Publicado el 28. diciembre 2019 In Voces del tiempo

La luz de una esperanza que no se apaga ni se extingue

P. Juan Pablo Rovegno, director del Movimiento de Schoenstatt en Chile •

Esta noche bendita una luz brilló en las tinieblas, una luz se encendió en nuestros corazones: la luz de una esperanza que no se apaga ni se extingue. Una luz que viene acompañando el claroscuro de la historia y de la vida desde hace más de dos mil años. —

Una luz radiante y pura en el rostro de un niño, de un pequeño niño, indefenso y frágil. Indefenso y frágil como todo niño al nacer. El que sea Rey y Dios, Todopoderoso y Salvador no lo revistió de magnificencia ni de estridencia, ni menos de prepotencia ni orgullo. Su poder radica en esa pequeñez, en esa fragilidad, en esa necesidad de amor para aprender a amar hasta dar la vida por quienes se ama, hasta dar la vida por todos sin excepción.

Lo único grande en ese pequeño Niño es su capacidad de amar, la que se irá desplegando a lo largo de toda su vida. Una capacidad de amar que conocerá también de desventuras y desilusiones, de dolores y lágrimas, pero que no dejará de desplegarse, de extenderse infinitamente.

Esta noche hemos seguido una estrella para encontrarnos con este indefenso Niño de amores. La estrella nos habla de mirar hacia lo alto, de añoranza, hasta de cierta nostalgia: el pasado se refleja en cada una de ellas, sus constelaciones son objeto de estudio y predicciones, de una estrella nos llegó el Principito, estrellas regalamos a los que amamos, estrellas simbolizan a los que han partido, la estrella simboliza a María en nuestra bandera, una estrella es el símbolo de nuestro santuario en Nuevo Belén.

Necesitamos de una estrella

Para algunos las estrellas son signo de fama y estar en la cúspide. Sin embargo, la de esta noche no brilla por sí misma: el brillo le viene de ese cuerpecito tibio, de esa carita adormilada, de esos piececitos ínfimos. Su brillo y su sentido están en el Niño. ¡Qué contradictorio! quiso nacer sin ser visto ni recibido, pero la creación entera que gime esperando quien la libere de sus contradicciones y sombras, de sus temores e incertidumbres, no ha sido capaz de guardar el secreto: “porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado”. Las promesas se cumplen y la estrella lo sabe y lo predica, de oriente a occidente.

Una estrella y hoy necesitamos una estrella, y no me refiero sólo a un líder que tanto escasean, me refiero a ideales que nos hagan mirar hacia lo alto, a superar las dificultades y las superficialidades, las pulsiones y reacciones, a dejarnos interpelar por grandes sueños. Hoy nuestra patria vive un anhelo: una patria más justa y digna, respetuosa y solidaria, una patria familia: de todos y para todos.

Necesitamos creer que lo que nos mueve no es sólo una pulsión, una reacción, una consecuencia de las redes y la frustración. No nos pueden mover sólo el impulso y la causa-efecto. La estrella nos exige salir de nosotros mismos y mirar más allá, salir de nuestra estrechez y de nuestros egoísmos, revanchismos e indiferencias y descubrir un valor por el cual luchar: una Patria Familia.

Una Patria Familia

Una Patria Familia donde reconociendo con humildad y valentía nuestros errores, heridas y dolores personales y sociales, nos podamos encontrar en el desafío de un lugar digno para todos y cada uno. Un lugar donde podamos repasar nuestra historia sanándola e integrándola, porque borrar o quemar la historia pasada, presente y futura, siempre tiene el riesgo de la ceguera unilateral que deja a muchos fuera.

Una patria donde el amor sea lo que nos mueva y conmueva, porque en el trasfondo de esta crisis esta el desafío del amor, de nuestra forma de amar y ser amados; en concreto: de tratarnos, de relacionarnos, de ser comunidad.

Colocar el amor en el centro del desafío que tenemos como nación

Al parecer no hemos dado el ancho y tenemos un profundo y transversal desafío: colocar el amor en el centro del desafío que tenemos como nación, reconociendo humildemente que necesitamos aprender a amar, porque nuestra forma de amar y ser amados como nación, como Iglesia, como pueblo, está en deuda.

Aprender a amar para crecer en un amor más transversal, más generoso, más gratuito. Un amor capaz de vencer prejuicios y polarizaciones, revanchismos e indiferencia. Un amor que nos haga salir de las trincheras de nuestras defensas y ofensas. Un amor que sea una contracorriente frente a la violencia, la imposición por la fuerza, la delincuencia, el abuso y la indolencia.

¿Cómo construir esa Patria Familia, donde reine el amor por sobre el mezquino interés personal o grupal, cuando aparentemente hay tanto que nos divide y distancia?

Miremos el pesebre: en la Sagrada Familia encontramos rasgos que nos enseñan a hilar vínculos, a trenzar relaciones, a reparar caminos, a sanar corazones, a renovar estructuras y modos de relación…

San José

San José, el hombre noble. Su nobleza de alma le hace ser un hombre justo, que no mira las apariencias sino el corazón. Qué bien no haría caminar por la vida sin prejuicios ni condiciones o, teniéndolos, reflexionar y hacer todo lo posible para purificarlos. Si bien todos somos diferentes, esas diferencias no pueden significar exclusión, marginalidad, distancia.

Hoy necesitamos algo de esa nobleza en el trato, en la forma en que nos referimos los unos a otros. ¡Cuánto “bullying”, cuánto ninguneo, cuánta descalificación gratuita, no sólo anónima sino directa y frontal! Nobleza, nobleza para mirar, para juzgar, para actuar o no actuar, decir o no decir algo, nobleza para mirar la realidad. No mirar como moscas los desechos o como avispas para herir al otro, más bien aprender a mirar como abejas (hoy en peligro de extinción), que descubren el néctar, lo valioso de cada uno, y lo van entrelazando para regalarnos dulzura.

San José podría haber obrado desde la desconfianza, la venganza y la frustración, por una relación que no fue como él pensó ni quería. Pero miró más allá de las apariencias, se dejó interpelar por Dios y por la nobleza del ser humano que tenía al frente.

Nobleza para dialogar, para buscar juntos soluciones, para renunciar a ser el único portador de la verdad. Nobleza para acoger, para incluir, para integrar, para entender, para trabajar juntos y descubrir lo valioso que hay en cada corazón humano.

La Virgen María

La Virgen María nos habla de dignidad. ¡Qué mujer más digna y valiente! Digna de ser escogida por Dios para ser la Madre del salvador, digna y fuerte para dar su sí a la incertidumbre del camino. Digna y fuerte para transformarse en la colaboradora permanente de Jesús. No fue una mujer posesiva ni menos sometida, desde su libertad y originalidad fue colaboradora activa para la Salvación.

A veces olvidamos el lugar que tenía la mujer en los tiempos de María, ella fue una revolucionaria, no sólo por el lugar que ocupó sino por la forma en que se desenvolvió. Nos muestra una mujer adelantada, pero no desde el revanchismo ni el poder, sino desde la plena conciencia de su ser y misión. Eso sedujo a Dios, modeló al Hijo de Dios, impactó a los seguidores de Jesús, enseñó a los discípulos y animó a los apóstoles. Eso la hace hoy modelo de creyente, discípula, iglesia y humanidad.

Hoy necesitamos dignidad, reconocer la dignidad de todos lo que se han sentido excluidos del sistema y del modelo, pero también la dignidad de ser todos hijos e hijas de un mismo suelo. Ninguno de nosotros puede arrogarse el papel del triunfador, del ganador, decir la última palabra o indicar con el dedo acusador. La dignidad parte por reconocer que todos somos dignos de ser escuchados, de ser respetados, de ser valorados, de ser cuidados. La dignidad no es patrimonio de algunos escogidos, es un desafió de todos y para todos.

El Niño

Y el Niño. El Niño nos habla de ternura. No es un Dios poderoso ni triunfalista, ni menos prepotente o excluyente. Desde la ternura Dios ha venido a salvarnos, a reconciliarnos, a unirnos, a sanar nuestras heridas y a reparar nuestras caídas. La ternura de Dios nos muestra el camino de la auténtica fraternidad. El inaugura una nueva forma de trato: nada de poder abusivo ni intereses personales o colusiones, nada de exclusiones ni violencia destructiva y paralizante. El Niño nos habla de auténtica y verdadera reconciliación.

Es un Dios que en su ternura nos enseña a vincularnos: nos interpela a crecer en la confianza mutua, en la corresponsabilidad y en la necesaria colaboración. Nos muestra el valor del complemento, porque todo absolutismo es intrínsicamente perverso.

Despertamos. La pregunta es ¿cómo seguimos?

En estos últimos meses nuestra patria despertó. Un despertar sorpresivo, aunque predecible según muchos indicadores, pero no en su magnitud, transversalidad y virulencia. Un despertar que ha despertado la esperanza de una patria más justa y digna, pero también un despertar que nos ha mostrado quiebres, fisuras, rupturas sociales que desconocíamos en su profundidad, así como niveles de delincuencia y organización destructiva, que perturban y atemorizan.

Despertamos. La pregunta es ¿cómo seguimos? del desafío social hemos pasado a un desafío político. Y, aunque todos despertamos, rápidamente surgió el juicio, el miedo, la polarización, el oportunismo. Hay signos de encuentro y acuerdos, pero nos nubla el poder de ganar, de exigir, de condicionar, que es muy distinto a querer aportar, complementar, a ceder para dar.

La humanidad también despertó hace 2019 años, despertó con la añoranza de un mundo mejor, de una humanidad en paz, de una fraternidad universal y un equilibrio creacional. Pero, el Niño no se impuso por la fuerza y excluyendo, lo hizo con la fuerza de su amor.

Y hoy el desafío tiene que ver con el amor: ¿cómo nos amamos los unos a los otros con un amor más respetuoso, más inclusivo, más gratuito, más generoso, más transversal?

Habrá que aprender de la nobleza de José, de la dignidad de María, de la ternura de Jesús. Quizás esa es la clave: aprender, porque ese fue el camino de Dios hecho hombre en Jesús: aprender a amar hasta a amar a todos sin excepción.

Hoy necesitamos reconocer humildemente que necesitamos aprender a amar, para forjar esa patria más justa y solidaria, más fraterna y en paz, esa patria familia. Cada uno de nosotros tendría que preguntarse acerca de nuestra forma de amar y ser amados, ¿es mi amor hacia los demás gratuito, generoso y transversal o estoy lleno de prejuicios, egoísmos y condicionamientos? ¿necesito sanar mi forma de amar, cuando es proyección de mis propias frustraciones, carencias y exigencias?

Esta noche hemos seguido una estrella, la de un gran ideal y desafío: amar como ese Niño nos enseña amar. Y para alcanzar ese ideal, debemos partir por reconocer humildemente que necesitamos aprender, y necesitamos quien nos enseñe a amar.

P. Juan Pablo Rovegno M.

Padres de Schoenstatt

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