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Publicado el 2022-07-11 In Laudato Si, Temas - Opiniones

Una Alianza con la tierra

César Fernández-Quintanilla, España •

El regalo del carisma de Schoenstatt debe ser capaz de implementarse en todos los ámbitos de la sociedad: el mundo político, social, empresarial y ecológico. En esta línea debemos construir respuestas y ver cómo nuestra espiritualidad puede aportar en concreto en cada una de esas áreas. Se trata de aprender a vivir siempre de nuevo y cada vez más todas las dimensiones que tiene nuestra Alianza de Amor con María. —

Un testimonio experto

Estaba yo pensando en escribir algo sobre nuestra respuesta en el ámbito ecológico cuando vino a mis manos el último número (julio 2022) de la revista Vínculo. En este ejemplar encontré una entrevista a Juan Carlos Muñoz, Dr. en Ingeniería Ambiental por la Universidad de Berkeley, miembro del Comité Científico para el Cambio Climático de Chile y, actualmente, ministro de Transporte y Telecomunicaciones de este país. A su experta visión profesional se le une un espíritu schoenstattiano adquirido desde su juventud. Dado que yo no lo voy a poder decir mejor, reproduzco directamente sus propias palabras:

Entrevista a Juan Carlos Muñoz
«Enfrentamos una crisis climática sin precedentes que amenaza nuestra existencia y, de paso, la de muchas otras especies.

Me impresiona la liviandad con la que nos hemos tomado este tema. Si bien ya son pocos los que siguen considerando estas alarmas como exageradas, la humanidad parece seguir viviendo mayormente en modo automático, pese a que nuestros científicos auguran que nos conducirá a un precipicio. Es urgente reaccionar y tomar medidas que serán incómodas. Es justamente la búsqueda de la comodidad a cualquier costo lo que nos trajo hasta aquí. Creo mucho en que el mensaje cristiano se juega en los pequeños actos cotidianos, en el hacer lo pequeño, lo ordinario, extraordinariamente bien. Y que el “Nada sin ti, nada sin nosotros” es muy elocuente respecto que esa sociedad a la que uno aspira, exige que cada uno de nosotros ponga todo de su parte. Creo que es muy importante que el mundo reconozca con fuerza la crisis socioambiental que estamos viviendo. Parece ser el desafío más importante que la humanidad ha enfrentado.

Ante esta situación, la encíclica “Laudato Si” plantea un discurso extremadamente coherente a los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Nuestro rol como humanidad exige un cuidado especial por el medioambiente. Creo que hay aquí una concordancia que nos exige a todos tomar acciones exigiendo a nuestras autoridades enfrentar esta crisis con la decisión que se necesita y entendiendo que las respuestas muy probablemente nos resultarán incómodas. Que justamente la crisis es el resultado de una vida cómoda que nos ha llevado a exceder múltiples límites planetarios en forma sistemática e inconsciente. Creo que la pregunta que debemos hacernos a nivel individual y colectivo es cómo nuestras acciones cotidianas contribuyen decididamente a agravar la crisis o a resolverla. Cuestionémonos cómo pasamos de ser parte del problema a ser parte de esa solución que permita dejar a las generaciones futuras un planeta igual o mejor del que recibimos de nuestros antepasados.

Y es aquí donde la invitación es a cuestionar nuestro habitar. Cuestionar cuánto de mi estilo de vida exige del planeta más de lo que es capaz de regenerar, y cuánto de mi forma de vivir dignifica a las personas con que cohabito y contribuye a una sociedad más equitativa y sustentable. Y en esto cada uno podrá identificar diferentes formas que se ajusten a reducir nuestra huella.

En mi caso, esa reflexión me ha llevado a cambiar mis hábitos de alimentación, de movilidad, de manejo de residuos, de conservación de los recursos naturales de los que dispongo. Estoy seguro que cada uno puede hacer su esfuerzo. Es una nueva versión del “dar hasta que duela”, pero hoy nuestra contraparte no solo son los más pobres de la sociedad. También la madre tierra y todos sus maravillosos ecosistemas y seres vivos.»[1]

Creando vínculos

Cuidar la tierra no debería partir, simplemente, de un planteamiento intelectual ni de un temor a las consecuencias negativas de no hacerlo. Debería surgir del amor, del respeto, y admiración hacia la creación de Dios. Tendríamos que ser capaces de ver detrás de cada muestra de la naturaleza la presencia de Dios y vincularnos profundamente al planeta.

Los que tuvimos el privilegio de pasar una parte de nuestra infancia o juventud en estrecho contacto con la naturaleza creamos esos vínculos de manera natural. “Mamamos” directamente de la tierra. Otros, los han creado de muy diversas maneras: ascendiendo a la montaña y disfrutando de su soledad y sus incomparables bellezas, caminado por montes y sembrados persiguiendo una esquiva perdiz, en el silencio del Camino de Santiago… Lo importante es haber sentido esa presencia divina a tu alrededor y dentro tuyo. Y haber sido capaz de apreciar el valor incalculable de esas experiencias. En ese sentido, los padres tenemos la gran tarea de trasmitir a nuestros hijos ese amor al medioambiente a través de excursiones a parajes naturales, caminatas, acampadas…

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Cuidar la tierra

Todo esto no es una tendencia actual, una moda pasajera. Ya en la Torá, libro escrito casi 900 años antes de Cristo, se puede leer: “Observa mi creación, cuán bellos y agradables son (…) y todo lo hice por ti”. Pero ese mismo texto continúa: “Ten cuidado de no dañar mi mundo ya que si lo alteras no hay quien lo pueda componer”. El papa Francisco, en su Encíclica “Laudato si” nos lo recuerda: “Los textos bíblicos nos muestran que el mundo nos fue encomendado, nos llaman a establecer relaciones fraternas con todas las creaturas y a contemplar y preservar la belleza de la creación”. Está bien claro que tenemos el encargo divino de cuidar la tierra. Y, aparentemente, no estamos haciendo muy bien nuestros deberes. Como bien expone Juan Carlos Muñoz en el texto previo, estamos ante una seria crisis medioambiental. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de mares y océanos, nos están llevando a una situación muy delicada, no se sabe si irreversible. Es importante que tomemos conciencia de estos hechos y tratemos de corregir lo que estamos haciendo mal.

Es tiempo de actuar por el planeta

Este era el lema de la Cumbre del Clima que se debía haber celebrado en Santiago de Chile en 2019 y que finalmente tuvo lugar en Madrid. Y esta es nuestra tarea. Ciertamente, hay muchas organizaciones gubernamentales, nacionales e internacionales, que se ocupan de estos temas y que organizan reuniones y proyectos. Y una parte de nuestra tarea es contribuir con nuestra presión social a que esos buenos deseos se transformen en acciones concretas con objetivos ambiciosos. Pero tenemos otros trabajos personales que acometer: hacer mayor uso del transporte colectivo, ahorrar energía, consumir más productos vegetales y menos de origen animal, reducir el uso de los recursos naturales, especialmente el agua, reutilizándolos en los posible, educar tanto a las nuevas generaciones como a los ya más mayores que no recibieron esa educación en su día. Desde Schoenstatt tenemos una tarea adicional. Debemos plantearnos de qué forma se puede implementar nuestro carisma específico en este ámbito. No me siento capacitado para abordar esta cuestión pero no quiero terminar este texto sin ponerla sobre la mesa.


[1] Fuente: Revista Vínculo, julio de 2022. Con permiso de los editores

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