P. Juan Manuel

Publicado el 2021-01-29 In schoenstattianos, Vida en alianza

Un gran instrumento para Schoenstatt en México: el P. Juan Manuel Pérez Romero

MEXICO, equipo editorial •

Con gran dolor, el 26 de enero de 2021 la Coordinación Nacional de Schoenstatt en México compartió la noticia de la partida del P. Juan Manuel Pérez Romero a la Casa del Padre, por complicaciones de COVID-19. —

En la carta, también publicada en la página oficial de Schoenstatt en México, se lee: “Nos unimos en el profundo agradecimiento por su entrega y generosidad sacerdotal en sus 46 años de fecundo ministerio, y además por haber sido un gran instrumento de Dios en la llegada y crecimiento de nuestra espiritualidad a México, con un gran amor y devoción a la Madre y Reina tres Veces Admirable de Schoenstatt.

En su tiempo de estudios en Roma, Italia, tuvo la oportunidad de conocer y tomar contacto con el Movimiento de Schoenstatt, y se interesó rápidamente en la espiritualidad. De regreso en Querétaro, México, comenzó a formar los primeros grupos de vida y posteriormente junto a las Hermanas de María, hicieron crecer el Movimiento en y desde Querétaro. Estuvo presente e involucrado en la construcción y bendición del primer santuario de Schoenstatt – Corazón fiel de la Iglesia – en 1980, y siguió incansablemente compartiendo la imagen y devoción a la Mater en cada lugar donde Dios lo condujo.

Ingresó en el Instituto Secular de los Sacerdotes Diocesanos de Schoenstatt, del cuál era formador hasta la actualidad.

Seguro que María lo recibe en el Cielo con un abrazo maternal y lo conduce al encuentro definitivo con el Señor.

Nos mantenemos unidos en el agradecimiento por el P. Juan Manuel y oramos por su comunidad y familia.”

“El deceso del presbítero Juan Manuel Pérez Romero, acaecido ayer a las 14:00 horas, conmovió a los queretanos hasta lo más profundo de sus sentimientos”, se lee en el diario “Noticias”.

El testimonio de un hermano de curso

P. Juan ManuelPedimos a su hermano de curso, el P. Raúl, de Chile, un testimonio sobre el P. Juan Manuel:

“Describí a P. Juan Manuel como «heroico «, por dos rasgos o episodios de los que tuve conocimiento directo y admirativo.

Para valorarlos en su justa dimensión, debe tenerse en cuenta que, según la praxis tradicional de la Iglesia en México, los seminaristas o sacerdotes recién ordenados que eran enviados a Roma a cursar estudios y obtener títulos y grados académicos, estaban destinados a llegar a ser Obispos. En confirmación de ello, el P. Juan Manuel fue nombrado rector del seminario sacerdotal, cargo que por lo general culmina con una elección al episcopado.

Pues bien, llegó un momento en su diócesis de Querétaro en que quedó vacante un nombramiento de párroco y rector de un santuario que nadie quería asumir. Se trataba de un lugar muy alejado de los grandes centros urbanos, de muy difícil acceso y privado de los modernos medios de comunicación, como telefonía celular e Internet. No sé si el padre Juan Manuel conocía la disposición de nuestra Regula Patris (Constituciones), según la cual un sacerdote diocesano de Schoenstatt ha de estar dispuesto a ofrecerse para asumir una destinación pastoral que otros no desean aceptar. El hecho es que este evidente y brillante candidato a ser elegido obispo no dudó un instante y dijo sí, de corazón, a lo que sabía sería una suerte de exilio por tiempo indefinido, respecto de sus vínculos familiares, sacerdotales y culturales. Su apremiante caridad de servicio, humilde y silencioso, prevalecía sobre cualquier secreto o manifiesto deseo de escalar en la jerarquía y honores eclesiásticos. Dios lo premió, facilitándole la conversión de este desierto en un vergel, según promesa bíblica.”

Condenado al silencio

Gozando ya de fama y estima por su entrega humilde a toda persona y por su admirable capacidad de idear y plasmar instituciones de caridad y centros devocionales, particularmente marianos, todo presagiaba una próxima elección como obispo. Pero Dios tenía otros planes. Le sobrevino una afección misteriosa, que lo privó casi totalmente de hablar. Era un fogoso ministro de la Palabra y quedó condenado de por vida al silencio. Sólo lograba articular murmullos difícilmente inteligibles, lo que le obligaba a depender de un intérprete para predicar y comunicarse en general. Debe haber sido una restricción invalidante y humillante. Nunca le oímos o leímos siquiera una queja. Pocas veces he asistido a un silencio tan elocuente. Era obediencia a los inescrutables designios de Dios, que rara vez coinciden con nuestros planes o deseos.

Amar, servir, orar, sufrir

Considero un privilegio haberle conocido y tratado, en Roma, en Alemania, en Chile y en México, siempre igual, siempre él mismo, sencillo, de una pieza, acogedor, alegre y chispeante, ocurrente y afable, generador de vínculos y devotísimo de la Virgen Madre de Dios. Para mí, un varón santo, 100% sacerdotal, y heroico, por las dos razones arriba descritas.

Ahora descansa de sus fatigas y severas limitaciones. Pero puede hablar y de hecho habla, desde la eternidad, con su virtuoso testimonio de una vida entregada a sus cuatro pilares: amar, servir, orar, sufrir.

Se nos adelantó a colonizar el Cielo y prepararnos lugar, como Ver Sacrum Patris.

Gracias, querido y admirado padre Juan Manuel. Imposible olvidarte. Sigue hablando en favor de todos quienes te conocieron y desean reencontrarse contigo. Allí donde ya no hay muerte ni gritos ni lágrimas ni dolor. Sólo esa Luz de la que fuiste testigo fiel y dador incansable.”

 

Colaboración: Gabriela de la Garza, Monterrey, México; P. Esteban Casquero, Daireaux, Argentina

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