Publicado el 4. septiembre 2019 In Temas - Opiniones

La vocación laical

José María Fuentes, Chile •

Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha hablado de la vocación sacerdotal y de la vocación religiosa, acentuando la elección especial por parte de Dios en relación a ellas. Esto llegó hasta tal punto que se hablaba que una persona tenía vocación sólo cuando ella se decidía por alguna de esas opciones. Muchas veces, en la práctica, se ha considerado que la vocación laical y la vocación matrimonial corresponden al “estado natural” de las personas y no hay una especial vocación detrás de ello. —

La historia de Zaqueo  ilustra la vocación laical. Zaqueo, un publicano rico, quiere ver a Jesús y para ello se sube a un árbol. Jesús lo ve y le dice que quiere hospedarse en su casa. Zaqueo lo recibe con alegría y como consecuencia de su encuentro con Jesús toma la decisión de dar la mitad de sus bienes a los pobres y de devolver cuatro veces más de lo defraudado a aquellos que han sido sus víctimas. La dinámica de este pasaje es especialmente interesante en, al menos, tres aspectos. Jesús llama e interpela a Zaqueo; le pide que lo reciba, que lo hospede. Zaqueo, que ya estaba abierto a él (quería verlo), lo recibe con alegría. Como consecuencia de este encuentro Zaqueo cambia y eso tiene un efecto directo en su actividad en el mundo (su actividad profesional y social). A diferencia de Mateo (otro publicano al que Jesús invita a seguirlo como Apóstol), a Zaqueo lo llama y lo invita a convertirse quedándose en su mundo, pero cambiando profundamente la forma en que actúa en él. La conversión de Zaqueo implica en forma decisiva su actividad secular.

El P. Kentenich considera que existe objetivamente una vocación laical y que es muy importante que la persona que está llamada a esta vocación tenga una especial conciencia de la elección que Dios ha hecho de él.

Adicionalmente, para el P. Kentenich la experiencia de sentirse particularmente elegido y amado por Dios es una experiencia cristiana central. Parte de las disputas que tuvo con la jerarquía eclesiástica alemana a partir del año 1949 estuvieron centradas en este punto: la necesidad que tiene cada cristiano (cada uno de nosotros) de sentirse especialmente elegido y amado por Dios; de ser un hijo predilecto. Naturalmente esto tiene una particularidad y una fuerza especial en relación a la propia vocación.

Ya a partir de los años ´30 el P. Kentenich habló de la vocación laical. Lo hizo en diferentes ocasiones. Durante el año 1931 lo hizo en una forma muy especial en el retiro “Vocación sacerdotal y vocación laical” que fue predicado por él en Schoenstatt entre el 11 y el 18 de octubre. Señala que los laicos están llamados a participar en la misión de Cristo a partir de un llamado divino (una misión divina), que es parte esencial de la vida de la Iglesia.

Los laicos están integrados en la misión de Cristo en sus tres ministerios: como sacerdote, profeta y rey (el P. Kentenich usa en los años 30 la expresión pastor  en vez de la de rey, que fue la que se usó a partir de la década de los 50). Cada persona está llamada a ser, en Cristo, sacerdote, profeta y rey. Cada cristiano, está llamado a participar de estos ministerios de forma particular, de acuerdo a la propia vocación que le ha sido regalada por Dios.

Los laicos tienen una vocación propia. A través del bautismo y la confirmación, Dios se hace presente en sus vidas para conformar todas las realidades del mundo, incluyendo todos los aspectos de su vida diaria. Los laicos tienen la especial vocación de ejercer el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo en medio del mundo profano (el de las realidades seculares). Hacer que se realice la voluntad de Dios en este ámbito es parte central de su llamado.

El sacerdote es quien ofrece el sacrificio. En el Antiguo Testamento los sacerdotes ofrecían sacrificios de animales en ritos de purificación. Cristo sacerdote se ofrece a Sí mismo y en Él a toda la humanidad y a todo el universo. Como partes de su Cuerpo Místico todos los cristianos están llamados a participar en este ministerio. Los laicos están llamados a ofrecer sus propios sufrimientos, dificultades y penurias de su vida personal, familiar, laboral, social, etc. como sacerdotes juntos al Señor. En forma especial están llamados también a ofrecer las dificultades y sufrimientos del mundo secular (trabajo, economía, política, organización social, etc.).

Carlo Carretto, un miembro de los Hermanitos de Jesús (de la familia espiritual de Carlos de Foucauld), que anteriormente fue un alto dirigente de la Acción Católica italiana, profundiza y reafirma lo anterior diciendo que “la tarea sacerdotal, que es vivir la vida de Jesús en su donación absoluta al Padre y ofrecer al Padre todas las realidades terrenas, se convierte  en compromiso de todos los bautizados en la unidad del Espíritu Santo”.

El profeta es quien enseña; quien trasmite al mundo la palabra de Dios. Es quien sabe interpretar los acontecimientos y darles el sentido que Dios quiere de ellos. Cada cristiano está llamado a realizar esta función frente al mundo que lo rodea y frente a las personas en las cuales puede influir. El laico está llamado a iluminar la realidad con el mensaje de Jesús; toda la realidad, pero especialmente la realidad secular (o profana). Como afirma Paulo VI en la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, se trata de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación”.

El ministerio real del laico  consiste en participar en la realeza de Cristo sobre el universo, colaborando con Él en la constitución de su Reino; reino de verdad y vida. Como partícipe del ministerio real de Cristo, el laico está llamado a tener una relación particular con las personas, las cosas y el devenir (lo que sucede).

Tiene un llamado a hacerse cargo de los demás, de su prójimo, tanto el cercano como el lejano. Es un llamado a servir a los demás. Las imágenes de la oveja perdida y del hijo pródigo iluminan la relación con los cercanos y la del buen samaritano con los lejanos. Es un llamado a amar sirviendo que incluye a los miembros de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, las personas con las que se comparte el diario vivir, a todos los miembros de la sociedad a la que se pertenece (aunque tengan intereses o valores distintos) y a todos los seres humanos del mundo, teniendo una especial consideración hacia aquellos que viven una vida más dura y con más dolor (pobres, marginados, enfermos, desvalidos, abandonados, desesperanzados, etc.).

En relación a las cosas, el ministerio real significa relacionarse y usar las cosas en la forma que Dios quiere. Gran parte de la actividad del laico en el mundo está relacionada, principalmente a través del trabajo, con cosas. Está llamado, en colaboración con otros, a la elaboración de productos y a la prestación de servicios. El ministerio real llena de sentido esta actividad. Otro aspecto importante se refiera a la forma en que usan las cosas; usarlas según la voluntad de Dios significa usarlas para su propio bien y el de los demás, no dejarse esclavizar por ellas (tener sentido para la renuncia) y no usarlas para pecar.

En relación al devenir, o la configuración del futuro, el laico tiene un llamado a participar en ella a través de su actividad política, económica y social. “El hombre católico debe usar, gozar lo del mundo pero también conformar el mundo. Por eso el hombre es capaz de enseñorearse en el mundo; tiene poder sobre el mundo, está ante el mundo en una actitud creadora: conforma el mundo, se vincula a él, es atraído y despertado por él, sólo que no se esclaviza a él”.

El P. Kentenich señala que complementariamente a esta vocación objetiva, es relevante que el laico asuma esta vocación. “Laico por vocación se llama a la persona que en su ser, deber y actuar de laico ve un llamado divino y una vocación divina reconocidos con claridad y abrazados con toda el alma. En una época acentuadamente laical, el laico por vocación procura encarnar el ideal del santo de la vida diaria con vestimenta laica. Cumpliendo con la ley de los casos preclaros, aspira a dar a quienes lo rodean un ejemplo atractivo y eficaz de santidad de la vida diaria”.

La Constitución Conciliar Lumen Gentium, dice respecto a la vocación laical: “Con el nombre de laicos se designan aquí (….) los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. … A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”.

 

Fuente: Vínculo, Chile. Con permiso del editor.

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