Publicado el 2017-04-24 In Misiones

Dios Padre: Te agradecemos por este llamado y por hacernos parte de esta gran misión

PARAGUAY, Irene Magali Gómez •

Normalmente se dice que cada misión es diferente, y si, puede parecer repetitivo pero lo cierto y lo concreto es que el Señor nunca se deja ganar en generosidad.

Decimos que somos pedazos de barro porque hay un alfarero que va dando perfección a nuestro corazón, mostrándonos siempre el camino, descubriendo otra manera de ver las cosas y, sin duda, es algo que todos los años, en todo momento, nos vuelve a mostrar.

Ya pasaron varios años desde la última vez que pasé una Semana Santa en casa, con mi familia, dentro de mis comodidades, pero no me arrepiento. Desde el momento en que decidí llevar esta misión como un estilo de vida, muchas cosas fueron tomando forma.

Dejarnos sorprender por los planes de Dios

Cuántas veces nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida, qué es lo que nos tiene preparado, qué sería eso “mejor”, cuando de repente lo que pedimos es básicamente “archivado”. No nos dejamos sorprender por los planes de Dios y es ahí donde a veces chocamos con nuestra humanidad. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que tiene más valor el dar, que el recibir, porque eso viene por añadidura. Aprendí a ver a Jesús en el enfermo, en el niño, en mis hermanos, en todas las personas que dan su vida, su tiempo, sus fortalezas y debilidades por la labor del Padre. Ver a María obrando milagros, transformando los corazones de cada persona a la que fue visitando, eso no tiene precio.

Este año me tocó misionar en el pueblo de Mbocayaty, específicamente en San Blas, una compañía lejana, agradable, donde todos los habitantes se conocen, comparten, hasta muchos incluso son familiares. Según su testimonio, no existe algo que traiga roncha (conflicto, molestia) dentro de la comunidad, pero siempre tuvieron una carencia muy importante: la espiritualidad, la presencia de Jesús Eucaristía.

Es la primera vez en mi vida que participo de esta misa en la capilla

Tuvimos la bendición de celebrar la Vigilia Pascual en la compañía. Después de muchos preparativos acelerados, finalmente se concretó. Los rostros de las personas presentes, viviendo este momento tan esencial de nuestra fe, era algo que no podía explicarse, sonrisas, ojos llenos de alegría, de amor, paz. Al terminar la celebración, una de las encargadas de la capilla mencionó: “Es la primera vez en mi vida que participo de esta misa en esta capilla”. Muchas veces no dimensionamos los regalos que nos da el Señor, su vida, su presencia, su Cuerpo y su Sangre, esa oportunidad de estar un poquito más cerca del Cielo y simplemente dejamos pasar, o no prestamos atención, a esos grandes momentos. Pero Dios nos ama tanto que nos da un nuevo empujón para que sigamos dando y sigamos llevando eso que Él quiere a los más pequeños, a los más necesitados, pero no solamente necesitados de cosas materiales, sino necesitados de alma, de corazón, del amor de Dios, porque quizás sea la única vez que lo puedan recibir.

La misión de la Misión

Entonces, ¿qué es lo que Dios me tiene preparado? ¿Qué será eso que Dios quiere de mí? Quiere hacerme parte de ese plan, llevar sus regalos a cada rincón de la tierra, esa es la misión de la misión.

No nos cansemos de dar, no nos cansemos de llenarnos del Espíritu, no dejemos que nuestra lámpara quede escondida. Seamos luz para los demás, y cuando creamos que un ciclo termina, no nos quedemos estancados, sigamos entrenando dentro de esta gran selección, preguntémonos qué sigue, busquemos el Reino del Señor.

Me quedo con la frase de San Pedro de Alcántara: “Mucho da quien desea dar mucho, quien lo entrega todo, quien no se guarda nada para sí”.

El resto vendrá por añadidura.

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