Publicado el 1. diciembre 2018 In José Kentenich

Tres actitudes filiales hacia el Padre Kentenich

Ignacio Serrano del Pozo vía www.schvivo.com

Todos los que participamos de la Familia de Schoenstatt, hemos sido testigo de la irrupción en tiempos de celebración de lemas que funcionan como hoja de ruta.  Apenas partió el Fundador a la casa paterna en 1968, el Movimiento escuchó del obispo Tenhumberg la invitación a constituirse en “la carta de presentación del Padre”, aludiendo así al pasaje de San Pablo que incita a los corintios a transformarse en una carta de Cristo, “escrita no con tinta, sino con Espíritu”. En el año de 1985, para el centenario del nacimiento del Padre Kentenich, la Familia dijo: “Tu Alianza, nuestra vida”. Y San Juan Pablo II nos desafió a “canonizar nosotros al Fundador”.  El 2014, en el contexto del Jubileo fundacional, se escuchó “Tu Alianza, nuestra misión”, y en el año 2015 el Papa Francisco nos advirtió que “el carisma no es una pieza de museo, sino que hay que “mantenerlo vivo y saber transmitirlo, de tal manera que siga inspirando y sosteniendo sus vidas y su misión”.   —

Sin embargo, 50 años después, en tiempo de balance, muchos tenemos la sensación de que la misión comprometida no se ha manifestado con suficiente fuerza y extensión.  Es cierto que se han gestado iniciativas apostólicas potentes en estos años, pensemos –por ejemplo- en los colegios kentenijianos y centros de estudios pedagógicos en un ámbito formativo, o en las corporaciones de beneficencia como María Ayuda en Chile o los centros de rehabilitación carcelaria en Paraguay.  Es verdad –también- que una red de más de 200 santuarios marianos instalados como polos de gracia a lo largo del mundo, y que la masiva campaña de la Virgen Peregrina en cientos de países, son un inmenso regalo para la Iglesia que ya lo quisiera como propio cualquier espiritualidad.  Y, por último, es imposible no alegrarse por el aporte espiritual de decenas de hijos del Padre Kentenich que desde el cielo muestran la existencia de un Schoenstatt triunfante: José Engling, Karl Leisner, Hna. Emilie Engel, Mario Hiriart, Hernán Alessandri…

Nosotros no hemos sabido desarrollar aún una filialidad adulta

La ausencia de grandes corrientes de vida post mortem fundatoris, un cierto ensimismamiento de nuestra Familia de Schoenstatt que vive de las “glorias del pasado” celebrando aniversarios tras aniversarios, y más relevante aún, la misma incapacidad de nosotros los schoenstattianos para modelar el orden social o de aportar en la configuración de la cultura desde nuestro carisma, son ese aguijón que lleva a preguntarnos por qué no hemos podido ser más audaces y creativos en nuestras propuestas evangelizadoras.
Sin embargo, no obstante, todo esto y mucho más, la sensación de insatisfacción (voz del alma) por lo realizado sigue punzante como una espina. La ausencia de grandes corrientes de vida post mortem fundatoris, un cierto ensimismamiento de nuestra Familia de Schoenstatt que vive de las “glorias del pasado” celebrando aniversarios tras aniversarios,  y más relevante aún, la misma incapacidad de nosotros los schoenstattianos para modelar el orden social o de aportar en la configuración de la cultura desde nuestro carisma, son ese aguijón que lleva a preguntarnos por qué no hemos podido ser más audaces y creativos en nuestras propuestas evangelizadoras.

La respuesta rápida a esta pregunta podría ser que ha faltado profundidad en la «Alianza de Amor» en sus múltiples dimensiones: en hondura hacia el “Poder en Blanco” y el Inscriptio, en amplitud hacia la Santísima Trinidad.  Sin embargo, me gustaría ensayar otra respuesta.  Me parece que la clave para explicar una resultante creadora de limitado alcance o de escaso poder explosivo, se debe –en buena parte- a que 50 años después de la partida del Padre Fundador nosotros no hemos sabido desarrollar aún una filialidad adulta, capaz de asumir su legado y multiplicarlo.  Lo que el Papa Francisco nos dijo a los católicos en Chile – “sacar carnet de adulto como cristianos, espiritualmente mayores de edad”- bien podría ser un consejo dirigido a los schoenstattianos.

De hecho, más que una filialidad adulta, lo que ha primado es –más bien- una filialidad infantil o una filialidad adolescente.  ¿Qué puede significar eso? Aun a riesgo de abusar de la caricatura para ilustrar el punto en cuestión, se podría hacer una breve descripción de estas actitudes:

La filialidad infantil de los que entierran el talento

Es cierto que tras esta actitud infantil late una buena dosis de amor, pero también esta misma actitud puede terminar haciendo a Kentenich un santo de devocionario o una pieza de museo intocable.
¿Qué es una filialidad infantil? Una filialidad infantil se caracteriza por un cierto embelesamiento o encandilamiento ante la imponente figura del Padre Fundador. Como el niño que ve ingenuamente en su papá a un superhéroe que tiene todas las respuestas y que todo lo puede, así algunos parecen contemplar al P. Kentenich. Bajo esta óptica, parecería no haber mejor test de schoenstattianidad que medir nuestro grado de admiración y cariño por el Fundador.

El problema es que hay mucho de romanticismo en esta mirada, a veces de una unilateralidad fantasiosa que sólo resalta la altura de vida de quien siempre se mantuvo fiel a los planes de Dios y trasparente luminoso de su paternidad, incluso en los peores momentos del campo de concentración o del exilio; a veces ingenuidad, e incluso ignorancia, pues cuando se desconoce otros diagnósticos y otras propuestas, Kentenich aparece con una originalidad y novedad inmerecida.

Es cierto que tras esta actitud infantil late una buena dosis de amor, pero también esta misma actitud puede terminar haciendo a Kentenich un santo de devocionario o una pieza de museo intocable. Y en este escenario, parecería que nuestra mejor y mayor contribución a la misión consistiría en la repetición de las mismas categorías y actitudes del padre, pero sin contexto ni crítica.

Tras esta actitud infantil puede esconderse muchas veces la actitud del siervo asustadizo de la parábola de los talentos, que ha preferido enterrar la herencia para conservar todo su valor y evitar cualquier pérdida.

La filialidad adolescente de los que venden el talento original

Estas personas suelen sentir que a Schoenstatt le ha faltado la radicalidad de otros carismas y movimientos, y que habría que hacer las cosas de manera distinta, pues muchas cosas que escribió o dijo Kentenich han perdido vigencia por efectos de los años.
La segunda actitud que puede explicar la pobreza de la resultante está dada por la frecuencia con que nos vinculamos al Padre Fundador desde una filialidad adolescente.

Esta se caracteriza por una cierta insatisfacción y distancia ante la figura de Kentenich. Esta actitud la podemos observar en aquellos que después de un tiempo en el Movimiento, de haber participado con entusiasmo en la vida de alguna comunidad y de haber leído algunas cosas de literatura schoenstattiana o talleres ad hoc, empiezan a sentirse un poco incómodos o francamente defraudados.  Estas personas suelen sentir que a Schoenstatt le ha faltado la radicalidad de otros carismas y movimientos, y que habría que hacer las cosas de manera distinta, pues muchas cosas que escribió o dijo Kentenich han perdido vigencia por efectos de los años.

En esta situación, la falta de sentido se reemplaza con un activismo apostólico frenético, y la ausencia de contenido, con frases incendiarias de combustión instantánea. Incluso, en no pocos casos, estos “schoenstattianos adolescentes” intentan remediar la situación asumiendo otras experiencias espirituales o pastorales más efectivas y recurriendo a diagnósticos de otros profetas más certeros.

Por seguir con la imagen bíblica utilizada, esta actitud duplica los talentos, pero a cambio ha vendido la moneda de oro original.

Pues si la actitud infantil producía un cierto congelamiento, ésta no pocas veces ha llevado a la dispersión y a la superficialidad.

La filialidad madura de los que multiplican los talentos

Una actitud madura implica en primer lugar, plantearse concretamente qué parte de la herencia estoy dispuesto asumir, cuánta carga impositiva pagar, y qué no voy a conservar o de qué me voy a deshacer, con todo el dolor que eso implique.
Llegado a este punto me permito proponer una tercera actitud que precisamente podría contribuir a “multiplicar los talentos recibidos”. Se trata vivir adultamente nuestra filialidad con el Padre Fundador. Las dos primeras actitudes son naturales y comprensibles para la primera etapa fundacional, pero una filialidad madura espera surgir en este nuevo tiempo. Esta actitud implicaría, a su vez, tres características que las resumo del siguiente modo: asumir, asumir costos y riesgos, y asumir estos costos y estos riesgos con otros.

En efecto, la primera tarea del hijo que ha llegado a la adultez es la de asumir: asumir que el padre está atrás y nosotros delante. Eso significa que ahora nos corresponde a nosotros hacernos cargo de las limitaciones de quien nos dio la vida, como también de la administración de sus tareas y de sus bienes.  En el caso de Kentenich se trata de asumir su vida y su obra con todos sus claroscuros; muchas acciones que llevó a cabo son cuestionables y muchas cosas que expresó son pobres, pero nada de eso disminuye el regalo de su figura y de su experiencia paternal como camino, expresión y seguro a Dios. Esa es la mayor riqueza y la esencia de un carisma que debemos hacer nuestro.

En esta misma línea de análisis, se debe reconocer que esta asunción hereditaria, no está libre de costos y riesgos.  Ese realismo es parte de la madurez.  En términos schoenstattianos, los costos siempre parecen medirse en capital de gracia. Los riesgos son saltos en la fe práctica en la divina providencia. En palabras más simples, una actitud madura implica en primer lugar, plantearse concretamente qué parte de la herencia estoy dispuesto asumir, cuánta carga impositiva pagar, y qué no voy a conservar o de qué me voy a deshacer, con todo el dolor que eso implique. Aquí no cabe un “schoenstattianismo” de expresiones afectivas o de discursos teóricos, sino de seguimiento a la voluntad de Dios. El Padre podrá pedirnos cuidar a nuestra esposa enferma para manifestar el amor humano traspasado por la cruz o fundar Schoenstatt en el sudeste asiático para iniciar una nueva corriente de circulación.  En ambas situaciones, como en todas, una actitud adulta implica preguntarse cómo me voy a preparar para asumir estas tareas que posibilitarán prolongar la herencia paterna.

Una última característica que propongo para ir configurando una actitud madura como hijo es la de asumir los costos y los riesgos con otros, dentro de la Familia. No somos los únicos herederos… Es cierto que esto puede significar conflictos, o incluso que algunos hermanos quieran desatenderse de su responsabilidad; sin embargo, filialidad adulta es también una fraternidad adulta. Entender que la repartición patrimonial no sólo es división, también es diversificación de lo recibido en vista de una mayor riqueza y dinamismo. En este punto, también cabe una buena cuota de generosidad, pues muchas veces las mejores iniciativas no serán las nuestras, pero tampoco lo es toda la responsabilidad.

¿Cómo vamos a responder frente a lo recibido?

El 15 de septiembre de 1968 muchos escucharon “El padre ha muerto”. La pregunta que aparece 50 años después es por el significado práctico de esta expresión en nosotros, sus legítimos herederos. ¿Cómo vamos a responder frente a lo recibido? ¿Se podrá decir de nosotros que hemos sido hijos fieles para gozo de nuestro padre y la fecunda transmisión de su legado?

 

Publicado con permiso del autor.

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4 Responses

  1. Quien es ?,de que pais, ciudad ? De que comunidad? Que ha hecho el? Cual ha sido su linea apostolica?
    Siempre es bueno tener cuestionadores.Pero con fundamento de vida.
    Que problemas se ha encontrado a lo largo de su trayectoria apostolica.
    Yo me he encontrado con muchas .Pero lo entiendo en el afan de poder ineviteble de las personas.

  2. Excelente el artículo. El único defecto es que está escrito por un varón. Permítanme decir que para mí, mujer, las tres actitudes pueden coexistir en un mismo “combo”, sin perjuicio de la madurez: me puedo sentir la niña pequeña , la adolescente cuestionadora y al mismo tiempo la hija adulta y responsable que colabora con su padre, tal cual me sucedió con mi papá.
    Nora Pflüger Totti, La Plata, Argentina

    • Muchas gracias por su comentario. Lamentablemente ser varon es un defecto irremediable….Pero le encuentro razon y su mirada es mas organica.

  3. Comparto mucho de lo expresado. El mundo necesita del P. Fundador y nosotros debemos encarnar la tercer gracia del Santuario por su nombre y memoria. ¡No lo guardemos o compartamos solo entre nosotros!. ¡Rememos mar adentro con él y para el mundo!.

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