Lázaro, llamado Devasahayam

Publicado el 2022-07-01 In Columna - P. Enrique Grez López, Iglesia - Francisco - Movimientos

Devasahayam, el santo de los amigos

P. Enrique Grez, Chile, 29 de junio de 2022 •

Hace un par de meses en la plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Francisco canonizó a diez nuevos santos. Ellos nos ofrecen una paleta maravillosa, con todos los colores de nuestra Iglesia Católica, que es universal; encontramos hombres y mujeres, laicos y consagradas, curas, personas que en distintos siglos y geografías vivieron su encuentro con Jesús de un modo admirable. —

Francisco, no pudiendo mencionar a cada uno de ellos, predicó sobre lo que les es común: se trata de hermanos en la fe que descubrieron que el Amor de Dios es generoso, inmenso, un derroche de cariño que a la larga nos moviliza a amar gratuitamente, como Él. Toda comprensión de la santidad como esfuerzo, mérito o sacrificio personal se queda, así, corta; es pelagiana. Porque la verdad es que Dios es quien sale a nuestro encuentro, no nuestros méritos los que nos alcanzan un cierto honor. La verdadera santidad no es hacer un gran esfuerzo, sino descubrir esa fuente de gracias, lanzarse a la corriente y, por eso, comenzar a servir y dar la vida de acuerdo al evangelio de Jesús.

Lázaro

Imagen de la estatua de Devasahayam Pillai en la Catedral de San Francisco Javier de Kottar, Nagercoil, India.

Imagen de la estatua de Devasahayam Pillai en la Catedral de San Francisco Javier de Kottar, Nagercoil, India.

Hoy quisiera detenerme en uno de esos diez nuevos santos, san Devasahayam, o como lo diríamos en castellano, Lázaro. Nativo del extremo sur de la India, creció en una familia de casta alta en la que la familia materna jugaba un rol fundamental. Su padre era sacerdote hindú, brahmin. Cuando todavía era un joven entró al servicio del príncipe de Travancore. Fue ascendiendo hasta llegar a formar parte de su estrecho gabinete de gobierno. Estando en esas funciones conoció a Eustaquio de Lannoy, un comandante holandés que había sido capturado por la armada del príncipe. Éste se había ganado la confianza del monarca y ahora, ya casado con una cristiana local, oficiaba también como ministro de la corte.

Amistad

Eustaquio y Devasahayam, que por aquel entonces todavía llevaba su nombre hindú Neelakandan, se conocieron y entablaron amistad. En ese intercambio Eustaquio le compartía a su amigo de lo humano, pero también de lo divino, y fue así que le habló de Jesucristo, su vida y misterios. La amistad con el comandante holandés llevó a Neelakandan a una nueva amistad, más profunda y transformadora, con Jesús. Estaba fascinado. Tras recibir la catequesis, en 1745 decide finalmente hacerse bautizar en la misión jesuítica de Vadakkankulam. En ese momento asume el nombre de Devasahayam, que es la traducción al tamil de Lázaro. Hacía así un guiño a las escenas de Betania, cuando Jesús llegaba, cansado de su ministerio, a reposarse a la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro. Tomando este nombre quería manifestar que su ideal personal era manifestar al mundo la amistad de Jesús.

La igualdad de todos los seres humanos

Cuando Devasahayam quiso reintegrarse a sus tareas políticas, las cosas comenzaron a complicarse. No era sólo que se negara a adorar los dioses de palacio, lo más grave es que ahora predicaba la igualdad de todos los seres humanos. Devasahayam había descubierto que somos todos hijos de un mismo Dios, quien ama a cada ser humano con especial predilección. Así, somos todos dignos y, aun cuando cada uno tenga su historia, su lugar en la sociedad y sus propias características, todos estamos llamados a la plenitud. Esta declaración en una sociedad de castas fue inaceptable.

Algunos compañeros suyos levantaron, entonces, falsos testimonios en su contra. El principal cargo era el de traición a la patria, algo grave. Se le acusaba injustamente, tal como les ocurre hoy de manera semejante a numerosos cristianos en Asia, de forzar conversiones y de beneficiar a las potencias europeas. Comenzaron así largos años de sufrimiento para Devasahayam. Fue depuesto de sus cargos, y luego arrestado, torturado y avergonzado… Se le hizo montar en un búfalo, con la vista hacia atrás; un símbolo de escarnio para aquella sociedad. Por si fuera poco, en cada localidad que pasaba recibía insultos, golpes y burlas.

Exiliado

Por fin el príncipe le fijó residencia en un lugar alejado cerca de las montañas: Aralvaimozhi. Ahí quedó instalado como un exiliado. Vivía pobremente como ermitaño y hacía sus oraciones alejado de su antigua condición nobiliaria. En un momento de especial desesperación el Señor, su amigo, hizo brotar un surco de agua para calmar su sed. Se fue haciendo conocido en toda la región como un hombre de Dios, cuya profunda oración conmovía el corazón. Su disposición amable y mansa atraía a muchos. Devasahayam, a fuerza de hacerse amigo de Jesús, se había hecho él mismo una persona amigable. De este modo, pequeños grupos de discípulos venían a visitarlo para escuchar las dulces palabras que salían de su boca cuando anunciaba el evangelio, la Buena Noticia de misericordia de su amigo, Jesús.

Tierra sagrada

Pasados unos años el príncipe de Travancore, apurado por algunos asesores, mandó acabar con su antiguo colaborador. Envió un destacamento de soldados contra el inerme Devasahayam, a quien le dispararon, dándole muerte. En la ladera de la montaña de Aravaimozhi se encuentran variados testimonios de aquel evento: las huellas de sus rodillas marcadas en la piedra mientras rezaban, el árbol bajo el cual falleció y algunas reliquias más. Su cuerpo fue llevado a la iglesia de Kottar, lugar donde el mismísimo Francisco Javier había predicado un par de siglos antes. Estos lugares son hoy reconocidos como tierra sagrada adonde llegan miles de peregrinos cada año. No deja de ser una bella rareza que cuando el proceso de canonización de Devasahayam, un laico amigo de Jesús, estaba dormida, haya sido un grupo de amigos, laicos todos ellos, quienes se encargaran de reflotar el proyecto.

El amigo más perfecto

Por siglos Devasahayam ha sido recordado por los hermanos católicos de la India como un ejemplo de entereza ante el sufrimiento, pero sobre todo como un amigo de Jesús. Él sufrió una larga pasión para testimoniar el amor incondicional y universal del Dios de Jesucristo. A nosotros, desde la distancia, nos admira, pero también nos alienta a vivir más hondamente nuestra relación personal con el Hijo de Dios. La aventura de Devasahayam fue dejarse convencer por su amigo, Eustaquio Delannoy, de que hay un amigo más perfecto: Jesús. Ese camino lo llevó a transformarse en un manantial de dulzura para con el prójimo, un apóstol de la dignidad de cada persona, un verdadero amigo de los hombres. Quienes apreciamos el don maravilloso de la amistad podemos, sin vacilación, nombrarlo nuestro nuevo santo patrono.

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