Publicado el 2018-08-23 In José Kentenich

En cada representación estoy yo también presente, unido a él

EN UNIÓN CON EL PADRE KENTENICH, Maria Fischer •

“Unos amigos me preguntaron si era doloroso para mí, separarme de mi obra. Yo les comenté que yo voy con el padre, voy y me quedo con él. En cada representación estoy yo también presente, unido a él.” Comentario del escultor Juan Fernández a pocos días del envió de la estatua del padre Kentenich destino a Costa Rica.—

Grabación: Maria Fischer. Producción: Claudia Echenique.

Me había roto la cabeza para poner toda la riqueza, todo el testimonio, toda la información desde lo artístico, desde lo schoenstattiano y desde lo personal que recogí en una entrevista-visita de 4 horas en el castillo Engelsdorf, en esta tarde calurosa a inicios de agosto, cuando Juan Fernández me abrió su taller y su memoria personal del padre Kentenich. Hablamos durante horas sobre su misión de plasmar una figura auténtica y “viva” del padre Kentenich, en sintonía de profesionalidad de escultor y filialidad de alguien que tuvo el privilegio de conocerlo personalmente y desde cerca, tan cerca que tiene un apodo: “mi patata”.

Y mientras estaba con casi tres horas de grabación, con dos videos y fotos en abundancia y la tarea de condensar todo esto en un solo mensaje central y no más de tres mensajes laterales vinculados al central, en 2000 palabras o menos, me llegó este comentario y está todo: “Unos amigos me preguntaron si era doloroso para mí, separarme de mi obra. Yo les comenté que yo voy con el padre, voy y me quedo con él. En cada representación estoy yo también presente, unido a él.”

“Mi obra”

La estatua del P. Kentenich destinada a Costa Rica ya ha salida del taller y se encuentra, bien guardada para el viaje en avión, en una caja de madera, esperando la inspección de aduana y la salida definitiva hacia Costa Rica el 22 de agosto. Antes, recibió los últimos arreglos, hechos con mucha profesionalidad y cuidado por el artista.

Mientras me hablaba, con la estatua aún en el taller, sobre su filosofía profesional y lo que significa tener el privilegio, el don y la tarea de tallar al padre Kentenich de una manera autentica, “tal como fue en su manera de estar de pie, de poner las manos, de mirar”, se pudo notar su pasión con su obra que es su pasión por el padre Kentenich. “Lo hago para futuras generaciones”, me dijo, contestándome indirectamente a mi pregunta, aquella pregunta de nuestra generación que no vivió personalmente con el padre, pero sí con “los discípulos”, con los que aún lo conocieron: “¿Vamos a poder transmitir carisma y persona del padre?”

Esta estatua de la Familia de Esperanza es su obra en cada detalle, incluso en el de firmar la obra con su nombre. Es su obra de presentación del padre Kentenich, y es una obra no para quedarse en su taller, sino para hacerla salir. Todo Schoenstatt, cada schoenstattiano en este año del padre Kentenich y todavía más, en cada año venidero, tiene la misión de crear y de ser una presentación del padre Kentenich, “su obra” en cada detalle, en cada tonalidad, en cada originalidad, pero no para quedarse con la obra, sino para despedirse y enviarlo al mundo.

“En cada representación estoy yo también presente, unido a él”

No se puede evitar pensar en la patata, “un apodo o símbolo de verdad, que comparte con alegría profunda en vísperas del 50° aniversario del fallecimiento del fundador de Schoenstatt. Y la razón de esa alegría, como el mismo P. Kentenich le explicó a Juan, es el significado de ese apodo: la cáscara de la patata no se puede sacar sin que se saque también algo de su interior. Esa es la unión que el P. Kentenich tenía con sus hijos espirituales, y que personalizó en su relación con nuestro escultor. Un vínculo que siempre es personal, de ahí el apodo “mi patata’”, como explicó el P. José María García en su artículo escrito después del encuentro con Juan Fernández.

Hay algo de Juan en esta estatua, sin embargo. Hay algo de personas vinculadas con sus historias todavía por relatar algún día. Historias de milagros y de esperanza. Hay algo de la Familia de Esperanza en esta estatua y algo de todo Schoenstatt en este momento histórico. Pero el mensaje igualmente importante es que – siguiendo al símbolo de la patata- algo de esta estatua queda para siempre en los talleres de Juan Fernández y en el “taller del alma” de cada uno que estaba y estará en contacto vivo.

Que algo del padre Kentenich quede en cada uno que toma su mano en esta estatua, esta imagen suya, que le mira, que le abraza. Que algo de cada uno quede en el Padre Kentenich, y que él así quede vivo.

¡Buen viaje hacia Costa Rica, padre Kentenich!

Desde el taller al mundo real

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