Publicado el 2013-12-21 In Columna - P. José María García Sepúlveda

María da a luz a su Hijo en una Iglesia que se renueva en la sencillez y humildad del Evangelio

P. José María García. Adviento – Navidad 2013

Queridos amigos,
Qué bueno es celebrar una fiesta cuando ha sido bien preparada y cuando lo central no es la preparación en sí, sino el encuentro mismo con la alegría que se da por la gratitud de aquello que la convoca y por las sorpresas y regalos que se intercambian generosamente y que nos permite sentirnos “más ricos, más bendecidos, mejores”.

 

Esto es parte del misterio de la fiesta anual de la Natividad del Señor. Nos preparamos con el Adviento; y lo mejor es cuando nos reunimos en torno al Belén para dejarnos sorprender por el Niño Dios que nace en la originalidad de la nueva celebración y en el compartir generoso y sencillo de todos. Nos alegramos por los otros.

Cuando pienso en esta Navidad, no deja de conmoverme cómo el buen Padre Dios ha tomado la iniciativa de forma tan directa en su preparación. Nos ha preparado para que su Hijo nazca de nuevo entre nosotros. El Señor quiere llegar al corazón, a la vida real del hombre de hoy que, por una razón o por otra, se ha ido alejando de El y de esa Buena Nueva, que confiara especialmente a su Iglesia. La celebración del nacimiento de Jesús nos renueva como personas y como Iglesia. “Nos funda de nuevo”, diría nuestro P. Fundador. El hombre de hoy tiene urgencia de Dios y de su Amor misericordioso, y Dios tiene urgencia de que su Iglesia se lo ofrezca y entregue de manera audaz y creíble. ¡Y qué año nos ha regalado para que así sea!

Y para esto su Hijo debe nacer, hacerse presente entre nosotros, propios y extraños, como entonces, en la sencillez y humildad de Belén. Lo demás no le sirve. Brocados y oropeles, prestigios y reconocimientos, no sirven para el comienzo y para el don que El nos hace llegar. Su Hijo debe nacer en la sencillez y humildad de Belén. Rodeado de gente que tiene el valor de presentarse con su pobreza e indigencia, y con una profunda fe en la fidelidad de Dios. Nada más; pareciera que todo lo demás es casi contraproducente, que nos aleja de El y de nosotros, viendo los resultados y adónde hemos llegado. La fecundidad de la Iglesia tiene como condición la humildad, nos recordaba estos días el Santo Padre Francisco. Los soberbios son infecundos, estériles (véase: Prédica en Santa Marta, 19.12.2013).

Hoy podemos decir, realmente, que como Iglesia somos más humildes, sencillos, fuertes y dignos que el año pasado, y lo somos porque tenemos un Santo Padre que nos da testimonio, de forma fehaciente y valiente, de cuál es el camino para que así sea. Qué hermosas y cálidas son sus palabras, aunque sean duras, en la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, en las catequesis de los miércoles, en las homilías sencillas y populares de las misas en Santa Marta o en sus meditaciones del Ángelus. Sin duda que es un signo del Espíritu Santo cuando se puede expresar la fuerza y la contundencia teológica del Evangelio en el lenguaje sencillo que todos, absolutamente todos, entienden. Y todo avalado por sus gestos, tan creíbles.

También el Padre providente y misericordioso nos ha preparado a nosotros, como Familia de Schoenstatt. Entre el Año de la corriente del Santuario y el de la corriente misionera, nos regaló “sorprendentemente” el Santuario original. El cuenta con la labor de la Madre de su Hijo y de sus hijos en los santuarios; Ella nos educa como instrumentos, “discípulos misioneros” de su Hijo Jesús y de su Iglesia para esta renovación tan integral y evangelizadora. Pienso que es un signo de la santidad del Padre que sus hijos muestren en sus vidas cómo su carisma forja también hoy hombres y mujeres para esta hora tan especial de la Iglesia.

“Aseméjanos a ti, y enséñanos a caminar por la vida tal y como tú lo hiciste: fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría. En nosotros recorre nuestro tiempo preparándolo para Cristo Jesús”. Palabras de nuestro Padre Fundador en el Cántico del Instrumento que hoy nos pueden tocar más el alma, porque las vemos como plan de vida de la misma Iglesia, y no como simple fraseo ascético-piadoso.

Celebramos esta Navidad sintiéndonos y sabiéndonos más Iglesia, más hijos de María, más hijos de nuestro Padre Fundador que nunca, al servicio de los planes de Dios para con nosotros, hombres y mujeres sumidos en sus crisis y sinsentidos, pero con anhelos de plenitud, de verdad, de justicia y paz que el mismo Dios cuida en nuestras almas; y lo hacemos ofreciendo nuestra vida de Alianza con María, en este año jubilar, a la Iglesia, al Santo Padre. No tenemos más y no se nos pide más, ni menos. Son tantas las iniciativas y emprendimientos pastorales, sociales, culturales, etc., que a luz del jubileo estamos viendo en nuestra Familia de Schoenstatt por todo el mundo como expresión, desarrollo y validación de una Cultura de Alianza, y que nos hablan de esta Iglesia renovada y renovadora, que solo nos queda agradecer y seguir entregándonos confiada y humildemente.

Celebremos intercambiando entre nosotros cómo el Señor nos ha sorprendido en este año, cómo nos ha ido preparando para estas Navidades. Y en esa alegría y gratitud por el otro, surgirá Belén en nuestro tiempo, donde María pueda mostrarnos al Niño que nace, y no al dios que nos imaginamos y que mejor nos parezca.

Alegrémonos, esta es la Navidad que el Señor se ha preparado en Belén con sus hijos, con nosotros. Cultivemos la alegría de esta fiesta para salir como los pastores, siempre en esa humildad y sencillez que a tantos duele, a anunciar la Buena Nueva, a las periferias.

Feliz Navidad a todos y muchas gracias por sus testimonios de vida de Alianza.

En el santuario de Madrid, les bendice

Su p. José María

 

Publicado el In Columna - P. José María García Sepúlveda

María da a luz a su Hijo en una Iglesia que se renueva en la sencillez y humildad del Evangelio

P. José María García. Adviento – Navidad 2013

Queridos amigos,
Qué bueno es celebrar una fiesta cuando ha sido bien preparada y cuando lo central no es la preparación en sí, sino el encuentro mismo con la alegría que se da por la gratitud de aquello que la convoca y por las sorpresas y regalos que se intercambian generosamente y que nos permite sentirnos “más ricos, más bendecidos, mejores”.

 

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