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Publicado el 2022-03-18 In Temas - Opiniones

Lo único constante es el cambio

Patricio Young, Chile •

Lo único constante es el cambio. Heráclito formuló esta máxima hace más de 2500 años, pero con el ritmo vertiginoso de nuestro tiempo adquiere más sentido y validez. — 

El P. Kentenich también lo previó cuando señaló que debíamos refundar Schoenstatt cada 50 años. Tenía plena claridad de la existencia de un Schoenstatt esencial y un Schoenstatt existencial, de la misma manera como existe una eclesiología esencial y otra existencial. El primer Schoenstatt contiene los postulados fundamentales como la alianza de amor, mientras que el segundo se va modificando o adecuando con la experiencia y la vivencia del tiempo.

E P. Kentenich nos decía con relación a la Iglesia: “Sin descuidar la mirada retrospectiva, significa abrazar los sólidos fundamentos de la Iglesia, ser inconmoviblemente fiel a la misión esencial de la Iglesia para todos los tiempos, tal como se la consideró en los comienzos y tal como fuera comunicada por el Espíritu Santo.

Pero, a la vez, significa orientarse con mayor conciencia por los acontecimientos realmente importantes, por las transformaciones que se operan en la época, por la novísima ribera de los tiempos. La consecuencia de ello será, por decirlo así, una especie de revolución, un fuerte movimiento en toda la Iglesia: abandonar una concepción exageradamente conservadora y poner proa hacia una concepción progresista”. [1]

Un movimiento que no tiene clara esta realidad y transforma todo en esencial es pétreo y absolutamente ajeno a los tiempos, por lo que tiene fecha de caducidad. Por lo tanto, al negarnos sistemáticamente a realizar este proceso de refundación y adecuar a Schoenstatt como respuesta a la realidad del siglo XXI, no solo estamos negándonos a cumplir la voluntad del fundador, sino que estamos petrificando Schoenstatt. Aquí se podría aplicar el refrán chileno: “Los cuidados del sacristán mataron al señor cura”.

Viene a nuestro recuerdo la carta de miembros de la Juventud de Schoenstatt de Chile cuando señalaban: “Así, un catolicismo ‘en las nubes’ es aquél que simplemente la ignora, pues se vive exclusivamente aferrado a lo propio, a ‘verdades inamovibles’ y, por lo tanto, no acepta la posibilidad de cambiar ni de ser confrontado con nuevas y diversas voces”.

Estar en movimiento

Ser un movimiento es estar en movimiento, es estar abierto a cambios y transformaciones que permitan ser respuesta y sintonizarse mejor con la realidad de cada época. Es contrario a lo estático, al sedentarismo. El P. Kentenich es muy claro frente a una Iglesia sedentaria, que en este caso bien podría repetirse para Schoenstatt: “El carácter sedentario se extenderá entonces a todo el ser católico arraigado en esa Iglesia sedentaria y también a todo el ser de la Iglesia misma…Se corre además el peligro (y es lo que considero más importante) de que en la Iglesia sedentaria la audacia, la osadía de la fe, se debilite por completo y acabe desapareciendo”.

“El miembro de la Iglesia sedentaria no solo quiera bienestar en la tierra sino también en el cielo”.

“Paso a expresarlo de una manera más tajante y clara: a la larga, en la Iglesia sedentaria, la fe se hará raquítica. La fe auténtica y sobrenatural acabará raquítica. ¿Por qué? Por la vida aburguesada, por una religiosidad aburguesada”. [2]

Fuerte y claro mensaje del P. Kentenich, que sin duda tiene un enorme significado para un Schoenstatt que he podido vivir en 57 años de pertenencia, donde los cambios han sido escasos.

Aquí también cabe recordar la reflexión de Guillermo Parra donde señalaba: “Aunque la vida pueda comprenderse mirando para atrás, debe vivirse mirando hacia delante”.

Mi propuesta es que enfrentemos la refundación de los 100 años caracterizando mejor lo que es el carisma del fundador y el carisma de la fundación. Para ello es preciso entender y hacer realidad que ambos no son lo mismo, si bien se relacionan y complementan.

A partir de la crisis que se ha dado en muchas fundaciones, la Iglesia ha comenzado a reflexionar sobre la necesidad de separar ambos carismas: “carismas y dones personales del fundador y el núcleo esencial del carisma fundacional, que está destinado a convertirse en colectivo y del que nadie tiene el sello o la propiedad. A la luz de esta distinción, es evidente que toda personalización supone un intento de apropiación de un don que, desde su origen, está destinado a ser colectivo.” Señaló la Dra. Linda Ghisoni, subsecretaria del sector laicos del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en el encuentro con los moderadores de asociaciones de fieles, realizado el pasado 16 de septiembre.

Un destacado teólogo, Juan Bautista Duhau, ha realizado un interesante estudio al respecto. En su documento señala: “Enfrentados actualmente a múltiples revelaciones que ponen a prueba la relación entre carisma del fundador y carisma de la fundación, se abre la necesidad de profundizar en la teología de los carismas, pero no solo desde una perspectiva de la gracia y la espiritualidad, sino también incorporando aquellos elementos que ofrecen otras disciplinas. Quizá́ una sana relativización de la figura del fundador –para pasar a estudiar a la comunidad reunida en torno a él, como conjunto imprescindible para el desarrollo de la organización– abra algunos aportes valiosos a esta discusión”.[3]

Esto es absolutamente coherente con lo señalado por el p. Kentenich en la celebración de sus 80 años en Roma: “Todo lo realizado en Schoenstatt es una obra hecha en común. En parte debido a que todo aquello que consideré oportuno o que creí́ reconocer como querido por Dios lo descubrí́ en el corazón de ustedes. De modo que estuvieron presentes creativamente como fuente de conocimiento. Tampoco nunca se hizo o gestó nada sin la colaboración de ustedes; colaboración que con toda conciencia busqué y recibí́”.[4]

Me parece que sus palabras son muy claras y nos muestran un camino a seguir en la definición de nuestro carisma fundacional. Sin duda que muchos han aportado a este carisma. En primer lugar, los miembros que participaron de la fundación en las distintas instancias de la familia y junto a ellos todas las causas segundas de ayer y de hoy que han entregado un aporte a nuestro carisma. Debemos descubrirlo y trabajarlo como respuesta a las necesidades de la Iglesia y la sociedad para los próximos 50 años.

No hemos escuchado a nuestros jóvenes cuando en su carta nos dijeron: “Hacemos un llamado a todo el movimiento en Chile, y a quienes no participan de él y sueñan con una Iglesia nueva, a repensar nuestras estructuras, nuestros métodos pastorales, nuestras formas y prácticas a fin de que puedan ser una verdadera respuesta a los tiempos desafiantes que hoy vivimos».

Si defendemos la fidelidad a nuestro fundador, es urgente iniciar esta refundación de Schoenstatt. Negarnos significa no entender que lo único constante es el cambio y por lo mismo es quedarnos anclados en un movimiento del siglo XX para el siglo XXI, lo que implica no tener capacidad de responder a los desafíos del presente. Si eso ocurre, tendremos fecha de caducidad.


[1] José Kentenich, conferencia para la familia de Schoenstatt, 31 de diciembre de 1965. Publicado en La Renovación de la Iglesia, Nueva Patris, ISBN: 978-956-246-277-8, página 27.
[2] P. José Kentenich, Ejercicios para el Instituto de los Sacerdotes de Schoenstatt, noviembre 1966. Publicado en La Renovación de la Iglesia Pág. 103 y 104
[3] JUAN BAUTISTA DUHAU revisión y actualización de la teología de los fundadores a partir de la crisis de los abusos Teología y Vida 62/1 (2021) p.56
[4] José Kentenich, Roma, 16 noviembre 1965

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1 Responses

  1. JohnHitchman dice:

    Patricio
    Muyavertado to comentario
    Ahora es necesario “descubrirlo y trabajarlo
    Sino queda en una al sola advertencia
    Casos preclaros de nueva fundación
    Bendiciones

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