Ordenación Pedro Bras

Publicado el 2021-10-07 In Vida en alianza

Soy yo, ¡no temas! – Ordenación del P. Pedro Bras en Lisboa

PORTUGAL, P. Enrique Grez López •

Cuando las puertas de la sacristía de Los Jerónimos se abren al claustro para dar paso a la procesión, un grupo de turistas se asoman sorprendidos y comienzan a sacar fotos. Unos piensan que se trata de la filmación de una película, otros replican que no, que quizás se trate de una gran ceremonia. Desde dentro un acólito explica que está por comenzar una ordenación sacerdotal. Los rostros de los visitantes comunican estupor y fascinación. Siguen sacando fotos a la multitud de curas que se preparan para salir. —

Rito de ordenación. Pedro postrado mientras se cantan las letanías (© Schoenstatt Lisboa).

Rito de ordenación. Pedro postrado mientras se cantan las letanías (© Schoenstatt Lisboa).

Después que la procesión ha hecho ingreso a la Iglesia de Santa María de Belén, cada uno ocupa su lugar. En la nave central los invitados, en el transepto sur el coro, en el del norte la familia del futuro sacerdote, en el ábside, detrás del altar, los 30 concelebrantes y el Cardenal Patriarca de Lisboa, Don Manuel III. En el crucero, despojado de bancas y decorados, sólo hay un pequeño asiento frente al cual se detiene nuestro hermano Pedro. Está solo, como desvalido en ese inmenso espacio central. De pronto las nubes dejan pasar una bocanada de luz por el rosetón de la nave central y el futuro sacerdote queda bañado en el fulgor vespertino. Conmovidos por la escena nos unimos al canto y nos introducimos en la liturgia.

La asamblea se puebla de amigos celestes

Al iniciarse el rito de ordenación irrumpe de nuevo la claridad sobre Pedro que yace postrado -acostado- en aquella llanura de piedra. Las letanías son una invitación a los santos más ilustres de la historia. Algunos de ellos son guiños a la biografía de nuestro Pedro: su patrono, los santos de Lisboa, los que lo acompañaron en su camino de formación por Paraguay, Chile y España. La asamblea se puebla de esos amigos celestes y el ambiente se va cargando de gracias. Mientras rezo por mi hermano recuerdo momentos compartidos durante su formación. Me detengo en el recuerdo de su curso y de su hermano Christian Abud, que se les adelantó en el camino al cielo. Imagino que desde allá mismo nuestro querido P. Tiago Frescata, consagrado aquí hace 17 años, nos guiña un ojo.

Silencio. El candidato se pone de pie y se acerca al obispo quien le impone las manos. Después somos llamados todos los sacerdotes para hacer lo mismo. El gesto es en extremo sencillo, pero expresa lo indecible: la comunicación del Espíritu que mueve nuestro ministerio. En estos tiempos de la peste, cuando por prudencia hemos dejado de tocarnos, el signo de poner nuestras manos sobre su cabeza es todavía más impresionante. Empequeñecidos por el significado del sacramento nos acercamos al altar. Ahora que todo brilla, nuestra pequeñez es aún más patente. Uno tras otro, como en una pobre letanía, nos vamos inclinando ante Pedro, el elegido. Y apenas lo tocamos. Cada uno hace una oración sencilla. En este momento de Alianza le pedimos a Jesús que nunca deje de repetirle a Pedro las palabras que él eligió como lema de ordenación: “Soy yo, no temas”. Ya está. Pocos minutos después el silencio se rompe y el obispo lo consagra: “Te pedimos, Padre todopoderoso que confieras a este siervo tuyo la dignidad del presbiterado. Renueva en su corazón el Espíritu Santo; reciba de ti, el segundo grado del ministerio sacerdotal, y sea, con su conducta, ejemplo de vida”.

Consuelo y esperanza

Ordenación Pedro BrasTodo está cumplido, nuestro hermano es ahora el padre Pedro Pinheiro Bras. La solemnidad que a todos embarga contiene el deseo de aplaudir y gritar. Lágrimas sí que caen. Son tantos recuerdos y emociones, la gratitud y la gloria, los anhelos de renovarse y el escozor de la misión. Pero está también en la memoria la otra peste, la de los abusos que ha entristecido a la Iglesia y golpeado también nuestra comunidad. Entonces contemplo este día como un bálsamo de consuelo y esperanza.

Luego se desata una cascada de señales benefactoras: la imposición de la estola que su madre ha bordado, la unción de las manos con el crisma, la recepción de un cáliz hecho de madera y metal, como su corazón. Y después todo serán cantos dulces entonados con respeto y maravilla. También la primera participación del P. Pedro como celebrante en una misa. No le tirita la mano al momento de la epíclesis, cuenta con el auxilio de Dios, con nuestra compañía y con su propio temple.

A lo largo de su camino ha aprendido a hacerse amigo de María y Jesús

A lo largo de los días siguientes se extenderá un santo jolgorio compuesto de comidas, bendiciones, convites y primeras misas. Compartimos la mesa como comunidad, también con la adorable familia del P. Pedro y con todos los que quieran sumarse. Entretanto acompañamos al neosacerdote a celebrar en el santuario de Schoenstatt que vio nacer su vocación, a la Parroquia de Santos donde realiza su práctica y al santuario de Fátima. En esta tercera “Misa Nova” él nos da una pista de lo que lo ha llevado hasta el altar: a lo largo de su camino ha aprendido a hacerse amigo de María y Jesús. Nada más y nada menos. Más tarde, mientras comulgamos a la sombra de la Capillita de las Apariciones, ponemos en práctica las primeras enseñanzas de nuestro hermano y damos gracias al Dios de la vida por estos santos días.


Foto de portada: El P. Pedro junto a su hermano de curso Jesús Ruiz antes de la “Misa Nova” en la parroquia de Santos, Lisboa (© P. Juan Barbudo).

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