Publicado el 2020-05-06 In Vida en alianza

Así fue como la Mater escribió su nombre en mi corazón

PARAGUAY, Patricia Domínguez •

Por un laberinto de caminos llegué al santuario de Schoenstatt. Me encantaría decir que recuerdo cuándo pisé por primera vez ese lugar de gracias, pero no es así. Me encantaría decir que sentí un ardor en el corazón cuando crucé mirada por primera vez con la MTA, pero no es así.  Me encantaría decir que, desde ese encuentro de corazones, mi vida cambió para siempre. Pero no fue así. Al menos eso era lo que yo creía.—

Tengo que contar– con mucha vergüenza- que salí decepcionada de mi primera visita al santuario. Solía escuchar a la gente decir que ahí era su segunda casa, que era un pedacito de cielo en medio de la ciudad. ¿Esa pequeña capilla con butacas incómodas? No tenía sentido, seguramente decían eso porque suena lindo.

Sin embargo, acá estoy años después, un miércoles de madrugada, ansiando más que nunca volver a estar en esa pequeña capillita. Así que hoy, más que contar cuándo o por qué, quiero contar cómo la Providencia me llevó una y otra vez al santuario, hasta que la Mater se terminó adueñando de mi vida y de mi corazón.

Los tres pilares de mi fe

Podría basar mi fe y crecimiento espiritual en tres pilares: el amor a la misión, los instrumentos humanos y la alianza de amor. Conectados de una u otra forma, de manera que a los ojos humanos quedan desordenados, pero a los ojos de Dios cada pieza fue colocada en su lugar y momento precisos.

En el 2015 viví mis primeras misiones. Podría hablar horas de cómo viví esa Semana Santa, pero quiero llegar a lo que me llamó la atención, y fue el corazón de una misionera, que transmitía tanta paz y serenidad. Hablaba de Dios como si nada fuera más importante y con una sonrisa maternal nos enviaba a misionar cada mañana. Y así, en un pueblo del interior del Paraguay, sentí que yo también tenía que ser eso para los demás: una pequeña María, en otras palabras, Dios quiso que desde ahí aspirara a la santidad de la vida diaria.

¿Yo? ¿Una pequeña María? Estuve y sigo estando tan lejos de alcanzar ese anhelo. Sin embargo, Dios se encargó de romper esta vasija de barro y recomponerla, no ocultando sus grietas, sino usándolas como fuente de testimonio de que Él no pide mucho más que un corazón dispuesto y que lo ame. Solamente eso.

Del anhelo que nació en esa misión paso al segundo pilar, mis instrumentos humanos. ¡Cuántos maestros puso papá Dios en mi vida! Incontables, desde una sonrisa en un mal día a un inesperado “hoy recé por vos”. Me levantaron del camino como lo hiciera el buen samaritano. Golpeada y lastimada, curaron mis heridas con amor, con una merienda, con un tereré, con una cantata en el santuario. Así de poco y mucho fue lo que ellos hicieron por mí, y lo que vos y yo podemos hacer por alguien más. Eso me lleva a pensar que cada uno de nosotros cumple un rol en la vida de alguien, ¿y cómo no querer ser luz y esperanza para esa persona? Con tan poco podemos tocar un corazón, si nos sabemos pequeños instrumentos en manos de Cristo.

La “locura” de Cristo

Él no tiene manos, pies, ni voz, ¡pero pide los nuestros! ¿Cómo mis manos, si son tan pequeñas y están tan manchadas? Después de un corto –y humilde- caminar a su lado puedo decir que esas son las manos que más le gustan a Cristo. ¿Y mis pies tan cansados y que avanzan tan lento? Con esos mismos piecitos Cristo quiere salir a ganarse el mundo, basta ver al Papa Francisco en la solemne bendición urbi et orbi. ¿Y mi voz? Si yo no sé mucho de fe, ni de la Biblia, no sabría qué decir.

La verdad es que Cristo –con respeto- está loco. Si analizamos bajo lógicas humanas las cosas que Él hace y que nos pide, jamás daría fruto. Nos reiríamos y le diríamos: Jesús, esto es imposible, hazlo de otra forma. Y Él, con su sonrisa cálida, nos respondería: Para mi Padre no hay imposibles.

Y así de imposible parecía para mí la alianza de amor. Yo tan mala y ella tan buena. Yo tan débil y ella tan fiel. Yo tan yo, y ella, bueno, tan ella.

Ese intercambio de corazones tuvo lugar el año más difícil de mi vida. Problemas de salud, familiares, financieros y legales, mi mundo dado vuelta en menos de un mes. Pero ahí estuvo firme mi MTA, llegó sin ser esperada y se fue solamente una vez que dejó todo encaminado para mi fiat eterno.

Y así, un día de octubre, sin luz, con el típico calor paraguayo y muchos mosquitos, grabé mi nombre en el corazón de mi Reina. ¡Lo que yo no podía ver en ese entonces es que ella ya había grabado su nombre en mi corazón! ¡Muchísimo tiempo antes!

El amor de la Mater fue mi salvación

Su amor me salvó. Me enseñó a rezar, a cargar en silencio mis cruces y pronunciar un “hágase” en cada situación, pero ahora con un haz bajo la manga: ¡la Madre de Cristo es mi aliada! No hay nada ni nadie que me pueda parar.

Esta alianza de amor se basa en dos partes: no es nada sin ella, pero tampoco nada sin mí, ¡sin vos!, porque la alianza de amor va mucho más allá que un rito en el santuario.

Es despertarte cada mañana dispuesto a dar lo mejor de vos en el trabajo y en el estudio. Es darlo todo por amor y hacerlo con alegría. Es preguntarte ante cada situación: ¿qué haría María en mi lugar? ¿Cómo respondería ella a este insulto, a esta situación? Es también caerse, tocar fondo y dejar que ella nos salve una vez más.

Ser aliada y anhelar ser una pequeña María es simplemente, un estilo de vida.

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