Publicado el 7. agosto 2016 In schoenstattianos

En momentos muy difíciles, Ella siempre está presente

PARAGUAY, por Amada Girett y Maria Liz Ibaizabal •

Este es el testimonio de María Liz Ibaizabal: ella vive en Santa Rita, Alto Paraná, Paraguay. Después del acontecimiento que relata, se sintió llamada por la Mater para ser su misionera y el 18 de marzo de este año recibió la imagen de la Virgen Peregrina. Ella cree que es un milagro de la Mater sucedido hace un año, del que nos enteramos cuando lo compartió con los misioneros de Santa Rita. Es un testimonio de cómo actuó la Mater. Todos los misioneros rezamos por María Liz; algunos, como yo, no la conocimos hasta después de su convalecencia.

27 de junio de 2015. Un año. Una fecha más que significativa en mi vida. Pocas personas conocen mi testimonio. Y hoy quiero contárselo a todos los que tengan el ánimo de leerme.

Hoy hace exactamente un año que comenzó una lucha por mi vida. Fue un martes, un día normal. Me desperté como siempre a las 6.00 de la mañana, preparé un rico mate, ordené algunas cosas en casa y salí con mi esposo camino al trabajo. También en el trabajo fue un día normal con bastante actividad, ya que estábamos a días de ser auditados. Trabajamos intensamente poniendo en orden todos los documentos. Aproximadamente a las 8.30 llevé unos papeles a la recepción de la empresa. En ese momento sentí un extraño ardor en el vientre, me apresuré a ir al baño, pero no alcancé a llegar: una gran hemorragia corría por mis piernas. Nunca había visto tanta sangre. Fui socorrida por mis compañeras de trabajo que me llevaron al hospital más cercano. El primer diagnóstico del médico fue un posible mioma. Recibí medicación y fui a descansar a mi casa. Un día después se repitió la hemorragia, pero con mayor gravedad. Me llevaron en ambulancia, inconsciente, al hospital donde se comprobó que no era un mioma sino un embarazo de 3 semanas: estaba perdiendo un bebé.

Con urgencia me sometieron a una intervención. Luego de tres días de internación y otros tantos de reposo regresé a mi trabajo con la indicación de que ante cualquier sangrado, por mínimo que fuera, regresara al hospital. Lamentablemente así fue. En el hospital me realizan una ecografía que mostró que mi condición seguía siendo grave. Los médicos me indicaron que fuera al día siguiente en ayunas. Pero no fue posible: una nueva hemorragia hizo que me enviaran a Ciudad del Este para una mejor atención, dada la gravedad del caso. Allí comenzó lo más difícil: no se detuvo el sangrado y la hemoglobina disminuyó a límites peligrosos. Volvieron a legrarme, con mucho riesgo a causa de mi debilidad, pensando que con esto se solucionaría todo. Necesité una transfusión de urgencia. No había sangre disponible y la espera se hacía eterna. Mi estado era cada vez peor: me faltaba el aire, tenía muchos dolores, mareos, náuseas. Comencé a hincharme. Todavía había restos en mi interior, luego de cuatro días de espera. Necesitaba seis volúmenes de sangre y solo se consiguieron dos. Mi esposo comenzó a desesperarse. Entonces la misma doctora que me había enviado a Ciudad del Este, decidió que debía ir a Asunción dada la gravedad del caso.

Recuerdo claramente sus palabras ante mi llanto: No pienses que no te queremos, al contrario, por eso te mandamos…allá te van a cuidar mejor te van a transfundir sangre y te vas a recuperar rápidamente. A las 23.50 ya estaba dentro de la ambulancia. El viaje fue interminable hasta Coronel Oviedo. Le pregunté a mi esposo (que jamás se separó de mi lado durante esos treinta días) ¿Dónde estamos? Me respondió: en Coronel Oviedo, amor. En ese momento cerré mis ojos y ya sin fuerzas humanas hablé con Dios:

Señor, si es tu voluntad llevarme en este momento, te pido perdón por todos mis pecados, por haberte ofendido con mis actitudes, con mis obras, con mi desobediencia. Te pido que si es el momento de irme, que me lleves a tu lado para que desde allí pueda velar por mis hijas y mi esposo y por todos aquellos que amo. Te pido Señor que se haga tu voluntad pues yo ya no tengo fuerzas…

Pero aún me faltaba algo: recurrir a mi Madre, a la Santísima Virgen: perdón por tantas veces que no te defendí. Por dejar tantas veces que hablaran mal de ti…te entrego en este momento mi corazón. Te entrego mis hijas y mi familia, intercede ante tu Hijo Jesucristo, ayúdame Madre, pues quiero seguir viviendo, trabajando en la viña del Señor, siendo tu instrumento. Me entrego a ti en alma y cuerpo. Y en ese preciso momento no sé qué paso. Caí en un profundo sueño, hacía cuatro días que no dormía. Algunas horas después sentí un frío en mi frente, abrí los ojos, vi a mi esposo a mi lado con los ojos hinchados de tanto llorar. Le pregunté nuevamente dónde estábamos y me respondió que en San Lorenzo. Y le pregunté qué había pasado. Dijo simplemente: te dormiste. Nuevamente la lucha por respirar hasta llegar el hospital, donde me recibieron con un tubo de oxígeno. Luego no recordé nada más hasta el día siguiente, en el que desperté con el cuerpo adormecido y recibiendo una transfusión de sangre. Fueron 48 horas de agonía para mi esposo y demás familiares que no podían visitarme. Cuando desperté por primera vez vi las luces, el suero, la sangre que recibía… no tenía fuerzas ni para mover un dedo. Me dormí nuevamente. Cuando desperté por segunda vez una enfermera me preguntaba cómo me sentía. No pude responder por mi debilidad. Luego de tres intentos pude levantar la cabeza.

2Cumpleaños con dolor y sorpresa

Cincuenta horas después me llevaron a una habitación común donde pude ver nuevamente a mi esposo, a mis padres, a mi cuñado. Fue lo más hermoso que podía sentir en ese momento. Ya fuera de peligro, pero con varias secuelas por la gran pérdida de sangre, me ubicaron en la cama ortopédica que me correspondía. Y vaya sorpresa: no funcionaba el mecanismo que elevara mi cabeza, y por mi dificultad para respirar debía estar casi sentada. Me cambiaron de cama y lo primero que vi fue una imagen de la Virgen que me acompañó los 23 días que estuve en esa habitación.

En los días siguientes me hicieron nuevos estudios. Continuamente me pinchaban las venas para los exámenes. Pero había mucha gente que rezaba por mi recuperación. Recordaba a mi familia, quería luchar por ella. Mi esposo me acompañó continuamente, durmiendo en el suelo, comiendo en cualquier lado…

Se acercaba el día de mi cumpleaños, el 12 de agosto, y tenía la esperanza de que pudiera volver a casa. Imposible: mi lucha aún no había terminado…

La tristeza y la desesperación me dominaron, pero cuando la doctora de guardia me dijo que dependía de que pasara ese cumpleaños allí para que cumpliera muchos años más allá afuera, desperté de golpe a la realidad.

Y llegó el día: las enfermeras me despertaron cantando el feliz cumpleaños, junto con los diez estudiantes que hacían allí su práctica. Me acompañó mi esposo, mi mamá, luego varios familiares, amigas, recibí regalos y hasta una torta. Pero sufría, sin embargo, la ausencia de mis tres hijas.

Al final de la tarde llegaron mis primas y sorprendentemente me invitan a salir a caminar. Les respondí que no podía hacerlo, que los guardias ni me dejarían cruzar la puerta. Pero una de ellas, médica, organizó una especie de “fuga”. Cerró el suero… con temor me apoyé en su brazo mientras mi corazón latía a mil…Me esperaba el mejor regalo: mi hermano había ido a buscar a mis hijas a las que volví a ver luego de unos quince días. Solo pude estar diez minutos con ellas, pero fue suficiente para llenarme de alegría.

En los días siguientes recibí muchas visitas y, finalmente, la mejor noticia: el 25 de agosto podía volver a casa. Siempre estaba ante mí la imagen de la Virgen.

«Es la Virgen de mi cuarto»

Fui a la casa de mi tía pues aún me quedaba una consulta antes de volver a casa. Conversando con ella le pregunté por su hijo. Me contó que estaba en una reunión preparándose para ser misionero de un movimiento católico. Me trajo una estampita y con enorme sorpresa veo que era la misma imagen que estaba en el hospital, ante mi vista ¡era la Madre Tres Veces Admirable de Schoenstatt!

Alianza de Amor, Alianza solidaria

indexLlegué a Santa Rita un sábado a las 18.15. Bajé mis cosas y preparé a mis hijas para salir y mi esposo preguntó adónde íbamos. Le conté que a agradecer en la Santa Misa. Ese día cantaba nuestro coro, fue todo muy emocionante en los rencuentros, en los abrazos. Unos días después me encontré con una amiga que me contó algo muy lindo que había escuchado: una señora puso tu vida en manos de la Virgen. Hacía su Alianza de Amor y puso tu salud al cuidado de Nuestra Señora de Schoenstatt. Me corrió una lágrima por mi mejilla: Ella no me había abandonado nunca, cumplió con el pedido que le hicieron.

Dos semanas más tarde pasa una señora que me expresa su felicidad al verme tan bien, pues estuvo rezando por mi salud. Me preguntó si quería recibir una visita. Por supuesto que acepté y la hice pasar, pensando que ella era la visitante. Pero sacó de una bolsita un mantelito, una vela y ¡vaya sorpresa! la imagen de la Virgen que me acompañó en todo momento. No podía creerlo. Comencé a llorar y ella no comprendía el motivo hasta que le conté mi experiencia.

En resumen: tuve una segunda oportunidad. La Virgen María, mi Madre, tomó mi vida en sus manos y la transformó. Soy como un vaso nuevo en las manos del alfarero, más fortalecida que nunca ha cambiado mi vida, mis pensamientos, todo mi ser. Ella me lleva y me trae, me acompaña en las pruebas difíciles y me da la sabiduría de poder superarlas. Tal vez lo que pasé fue necesario para mi conversión. Y para que mi fe en ella sea aún más fuerte.

Hermanos en Cristo: no esperen a tener en sus vidas pruebas difíciles para buscar a Jesús. Abran sus corazones y déjenlo entrar, dejen que obre en sus vidas y verán que este mundo es tan maravilloso cuando lo vivimos con el amor de Cristo.

Hoy quiero agradecer inmensamente a cada una de esas personas que estuvieron conmigo, física o espiritualmente, por toda la ayuda que recibí. A mi esposo no tengo palabras para expresarle mi amor y mi agradecimiento, pero sobre todo a mi Señor, Rey de Reyes y Señor de Señores y a su Santa Madre por interceder por mí ante su Hijo.

Una historia larga, pero hermosa. ¡La Virgen siempre está y te espera!

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