una nueva alianza

Publicado el 2021-07-03 In Temas - Opiniones

Una nueva alianza

Mons. Francisco Pistilli, obispo de Encarnación •

Los testimonios de la Sagrada Escritura que son proclamados el día de Corpus Cristi (Éxodo 24, 3-8; Sal 115,12-13. 15 y 16 bc. 17-18; Hebreos 9,11-1.5; Marcos 14,12-16. 22-26) hacen memoria de la Alianza de Dios con su pueblo, recordándonos la Alianza del Sinaí y la Nueva Alianza de Cristo. Signo de la alianza es por un lado la sangre, que en la comprensión judeocristiana es expresión de la vida que se ofrece para dar vida, así como por otro lado el alimento compartido en la mesa fraterna. —

En la primera Alianza la sangre de animales sacrificados como ofrenda, implicaba en el gesto que aquellos rociados con ella asumían dos aspectos importantes que confirmaban la aceptación de lo que Dios ofreció: reconocerse como propiedad y pueblo de Dios, y comprometerse en cumplir sus mandatos.

La Nueva Alianza de Cristo, celebrada sacramentalmente en la última cena y realizada sacrificialmente en la cruz, nos pone ante una comprensión más profunda del fundamento de este pacto entre Dios y los hombres.

Un compromiso entre dos partes de desigual nivel

Todo pacto con Dios implica un compromiso entre dos partes de desigual nivel; el hombre no puede pretender ser una contraparte de igual jerarquía; no puede el hombre negociar con Dios un pacto basado en la igualdad. Las alianzas humanas establecen normalmente una cierta igualdad entre los contrayentes, tomando como signo la mesa compartida de amistad.

Pero es Dios quien hace un ofrecimiento, invitando al hombre a ser parte de su vida. Él quiere sellar ese compromiso con su creatura, para que sean comunidad y vivan en su presencia.

La Alianza de Cristo lleva este ofrecimiento a su máxima expresión, porque Dios ofrece su sangre, su vida, haciéndose igual al hombre menos en el pecado, se hace nada para que rescatados por Él seamos todo, seamos hijos (cf. Filipenses 2, 1-11). Cristo mismo es el sacrificio ofrecido que se hace ofrenda, es el mismo Hijo de Dios, Dios hecho carne, quien al mismo tiempo que es sacerdote que eleva la ofrenda y es altar sagrado donde se consagra para ser elevado y compartido. En la última cena sentado con sus discípulos, los llamó amigos (cf. Juan 15, 14-14) y compartió con ellos la comida, su Cuerpo y su Sangre ofrecidos en el pan y en el vino (cf. Mateo 26, 26-30; Lucas 22, 15-20; 1 Corintios 11, 23-25).

No puede haber un ofrecimiento superior a este (cf. Juan 15, 13), siendo el mismo Dios comprometido con sus hijos quien se vincula para siempre en fidelidad llevada al extremo como manifestación de su amor sin límites.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, hacemos memoria de esta Alianza

Cada vez que celebramos la Eucaristía, hacemos memoria de esta Alianza. Es la misma y única ofrenda que se vuelve a realizar en el altar, por manos del sacerdote en unidad con el cuerpo de Cristo eclesial que se adhiere en la renovación de su fe y de su compromiso de seguir al Señor, colaborando con las especies de pan y vino. Una única Alianza para “muchos”, para todos, en todos los tiempos: Esta es la acción de gracias ofrecida en todas partes para conducir a todos al encuentro de la Vida misma, llevar a la creación a su creador y nosotros pecadores a su Redentor.

Ofrecemos nuestra fe y nuestro compromiso

Cuando ofrecemos una Santa Misa por alguna intención no estamos ofreciendo un nuevo sacrificio. Todos nuestros sacrificios son nada, solamente ofrecemos nuestra fe y nuestro compromiso con el único que puede darnos vida, salud y salvación, el único que puede obtenernos la gracia en su infinita misericordia. A esa misericordia nos acogemos para sumar nuestras plegarias, alabanzas y ofrendas, implorando con humilde diligencia que seamos elevados y presentados ante el Padre Celestial en Cristo por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Vivir esta Alianza es el camino del bautizado que comparte la Pascua del Señor y que se ha lavado en la sangre del Cordero inmaculado. Nuestra contraparte en esa Alianza es la fidelidad de permanecer en su Amor y cumplir su mandamiento. Es así que confesamos y proclamamos que solamente Cristo es nuestro Mesías, nuestro Salvador, nuestro Maestro y nuestra Vida: con nuestra fe y nuestra caridad expresada en palabras, actitudes y acciones de verdadera misericordia, para llevar esperanza y hacer Alianza de fraternidad con todos los hombres amados por Dios.

Sembradores de perdón y de fraternidad

En este tiempo de pandemia no cesamos de ofrecer el sacrificio de la nueva y eterna Alianza cada día. Es en Cristo como presentamos al Padre a todos nuestros enfermos con sus sufrimientos, a sus familias con sus angustias, al personal de salud con su desgaste físico y emocional. Confiamos que en Cristo todos ellos son sanados, porque son su Cuerpo doliente entregado por amor; ninguno de ellos, ofrecido en Jesús, deja de experimentar la Vida plena.

Recordemos cristianos la Alianza de Cristo, sellada y celebrada en cada Eucaristía en memoria actual y permanente de su amor.

Vivamos esa Alianza llenos del Espíritu de paz que recibimos, haciéndonos sembradores de perdón y de fraternidad. Avancemos cada día en Alianza con Cristo, como hijos pródigos que aman y desean volver a la Casa Paterna, al abrazo del Padre de Misericordia.

Nuestra Eucaristía de cada día, la Eucaristía de la Iglesia, es la renovación de tu sí y de nuestro sí, a un don que nunca podríamos exigir, sino solamente acoger desde la gratuidad de Aquél, que por amor, nos da de comer y de beber de su propia esencia para que vivamos y existamos siempre en Él.

Por eso decimos: ¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.
Obispo

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