Publicado el 15. febrero 2018 In Proyectos, Schoenstatt en salida

¡Camina!

CRUZADA DE MARIA, Juan Pablo Leucke •

El lunes pasado llegaron a la meta. El 20 de enero 120 jóvenes de Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, México, España, Alemania y Portugal se adentraron en la Cruzada de María, en la séptima edición de una travesía que consiste en caminar 400 kilómetros y atravesar la Cordillera de los Andes, desde el santuario de Mendoza hasta el de Bellavista (Santiago de Chile) en una aventura que dura 17 días. Pedimos a unos de ellos que compartiese su testimonio personal. —

Cuando toca hablar de algo como esta experiencia, la verdad es que vienen muchas cosas a la cabeza y por supuesto al corazón. Lo primero que respondo cuando la gente me pregunta, es que esta cruzada tuvo un impacto de cambio y despertar en mí, igual que lo fue mi año de Misión en Roma. Por ende, imagínense la intensidad que ha alcanzado algo en sólo 20 días, frente a la experiencia anterior durante todo un año. Es posible que los que hayan caminado conmigo me llamen exagerado, pero a este tipo de cosas tengo la gracia de vivirlas de manera verdaderamente profunda. Calan en mí como el amor más puro y autentico.

Desconexión total

El simple de hecho de estar 20 días realmente desconectado de todo: de los amigos, de la familia, del trabajo, en fin, del mundo con todo su ruido – y no esa falsa desconexión de irse un fin de semana a la casa de verano o al campo con amigos, donde uno sólo cambia físicamente de lugar- hace que uno se encuentre de manera muy real consigo mismo, con sus más profundos miedos, pasiones, anhelos, etc. Y lamento por un lado decir que la única manera de lograr un avance verdadero en la vida, un descubrirse, un despegar, es tomándose este tipo de distancias. Lamentablemente, todo avance y crecimiento en la vida conlleva arriesgarse a perder lo que más amamos. Pero así es la teoría del cambio: no se puede tener todo, debemos soltar para agarrar. No en vano, Jesús tuvo que apartarse para su mayor enfrentamiento con el diablo, pero esto le llevó a su mayor fortalecimiento con Dios. Pero en fin, no quiero irme por las ramas hablando de los beneficios del apartarse, así que vuelvo a La Cruzada.

La alegría de encontrarse con Dios

Recuerdo que estando a unos 40 minutos de llegar al Santuario de Bellavista me tomé el tiempo de registrar en un audio lo que había vivido de principio a fin. Ahora veo el beneficio de ese audio. Sin él, este escrito sería bastante aburrido o al menos vacío. Mi primer anhelo al lanzarme a este caminar por los Andes era ir al reencuentro con Dios para así poder nuevamente estar bien conmigo y ser más y mejor para los que me rodean. Esto lo logré gracias a que mi principal consigna era no seguir la norma del “como tiene que ser”. ¿A dónde voy con esto? Que de esta manera, resultó que en vez de forzarme rezando el rosario (siempre pierdo la cuenta de ave marías) empecé a contarle a Dios mis cosas, y cerraba esto con 10 Padrenuestros y 5 Avemarías todos los días en la primera hora de caminata que se hace en silencio. Manteniendo mi fidelidad, pero consiguiendo el modo de comunicarme con Dios, logré salir al encuentro. Por eso hablo de lo malo que tiene el “como tiene que ser” .Sin dejar de lado ciertos criterios, uno tiene que salir a buscar sus maneras. Y esto afecta a muchas cosas: el rendimiento laboral, las relaciones de pareja, las amistades, etc. Imponer parámetros hace que muchos estallen.

Otro gran aprendizaje que tuve fue el querer de Dios para cada uno de nosotros. Muchas veces le pedimos a Dios por una carrera, un trabajo, un noviazgo, o cualquier logro, pero en realidad todas estas cosas muchas veces dependen de nosotros. Lo que Él busca es que podamos estar alegres y en paz sin importar qué tengamos o qué no tengamos. Me pasó que durante la caminata, muchas veces me angustiaba o amargaba por cosas de mi vida y no disfrutaba del regalo de compartir con los demás, apreciar el paisaje, rezar en paz, disfrutar una canción, etc. Hasta que pude ver que más allá de todas mis cosas, estaba el amor de Dios y eso es lo único que hace falta para justificar una alegría y tranquilidad en vida. Al darme cuenta de esto ¡uff! las alegrías estallaron y empecé a valorar y a disfrutar verdaderamente de mis cosas diarias. Entendí el famoso concepto de aceptar todo con alegría, hasta lo que para el mundo es doloroso o angustiante. Yo lo acepto con alegría pero eso es posible solamente si Dios está al final de todo. Y no es que una ruptura de pareja, un fracaso en el trabajo, pierda valor, si no que pierde fuerza negativa. En fin, no sé si habré logrado mi objetivo con este escrito, pero me pidieron mi experiencia y fue ésa.

El transcurrir de un día cualquiera

Un día de Cruzada empieza a las 4:00 a.m. con algún seminarista bastante enérgico que empieza a despertar al grupo. Yo trataba de adelantarme a esto. Así, me movía sólo y con comodidad, para después con mucho humor y unos buenos mates ver el apuro de los demás por estar listos. Después de un desayuno por lo general liviano (pan con dulce y café) se empieza a caminar en silencio, buscando que esta sea la hora de oración personal más intensa del día.

Y vaya que lo es. Verdaderas luchas internas se habrán librado en esos momentos. Terminado esto, después de la primera parada la caminata sigue como toda peregrinación. Hay quienes pueden rezar rosarios, cantar, charlar, escuchar música y hasta en mi caso, ir leyendo. Durante la caminata se hacen paradas cada 5 u 8 km aproximadamente, en donde nos reabastecíamos de agua y si teníamos suerte o picardía lográbamos conseguir algo para llenar el estómago.

Al llegar a nuestros destinos (escuelas, destacamentos militares, campo abierto, orillas de algún arroyo) nos entregaban el almuerzo que para sorpresa de muchos este era una papa, un huevo y un tomate, eso sí, a la noche se disfrutaba de un buen guiso o algún fideo con carne. Terminado el almuerzo era casi imposible no sumirse en una siesta de por lo menos dos horas, y es que durmiendo poco y caminando entre 25 y 35 km diarios es difícil no terminar casi muerto.

Festejábamos misa diaria y antes de dormir siempre la oración final de la noche. La mayor dificultad del viaje mas allá de lo que puedan ser dolores musculares, lesiones o ampollas, creo que es el agobiante sol que empieza a quemar a partir de las once de la mañana y no decrece hasta por lo menos las cuatro o cinco de la tarde.

Y esto es la Cruzada, el regalo espiritual de encontrarse de manera tan linda con Cristo y lo hermoso de dormir a 3.000 metros de altura en medio del campo, en la cordillera, después de un baño en un arroyo cristalino y no contento con esto, siendo tapado por un cielo estrellado que impacta. Verdaderamente no tiene comparación, al menos en vida.

 

 

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1 Responses

  1. Paz amor a.Dios que hermoso momento.Bendiciones.

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