justicia social

Publicado el 2020-06-21 In Columna - Rafael Mascayano, Nuevo orden social, Temas - Opiniones

La caridad y la justicia social comienzan desde el hogar

Por Rafael Mascayano, Chile •

En las primeras encuestas posteriores al estallido social del 18 de octubre del año pasado en Chile, uno de los temas de descontento era “el maltrato laboral”. Sí, en nuestro país se ha instalado una forma de relación laboral abusiva, de falta de respeto por los derechos laborales, y lo que es más fuerte: de formas inadecuadas en el trato de los jefes a sus subordinados.  —

“En primer lugar, significa que todo mi trato, mis gestos, muestren más consideración y respeto ante las personas, ante los niños pequeños, ante los trabajadores.” P. Kentenich, Jornada Pedagógica sobre el Problema Industrial, 1930.
Lo primero que nos asalta, es lo más contrario a lo que Jesús nos ha marcado en sus evangelios y a lo que vemos del ejemplo de su madre María. El P. Kentenich nos habla constantemente de la relevancia que tiene la dignidad de cada persona y del respeto que debemos tener hacia ellas. Es la cruzada del 31 de mayo y su organismo de vinculaciones lo que está ausente hoy en nuestra sociedad. A la vez, la pandemia ha sacado lo mejor de nosotros, como también ha develado injusticias sociales y, algunas de ellas, al interior de los hogares.

Años atrás, el P. Rafael Fernández, en una jornada de matrimonios, nos llamaba la atención sobre cómo muchas injusticias ya se incubaban en nuestras casas. Nos interpelaba fuertemente en relación a lo que se vivía en nuestras familias: ¿cómo es el trato nuestro con las personas que trabajan en nuestros hogares? ¿Cuidamos que no solo tengan el sueldo legal, el pago legal de sus imposiciones, sino que vayamos más allá de lo legal?  Es un escándalo que mientras en nuestras casas se bota la comida, las personas que trabajan con nosotros no tengan ni siquiera lo básico para alimentarse. Y así con la ropa, educación de sus hijos, juguetes, etcétera.

En muchos hogares, se ven situaciones hermosas en que papás, hijos, empleados, almuerzan o comen juntos, y el trato es de mucha cordialidad. Sin embargo, hay otros casos en que las personas que trabajan al interior de sus hogares, son “invisibilizados” por la familia con la cual trabajan; el trato es despectivo e incluso degradante. ¡Y qué decir de las horas de trabajo, del derecho al descanso, del derecho a su vida familiar!

En una conversación con una schoenstattiana, con la cual compartíamos nuestra preocupación por el pensamiento social del P. Kentenich, me comentaba que veía con gran preocupación la poca relación que existía entre los temas de formación y el trato que varias personas tenían con las personas que trabajaban con ellas. Incluso, no pagando las obligaciones mínimas laborales. Y en conversaciones con algunas señoras que trabajan en casas particulares, eran muy pocas (por lo menos en ese grupo) que tenían experiencias positivas de trato laboral y personal.

Nadie debe ser invisible

En varias oportunidades nos ha tocado acompañar a distintos hogares a la Hna. Ma. Angélica Infante, y cada vez que llegábamos, después del saludo a los dueños de casa, se iba a saludar a la persona que trabajaba en esa casa. Con una memoria prodigiosa que Dios le regaló y que cultivaba, le preguntaba por su familia, por cada uno de ellos, y nos comentaba acerca de los talentos que tenía ya fuese en la cocina u otra actividad. Nadie era invisible para ella, toda persona tenía un don y una realidad que conocía y destacaba y era, de verdad, desde el corazón. Desde muy jóvenes, nos decía: “la ropa que no se usa durante un tiempo, no nos pertenece, le pertenece a quien la necesita, y es importante que se preocupen de eso”.

Nuestro compromiso con el santuario, la alianza de amor, el santuario hogar, nos llevan a que la educación de nuestros hijos debe ser una realidad orgánica, ya que desde el hogar están aprendiendo un trato justo o injusto, una relación afectuosa o déspota. Y lo más relevante, la coherencia o incoherencia entre fe y vida.

Hace poco veía en Facebook una foto familiar de un antiguo hermano de la Juventud Masculina, y lo que más me agradó fue que al centro estaba la Sra. Emilia, que lleva ya muchos con ellos y era la persona más importante del grupo retratado.

Aprendemos la justicia o injusticia social desde lo cotidiano en las relaciones internas de un hogar y por ello tenemos que tomar conciencia de nuestras congruencias e incongruencias como católicos, como schoenstattianos. No puede ser que la vida de los que trabajan con nosotros pase desapercibida, que no sepamos de sus sufrimientos, su realidad y no hagamos ni siquiera lo básico por respetarlas y dignificarlas en todo sentido: económico, laboral, relacional, familiar, religioso.

 

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3 Responses

  1. 100% de acuerdo con el articulo, pero:
    No debemos olvidar el contexto de la sociedad en la que vivimos. La justicia social se alcanza sólo con profundos cambios sociales, por lo tanto, este tipo de miradas se pueden volver peligrosas si calman conciencias con pensamientos como «yo tengo super bien a mis empleados así que no hay nada más por hacer.»
    Es como cuando nos sentimos bien por no usar bombillas y bolsas plásticas para cuidar el medio ambiente, pero el medio ambiente necesita mucho más que eso. En ambos casos se necesitan medidas tomadas como sociedad completa.
    Por último quiero mencionar que si la justicia social es plena, la caridad se hace innecesaria, y que ninguna persona debiese ser objeto de caridad.

    • Nicolás, tienes toda la razón. La caridad empieza en la casa (tb la justicia) pero no se queda encerrada allí, para ser una muestra de efectivo aprendizaje, debe ir hacia acciones concretas y al cambio social. El P. Kentenich, llama a la transformación de la sociedad, del pensamiento social, a la actitud social, y a la acción social.

  2. Gracias, Rafael. Comparto todo lo que dices. Y comparto con todos algo que nos pasó hace dos veranos. Tenemos una vivienda en la playa a la que vamos en verano. La señora que va a limpiar desde hace años, me dijo: » me gusta venir a esta casa, porque hasta los niños me llaman por mi nombre». – ¿Y cómo te llaman en otros sitios? – «no me llaman», me contestó «me tratan como si no existiera». Se llama Brenda y, lamentablemente, es consciente de ser invisible en muchos sitios.
    A esto no hay derecho. por esto no pelean ni los gobiernos ni los partidos políticos ni los sindicatos.

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