Publicado el 21. mayo 2015 In Vida en alianza

El P. Esteban fue tan niño porque Dios lo quería tan Padre

ARGENTINA, Buenos Aires, Mercedes Bonorino •

“Su muerte dejó una semilla que, los que estuvimos a su lado, tenemos que hacer germinar”, expresó Ricardo Lanusse. El sábado 9 de mayo – en el 78° aniversario de su nacimiento – un centenar de personas asistieron al “Encuentro con el Padre Esteban Uriburu” junto al Santuario de Sión, en Florencio Varela. Fue más que un homenaje. La propuesta consistió en ahondar en su ideal de vida para encenderse en su fuego.

Reunirse donde descansan sus restos conmueve, porque allí – donde años atrás sólo había un inmenso basural rodeado de pobreza – el P. Esteban soñó con la ermita, el centro deportivo y social para la gente del barrio, el Santuario, la casa para albergar a los niños mientras los padres trabajan, los talleres para enseñar oficios, el cementerio. Asombrosas realidades de hoy, por las que luchó y que logró concretar. «Alberto, no me entienden”, le decía a su amigo y confidente el P. Alberto Eronti. Donde otros veían un descampado, él ya veía los 5000 bellísimos árboles que más tarde consiguió e invitó a plantar en otra jornada memorable.

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Una vida santa que pasó por nuestras vidas

En un soleado día otoñal, Techi Pretel presentó la jornada, agradeció a los organizadores y destacó los afiches con frases y fotos del P. Esteban que decoraban las paredes del salón José Engling en la Tierra de Sión. Luego presentó al matrimonio Bombien, quien compartió sus recuerdos junto al P. Uriburu.

Tuve el honor y el privilegio de ser muy amigo de un grande de Schoenstatt”, dijo Ricardo Bombien. Compartió los inicios de Esteban en el Movimiento de Schoenstatt en la década del ’50: el primer grupo de juventud al que perteneció hasta recibirse de abogado y entrar al seminario. Y fue quien lo acompañó para comunicarle a su papá su decisión de ser sacerdote. “Compartí momentos inolvidables, de gran hondura interior. Soy testigo del empuje, el coraje y la alegre entrega incondicional de Esteban desde su juventud y a lo largo de toda su vida sacerdotal”, expresó.

Bibiana Bombien, que lo conoció estando de novia con Ricardo, recordó: «Crecimos juntos, él como sacerdote y nosotros como joven matrimonio. Era un enamorado de la Mater. Su mirada es testimonio del amor de Dios que había en su corazón, además de un entusiasmo que no nos dejaba quietos. Y todos teníamos que embarcarnos en sus proyectos que a veces nos parecían una locura. Era un contemplativo. Vivía rezando. Su Rosario, la unción de su Misa, esas Eucaristías que uno no puede olvidar… ¡Nos hizo vivir tanto el misterio eucarístico!».

Ante la mirada emocionada de todos, Bibiana continuó: «Cautivaba con su manera de hablar. Nos dábamos cuenta de que vivía lo que proponía. No decía nada que no estuviera dispuesto a realizar o que no fuera capaz de haber hecho. Nos interpelaba: ¿Cuánto tiempo pasan ustedes de rodillas frente al Santísimo como matrimonio? Y nos dimos cuenta que había que crecer en estar adorando para crecer en la fe. Son cosas cotidianas pero de una gran hondura: se trata de una vida santa que pasó por nuestras vidas».

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Una personalidad fascinante al servicio de una gran misión

El Padre Alberto Eronti inició su reflexión con una oración de agradecimiento al Padre Esteban “por la herencia que nos dejaste, en particular, tu profundo e intenso amor a Cristo, a María, a la Iglesia, a Schoenstatt y al mundo”. Luego recordó una vivencia del tiempo del Seminario en Münster, cuando Esteban decía: «¿Te das cuenta, Alberto? Los santos deciden la vida del mundo, el futuro de la Iglesia. Tenemos que ser santos y pedirle a la Mater la gracia de la santidad».

El P. Alberto se refirió a la frase del P. Kentenich “No se puede ser sacerdote hoy si no se experimenta una intensa pasión por Dios, por el hombre y por el mundo». Y afirmó: «Esteban era un apasionado de las tres cosas. Una personalidad fascinante al servicio de una gran misión. Aristócrata, caballero, soñador, noble, idealista… y sobre todo humilde, lo que lo hace verdaderamente grande. Esteban hizo de su sacerdocio la gran aventura de su vida. Una aventura santa».

Recordando su fina religiosidad, recibida de sus abuelas y, muy particularmente, de su madre, el P. Alberto expresó: «Había en Esteban una gran hondura espiritual que él mismo no podía medir del todo. Schoenstatt llegó a su vida en el momento justo, y le dio un nítido camino espiritual -la Alianza de Amor con María- y un lugar de pertenencia: el Santuario. Allí experimentó en María a la Madre y Educadora. Encontró en el P. José Kentenich un modelo al que mirar y admirar. Su intuición se transformó en convicción: este es mi lugar en el mundo».

Ordenado sacerdote en 1971, el P. Esteban Uriburu inició su tarea sacerdotal en Chile en una parroquia humilde. Esto le permitió conocer la realidad de la pobreza, las injusticias sociales y los problemas familiares. Al regresar a Buenos Aires, comenzó su trabajo en el Movimiento. Rápidamente advirtió que las estructuras son buenas si son dinámicas y sirven a la vida, pero si se endurecen, apagan y matan la vida.

Su Ideal Personal fue “Luz mariana de la misericordia y la victoriosidad del Padre”. El P. Eronti destacó que «La luz de María iluminó su vida y desarrolló en Esteban el anhelo de ser, como Cristo, un manantial de misericordia. En este camino lo ayudó enormemente la persona y el carisma del Padre Kentenich. También sus ansias de amplitud, de universalismo, encontraron comprensión en el corazón sacerdotal y paternal de José Kentenich que lo bautizó como ‘Nuevo Cristóbal Colón’ y lo envió a los confines, a las periferias».

Y continuó diciendo: «En él convivían, la audacia de un temperamento apasionado con el desvalimiento de un niño. Las dos partes fueron importantes para que Dios pudiera utilizarlo como instrumento de amor en sus manos. Las crisis depresivas lo hicieron profundamente niño ante Dios. Captó que la fecundidad de su entusiasmo dependía de aceptar su desvalimiento. Y eso le permitió a Dios hacer su obra. Esteban fue tan niño porque Dios lo quería tan Padre. Su carácter apasionado le llevará muchas veces a visualizar posibilidades, proyectos, sueños que no todos sabrán ver. Cuando siente que otros no ven lo que para él es claro, experimentará la soledad que conlleva la incomprensión».

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Confianza y entrega heroica a la Mater

Hacia el mediodía, todos peregrinaron hacia el Cementerio «Hacia el Padre» y depositaron flores en la tumba del P. Esteban. Allí, Ricardo Lanusse, su gran amigo desde la juventud, testimonió: ”Mi relación con él fue muy fuerte. Estudiábamos juntos. Jugábamos los dos al rugby. En un momento de mi vida fui secuestrado. Estoy acá porque él ofreció su vida por mí».

Ricardo recordó que «Esteban tenía una profunda conciencia de la misión que Dios le había encomendado: abrir todos los caminos posibles a Schoenstatt. Dos actitudes que siempre lo acompañaron, le permitieron encontrar y abrir esos caminos: su confianza y entrega heroica a la Mater. Fue un hombre de Dios al que admirábamos y al que seguimos, impulsados por su carisma y su entrega. Él nos enseñó que alguien tenía que abrazar las lanzas al precio de su vida, como Cristo. Y él lo hizo. Ahora es nuestro turno».

Un campeón de la Fe Práctica en la Divina Providencia

En la tarde, el P. Eronti brindó una segunda reflexión sobre un tema central en la espiritualidad de Schoenstatt y que el P. Esteban vivió profundamente: la Fe Práctica en la Divina Providencia. Expresó: «Descubrir el actuar de Dios y decidirse a colaborar con él fascinaba al Padre Esteban. Es la realidad que define su vida. Vivió el hoy, pero no dejaba de otear el horizonte, descubriendo la próxima jugada ‘con la mano en el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios’ (PK)».

Recordó que «Esteban tenía su modo de ‘chequear’ si lo que veía estaba en el plan de Dios: presentar sus proyectos a otros y escuchar su parecer. Esto le llevaba a buscar aliados para sus proyectos, en el cielo y en la tierra, y a desarrollar un particular modo de oración. Oraba un buen tiempo de rodillas, se sentaba y tomaba su diario. Ahí escribía lo que iba conversando con Dios. Para él, orar era escribir sobre el Dios de la vida, de su vida, la de Schoenstatt, la Iglesia, el país, el mundo. Esto lo hacía ‘naturalmente sobrenatural’. Su Fe Práctica en la Divina Providencia le hacía ver todo desde Dios y a Dios en todo. Dios era para él un Dios en acción. Un Dios que actúa amando y ama actuando». Y hablándole a su hermano de curso, el P. Alberto concluyó: “Esteban, creo que has caminado un camino de santidad. Has sido un grande”.

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Invadir todo con el fuego del Señor

Fue misión del Padre Uriburu -junto con estrechos amigos y colaboradores- la tarea de descubrir la grandeza e importancia de Jõao Luiz Pozzobon y difundir su obra internacionalmente. Fue el San Pablo de la Campaña y la amó profundamente. Lleno de ardor misionero, el P. Esteban decía proféticamente en 1984: “Estoy convencido que el fuego que se encendió en Santa María y que mantuvo encendido Joao Pozzobon, va a armar un gran incendio en el mundo. Yo creo que la Virgen está preparando una gran invasión. Hay que invadir los corazones, las familias, los medios, las estructuras. Invadir todo con el fuego del Señor. Día a día, en el rezo del Rosario, queremos encendernos, reencendernos en esa llama de amor que es el corazón de Cristo, el corazón de María. Que el Rosario nos ayude a mantener siempre encendido ese fuego».

En este espíritu y sobre el final de la Eucaristía celebrada en el Santuario, se encendieron pequeñas velas -también las de muchos que desde lejos quisieron unirse- y todos renovaron la Alianza de Amor. Pidieron a la Virgen que la antorcha del Padre Esteban Uriburu siga esparciendo el fuego de Cristo que vivió en él y que muchos puedan seguir las huellas de este hijo fiel del Padre José Kentenich.

Video

Fotos

21 de mayo de 2015

Fotos: Osvaldo Martín. Video: Filmación: Osvaldo Martín; Producción: Claudia Echenique

 

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