinaí. La Alianza del Sinaí, los mandamientos, la Ley que le confía Dios a través de Moisés a su pueblo. Eso constituye esa fe y esa experiencia de Dios, de salvación, de encuentro, de alianza, el nombre de Dios… eso define, en realidad, es el fundamento religioso del pueblo elegido.

Pero ese pueblo, cuando Moisés está en la montaña del Sinaí, durante 40 días, 40 noches «y ya no baja más», naturalmente, como eran bastante quejumbrosos, se quejaban de todo, «y ahora desapareció Moisés, ya pasaron tantos días… Hagámonos otro dios». Entonces, se hacen el becerro de oro, tratando de ver al dios que no veían y querían ver. Y entonces, Dios se enoja tremendamente con este pueblo. Moisés se enoja con Él. No obstante, Moisés trata de  tranquilizarlo un poco a Dios, negocia con Él. «No liquides a tu pueblo. Es tu pueblo al fin y al cabo. Sí, son tontos, pero es tu pueblo. Tené compasión de ellos». Y viene el perdón, la experiencia del perdón.

Y ahí Dios se revela, de la forma más profunda de todas. Es ese Dios rico en misericordia y en perdón. Un Dios bondadoso y compasivo, lento a la cólera y rico en perdón por mil generaciones (Num 14,18). Una definición de Dios que va a atravesar después toda la Biblia, que está en los salmos (Salmo 103,8 – Salmo 145,8). Dios rico en misericordia, compasivo y bondadoso.

Tres experiencias de Dios en nuestra vida

Son tres experiencias de Dios. Y yo los invito a que pensemos en nuestra propia vida. Creo que, de alguna manera, también nosotros recorremos estos tres pasos. Conocimos a Dios como el Dios de nuestros padres, al menos la mayoría de nosotros. Hemos recibido la fe de nuestros papás, de nuestra familia. Ha sido alimentada después en algún buen colegio, o por otra gente. Es el Dios de nuestros padres y de nuestros abuelos, posiblemente en la mayoría de nuestros casos. Es el Dios que hemos recibido; es un poco, el Dios de nuestra tradición, de nuestra herencia. Es el Dios de nuestros padres, el que ya acompañó a generaciones anteriores a nosotros. Es el Dios que hemos recibido de la enseñanza de la Iglesia, el Dios del catecismo.

Pero luego hay una segunda etapa en nuestra madurez de fe. En algún momento, en la adolescencia muchas veces, decimos «Ahora yo no quiero ir a misa simplemente porque mis papás me mandan. No quiero ir a confesarme porque tengo que ir o por obligación. Ahora yo no quiero seguir simplemente el Dios de mis padres y de la tradición, el Dios del catecismo. Ahora quiero descubrir mi Dios. Y descubrimos muchas veces a Jesús de una forma muy personal, muy íntima y nos decidimos por Él. Ahora ese Dios de nuestros padres pasa a ser mi Dios, el Dios de mi vida, el de mi historia, el de mi Providencia, mi Yahveh. Es el Dios presente, es el que es en mi vida, es el que es conmigo.

Y luego, muchas veces, mil veces, hacemos la experiencia, quizás también como Israel, la más profunda, de que Dios mira en su amor infinito y en su misericordia, mi propia pequeñez, mi miseria, mi pecado. Es cuando vuelvo con la cabeza gacha, como el hijo pródigo, a pedirle perdón y me recibe con el abrazo de su misericordia. Y ahí se nos revela el Dios de la infinita Misericordia. Es la revelación más profunda, la más honda de nuestro Dios.

Tres momentos en el camino de fe del P. Kentenich

Y yo me animo a hacer un paralelo también, con el camino de fe de nuestro Padre Fundador, del P. Kentenich. Más aún, si uno recorre un poquito en sus propios escritos a lo largo de los años, se nota también un desarrollo. Los primeros cursos, en los años ’20 sobre todo, que él dio a seminaristas, a curas y a otros, eran cursos muy doctrinales, digamos así. Hablaban de Dios que nos inhabita, de ser miembros de Cristo, de la filiación de Dios, ser hijos de Dios en la fuerza del Espíritu Santo. Por supuesto, se trata de acentos y nada más. Pero diría que era un poco más «el Dios del catecismo». Esa era la imagen de Dios que nos enseña toda la Iglesia. La que él transmitió y la que él predicó y anunció. Siempre con algunos otros matices muy propios de él pero, diría que el acento estaba quizás ahí.

Pronto, ya en los años ’30 y de ahí en adelante, se sumó un aspecto muy central para el Padre Fundador, que es el Dios de la Providencia. Es la fe en la Divina Providencia. Es el Dios de mi vida, el Dios de mi historia, el Dios que conduce mi vida paso a paso, que tiene planeado para mí un itinerario y un calendario. Es el Dios que va haciendo historia junto con nosotros y que está detrás de todos los acontecimientos. El Dios Yahveh, el Dios presente, el Dios hoy, el Dios en mi vida y en la vida del mundo y de cada uno.

Y veamos la última etapa de vida del Padre. En la recopilación de textos del Padre Kentenich sobre la Misericordia de Dios, con motivo del Año de la Misericordia, les recomiendo especialmente, una carta que el Padre Fundador escribió al final del exilio, cuando estaba en Roma en 1965. Él escribió esa carta a la Familia como una carta de Navidad. Y dice: «¿Cuál es la experiencia que hemos hecho, lo que hemos ganado en todos estos años? Hemos descubierto una nueva imagen de Dios, y por eso, del hombre y de la comunidad también». ¿Y cuál es esa «nueva» imagen, que no es nueva, sino «nueva» en cuanto a la experiencia muy fuerte? Es la del Padre de la infinita Misericordia. Siempre tuvimos claro, Dios es nuestro Padre, Dios es el Padre bondadoso, Dios es un Padre justo, Dios en un Padre sabio. Pero la experiencia fundamental es un Dios de infinita Misericordia, que nos ama aún en nuestra pequeñez, fragilidad, de nuestro pecado, de nuestras caídas, no por nuestro mérito sino por Él; no porque seamos buenos sino porque Él es bueno, por eso nos ama. Y por eso, nos hace buenos. Es un Dios que no pone condiciones y que no me ama o me perdona si acaso yo hago esto, esto y esto… ¡No! Es un amor incondicional. Él no pone condiciones. Él crea nuevas condiciones en mi vida, me cambia la vida por su infinito Amor, absolutamente gratuito.  Sin mi mérito, sin mis obras, en primer lugar, sino por su infinita misericordia. Esa es la gran experiencia y creo que esa es la enseñanza principal de este Año de la Misericordia.

Punto de encuentro entre el Papa Francisco y el Padre Kentenich

Quizás, en este punto, es donde el Papa Francisco, con su gran anhelo y su inquietud, y con esta iniciativa del Año Santo de la Misericordia, donde él más coincida, donde más se encuentren, por decir así, junto con el Padre Fundador, en una misma inquietud, en un mismo anhelo: en la convicción de que este mensaje de la Misericordia es el que el hombre de hoy necesita, por sobre todas las cosas. Y que la Iglesia por sobre todo debe ser Madre, debe ser Casa para todos, recibir a todos.

Y sin duda, ese es el mensaje de Schoenstatt, es el mensaje de nuestra Alianza y de nuestro Santuario. Si algo nos quiere regalar María en el Santuario, es esa profunda experiencia de hijos, de hijos amados, predilectos y perdonados por esa predilección de parte de Dios. María, cuando nos recibe en el Santuario, nos quiere hacer sentir que el Padre nos abraza en su misericordia. Esa es la gran experiencia que nos quiere regalar.

La herencia de Padre y la misión de Schoenstatt

Y lo que nos ha dejado como herencia aquí en nuestra tierra, en el Santuario Nacional, el Santuario del Padre, es ese mensaje. Hablamos del mensaje del Padre, de una misión, de anunciar al Padre, por supuesto, también a través de sus representantes terrenos, porque es la única forma. Pero es el mensaje del Padre de los Cielos y de su infinita Misericordia. Cuando hablamos de esta corriente del Padre o de esta misión patrocéntrica, se trata de ese mensaje que para el Padre Kentenich era tan central en su vida y nos lo confió como misión, especialmente a Schoenstatt y a nuestro Schoenstatt argentino, quizás de una manera muy particular.

Creo que en este Año de la Misericordia, del Padre de la Misericordia, se trata de que nosotros mismos nos preguntemos y le preguntemos en la oración, en el diálogo con Él, «Señor, ¿cómo te llamas?».

Uno de los últimos libros que se ha publicado sobre el Papa Francisco, muy lindo, en el contexto de este Año Santo, tiene un título muy hermoso, que en realidad es una frase del Papa Benedicto XVI: «El nombre de Dios es Misericordia». Ese Dios que es Padre, ese Dios que es Providencia, ese Dios es Misericordia.

Dos dimensiones para vivir el Año de la Misericordia

Y esa es la clave para vivir este año de gracias y para abrirnos a lo que la Mater en el Santuario nos quiere regalar. Esta misericordia que es, sobre todo, experiencia del encuentro con Él, como el hijo pródigo, pero también una misericordia que quiere que nosotros la transmitamos a otros. Por eso, las dos dimensiones. El lema nos dice: «Misericordiosos como el Padre». Experimentar la misericordia del Padre pero para ser misericordiosos como el Padre. Son las dos dimensiones: en nuestro encuentro personal con Dios, en el perdón, en la misericordia, en esa experiencia de predilección de Dios y además, expresar, transmitir esa misericordia para con todos nuestros hermanos. En las obras materiales y en las obras espirituales de la misericordia, sirviendo al necesitado en el cuerpo, sirviendo a los necesitados en el espíritu. Experiencias también en las obras espirituales de encuentro, de diálogo, la aceptación; de perdonarnos, de enseñarnos, de dejarnos corregir, de aceptar al que piensa en forma diferente, de saber perdonar, de dejar de lado divisiones innecesarias, choques, tensiones, revanchismos, tantas cosas que en nuestra patria, ojalá aprendamos y ojalá recibamos como don en este Año Santo de la Misericordia.

Quizás las dos parábolas que nos van a acompañar todo el año son la del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), la misericordia que experimentamos de Dios como el hijo que es abrazado por el Padre en su misericordia; y la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 25-37), que es ser misericordiosos como Él, con el que está caído, con el que fue herido.

Ser misericordiosos como el Padre porque hemos experimentado también como hijos, su misericordia en lo más profundo. Le pedimos a la Virgen que Ella nos regale a nosotros esa profunda experiencia. Que así sea.

FiestaSion2016 022

(Texto tomado de la prédica en la Fiesta de Sión. Redacción: Claudia Echenique)

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , ,

1 Responses

  1. es la misericordia una cadena de amor, q’bajando del Padre nos va uniendo a todos, y para mejor atarme yo quiero ser profundamente humilde y dejarme enseñar y corregir, quiero q’nos unan no sólo las metas sino -y más aún- los corazones…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *