Publicado el 2015-05-26 In Temas - Opiniones

La Trinidad y nuestros vínculos personales

PARAGUAY, por P. Oscar Iván Saldivar •

Les confieso que durante mis primeros años de estudios teológicos, el estudio del misterio de la Santísima Trinidad ha sido un tema favorito para mí. No sólo por las implicancias intelectuales de dicho tema, o por el esfuerzo racional que ha hecho la Iglesia a través de los siglos para tratar de comprender algo de este Dios que es uno y que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo; sino también, por las implicancias afectivas que tiene el misterio trinitario para nosotros los hombres.

Un Dios trinitario es un Dios que nos habla de la importancia de los vínculos entre las personas, de lo importante de las relaciones, de lo importante –y hasta fundamentales- que son los otros en la constitución de nuestra personalidad. El misterio del Dios trinitario es el misterio del hombre, del hombre y sus vínculos, del hombre vinculado.

Ser persona y estar vivo implican siempre relación con otros

Algo que me llama la atención de nuestro calendario litúrgico es la ausencia de una fecha, de una fiesta que esté dedicada solamente a la persona de Dios Padre… Hace poco celebramos Pentecostés –la gran fiesta del Espíritu Santo-, y días en los cuales recordamos a Jesús, el Hijo, no nos faltan –pensemos en la Pascua y en la Navidad-. Sin embargo esto no se debe a un error o a una equivocación, sino, simplemente al hecho de que el rostro del Padre se nos revela, se nos muestra, no como un rostro solitario, sino como el rostro de una persona en comunión con el Hijo y el Espíritu Santo. Podríamos decir que el Padre necesita del Hijo y del Espíritu Santo para ser quien es. Su divinidad no consiste en autosuficiencia sino en su capacidad de relacionalidad.

Y de hecho lo vemos en las Sagradas Escrituras. Tanto el Hijo como el Espíritu dicen «Abbá, Padre» (Rm 8,14-17).Y porque el Hijo y el Espíritu Santo lo reconocen como Padre, el Padre sabe quién es, el Padre se sabe único y se sabe amado. Podríamos incluso decir, que por eso el Padre es una persona. Porque ser persona y estar vivo implican siempre relación con otros.

Nuestros vínculos

Si lo relacional es constitutivo en Dios, cuánto más en nosotros, que somos creados a su imagen y semejanza. De hecho, nosotros llegamos a ser personas en el contacto con los demás, en los vínculos con los que nos rodean, con nuestra tierra y con nosotros mismos. Necesitamos de los otros para descubrirnos a nosotros mismos y para regalarnos a los demás. Y los otros nos necesitan, cada uno es importante, único e irrepetible; siempre y cuando permanezcamos en el vínculo, en el amor. Cuando dejamos de vincularnos en verdad –desde dentro- dejamos de ser personas y nos transformamos en objetos, en cosas.

Cuando Jesús nos entrega el mandato misionero de ir a todo el mundo y bautizar a los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,16-20), no hace referencia solamente a una fórmula ritual sino a una realidad más profunda. Se trata de aprender a vincularnos, aprender a ser personas, se trata de sumergirnos en la vida divina y participar de ella. Se trata de que cada uno de nosotros se haga hijo para que en el Espíritu Santo cada uno de nosotros pueda decir de corazón: «¡Padre!»

Y esta es la misión de la Mater en su Santuario: hacernos cada vez más cristianos, hacernos cada vez más Cristo, el Hijo que se sabe amado por el Padre en el vínculo incondicional del Espíritu Santo, del Amor. Anhelemos la gracia de participar de la vida de Dios y de aprender a vivir como Dios, vinculados. Amén.

Foto: Imagen de la Santisima Trinidad, en las Misiones Jesuiticas.

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