Publicado el 2016-03-03 In Schoenstatt en salida

Personas en huida: un desafío para nuestro tiempo

ALEMANIA, por Maria Fischer •

La coincidencia en el tiempo es muy fuerte: pocas horas antes saltó a los medios la noticia de que la ruta de los Balcanes estaba prácticamente cerrada, las fronteras cerradas y los refugiados a la intemperie bajo la lluvia y el frío. Pocos días antes el Papa Francisco dijo en la “Lampedusa de América”, la verja fronteriza mortal entre México y EEUU: “No podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas, ya sea por tren, por carretera e incluso a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos, caminos inhóspitos. Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global. Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias. Son hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado. Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres. No sólo sufren la pobreza sino que encima sufren estas formas de violencia.” Y en Bruselas precisamente acaba de finalizar la cumbre extraordinaria sobre los refugiados.

No acudieron las grandes masas que realmente se esperaban, cuando los días 19 y 20 de febrero de 2016, Schoenstatt abordó el tema que mueve al mundo, no ya una voz del tiempo, sino más bien un grito del tiempo: Personas en huida: un desafío de nuestro tiempo. Más bien, para decirlo como el Padre Kentenich, “un grupito diminuto” (carta a Josef Fischer del 22.5.1916). Pero las 30 personas que acudieron el viernes en la tarde y los casi 20 empresarios y directivos el sábado, muestran una cosa: un interés ardiente y, en gran parte, un estar personalmente involucrado en el tema de los refugiados.

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Eso es como si alguien me arrancara el bañador en la piscina

Así llegó una matrona que trabaja por cuenta propia, para encontrar orientación para el trato con mujeres de Eritrea, a las que atiende durante el puerperio. ¿Cómo manejar las formas de saludar y el contacto físico, y cómo se produce el entendimiento en una situación tan especial?

Se trata del velo, del burka, del pañuelo y de su prohibición. Hay a quien le gustaría arrancar el velo y el pañuelo a todas las mujeres que tienen que llevar ese signo de opresión. ¿Quieren las mujeres ser liberadas así? “Eso es como si alguien me arrancara el bañador en la piscina”, argumenta otro. “En esa situación no me sentí precisamente liberado”. Alguien, a quien le molestan los besos y abrazos como forma de saludo latinoamericana, se da cuenta, en medio de la conversación, de que “los refugiados”, que no dan la mano, sino que sólo saludan con un movimiento de cabeza, no pueden o no quieren asumir las costumbres de Europa occidental por el mero hecho de haber cruzado la frontera.

Un joven empresario expresa su miedo de que estas migraciones de los pueblos haga que todo salte por los aires. Aquí busca orientación y respuestas, porque no quiere caer en esa mezcla de miedo y rechazo. Cuando un alemán ha vivido durante un año en otro país de Europa occidental y ha añorado la pierna de cerdo y el chucrut, ¿qué le ocurre a un afgano, a un sirio o a un nigeriano en Alemania? Y de repente se empieza a entender.

“Hay personas que siempre están quejándose y criticando y naturalmente echan la culpa a otros y, de todos modos, no quieren cambiar nada, porque están convencidos de que, al final, no es posible cambiar nada y de que el mundo se acabará pronto. Y hay personas que, a pesar de que presienten algo oscuro y terrible, pueden imaginarse algo diferente, e intentan expresarlo con palabras y actuar”, escribe la periodista del Frankfurter Allgemeine, Julia Encke, el 18 de febrero. Intentar expresar en palabras el desafío de los refugiados y actuar, esa es la pretensión del Dr. Stefan Keznickl durante esos dos días en el centro de Schoenstatt de Memhoelz. Y lo consiguió. Aun cuando al final de ambos eventos, a uno le hubiera gustado seguir hablando durante horas y hubiera preferido actuar inmediatamente.

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Cuando las personas se encuentran con otras personas

El Dr. Stefan Keznickl es juez del Tribunal Contencioso-Administrativo Federal de Viena, y temporalmente juez de asilo para personas procedentes de Afganistán. Pertenece a la Federación de Hombres de Schoenstatt y, en su tiempo libre, fotógrafo apasionado y también un apasionado estudioso del Padre Kentenich.

Sus observaciones sobre el tema de “los refugiados” son como sus fotografías: precisas, fundamentadas, profesionales. Y así trae a colación sus observaciones como juez de asilo, como lector de noticias, como transeúnte, como vecino de personas que han acogido a refugiados. Analiza el trasfondo jurídico y mira al pasado. Plantea preguntas: ¿Quiénes son estas personas que vienen? ¿Cuál es su cultura? ¿Cómo es su socialización y qué formación tienen? ¿Cómo nos preparamos para los cambios que se avecinan?

El Dr. Stefan Keznickl expone la amplia gama de reacciones, desde el “Bienvenidos refugiados” hasta el “Extranjeros fuera”. No habla en primer lugar de los refugiados, sobre cuya solicitud de asilo él ha tenido que pronunciarse, sino de encuentros con hombres y mujeres austriacos, que de niños, hace más de 60 años, huían o fueron desplazados de los Sudetes, de Hungría, de la actual Polonia, y que le hablaban del odio y del rechazo que encontraron, del dolor, que todavía hoy sigue vivo, cuando dicen: Cuando desaparecía algo en el colegio, entonces decían: “Han sido los refugiados”. Y cuando se iba a una entrevista de trabajo, entonces se escuchaba: “No, no contratamos refugiados, solo tenemos experiencias negativas con ellos…”

No necesita preguntar si esto resulta conocido a alguien.

En tanto se trata de “los refugiados”, sale a relucir el rechazo y el miedo. Solo cuando las personas se encuentran con personas, entonces todo cambia. Cuando “los refugiados” tienen nombre y cara, historias y una vida concreta. Habla de los refugiados afganos, que dominan con fluidez varios idiomas, sencillamente porque no puede ser de otro modo en un país con diferentes etnias y porque están especialmente dotados para ello. Aun cuando muchos de ellos son analfabetos… Habla de un joven feliz de Afganistán que se ha integrado, como bombero voluntario y en fiestas, más rápidamente de lo que cualquier medida de integración hubiera podido imaginar. Habla también de personas traumatizadas, que han visto y vivido cosas que nadie en la sala quiere ni imaginar.

El cuenta que las personas huyen porque quieren salvar la vida o ascender económicamente, ascender del hambre, de la carencia de un techo, de la pérdida del trabajo y de los medios básicos de subsistencia. “Nada los detiene”, dice. Y traen consigo una energía, quieren emprender algo. Quien ha caminado a pie durante cientos de kilómetros, trae consigo vivencias, ése quiere y puede mover algo.

Pero, ¿y las peleas en los alojamientos colectivos? dice uno. Cierto. “Pero ¿qué tonterías no harían 100 hombres jóvenes alemanes, si no pudieran trabajar, no pudieran moverse y estuvieran encerrados juntos?”, pregunta un joven empresario. El gran tema es que los solicitantes de asilo no están autorizados a trabajar.

Un artículo en schoenstatt.org sobre la conferencia de Stefan Keznickl en Austria ha hecho surgir la idea en la Juventud Masculina de Chile de ver sobre el terreno si allí hay refugiados y organizar con ellos partidos de fútbol. A veces es así de sencillo…

Una señora de Austria va a correr con cinco afganos una vez a la semana, cuenta el Dr. Keznickl. Otros se juntan para cocinar.

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Tenemos que renovar el mundo

El Dr. Stefan Keznickl reunió textos del Padre Kentenich sobre el tema. Sobre las voces del tiempo, sobre la misión universal de Schoenstatt, sobre la deseuropeización de la Iglesia, sobre la renovación del mundo.

¿El Padre Kentenich y los refugiados de Siria y Afganistán? No, pero sí de alemanes que vivían como refugiados en los Estados Unidos. El era su asesor espiritual. Y con ellos celebraba la Misa en su idioma materno, redacta una revista titulada “Sonidos de la patria” y les aconseja “entregar a América lo mejor de su antigua patria”. “Y nosotros pretendemos exigir que los sirios o los eritreos solo hablen alemán en su casa”, ironiza alguien.

¿Dijo algo el Padre Kentenich sobre las migraciones de los pueblos? ¿Cómo actuaría hoy San Pablo?

No se trata de una voz del tiempo, dice Stefan Keznickl. A través de los refugiados, Dios no está hablando, está gritando.

Y está gritando a un Schoenstatt que quiere y tiene que abandonar su espacio de confort, un Schoenstatt “en salida”, un Schoenstatt que está llamado a renovar el mundo. “Si llegamos al cielo sin haber renovado el mundo, entonces el Padre Kentenich no nos conocerá”, dice provocativamente Keznickl.

En Memhoelz no se dieron recetas.

Pero sí aquello que un Padre Kentenich dijo hace 100 años tras el diagnóstico “grupito diminuto”:

Nosotros, los congregantes, todos juntos (un grupito diminuto en comparación con los apóstoles del ateísmo y de la impiedad) podemos hacer algo como instrumentos en manos de nuestra Madre del Cielo. Así será, siempre y cuando comprometamos todas nuestras fuerzas en el lugar donde estemos y procuremos, mediante un esfuerzo organizado, alcanzar metas comunes, que el bien genere continuamente el bien, a despecho de todas las dificultades que se presenten.”

Original: alemán. Traducción: Rodolfo Monedero, Memhoelz, Alemania

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