Publicado el 15. septiembre 2016 In José Kentenich

La canonización, el “sello de calidad”

Mons. Peter Wolf •

10436168_1713238052221392_5406431711267426105_nCuando el 5 de septiembre el Papa Francisco declaró santa a la Madre Teresa de Calcuta, miles de personas acudieron a la plaza de San Pedro a la celebración eucarística. Queremos compartir esta inmensa alegría con sus Hermanas y con muchas otras personas en todo el mundo. Este acontecimiento ha despertado de nuevo en nosotros el anhelo y la pregunta: ¿cuándo tendremos la dicha de vivir esto con nuestro Padre y Fundador? Son muchos los que en vida han experimentado al Padre como un santo de Dios, como un espíritu fundador y se han sentido identificados con él y con su carisma.

En las reacciones de los medios de comunicación (a la canonización de la Madre Teresa) se pueden observar muchas muestras de gran aprobación y gratitud, pero también algunas críticas maliciosas y de pura incomprensión. En el caso de nuestro Padre, también tenemos que estar preparados para algo así, antes, durante el proceso de canonización y seguramente más allá. Pero si partimos de él y de su carisma, es decir de aquello que él con la fe práctica en la divina providencia reconoció y aceptó como su misión, entonces necesitamos este reconocimiento y este «sello de calidad» que es su canonización. Por lo tanto, no nos demos por vencidos y oremos por ello y comprometámonos con él y con su misión en la Iglesia. Esto es lo que representa Belmonte y el anhelo del Padre: que Schoenstatt sea una bendición para la renovación de la iglesia.

Espíritu fundador

En los días de la canonización de la Madre Teresa los he comparado varias veces entre sí, y así están frente a mi alma con su diversidad y con aquello que los conecta profundamente.

Se trata de dos personalidades y carismas muy diferentes. Ambos tuvieron que afrontar momentos de infinita oscuridad en su caminar en la fe, la Madre Teresa en su oscuridad interior a lo largo de su gran vida de entrega y nuestro Padre en la amarga oscuridad del rechazo oficial, especialmente de la autoridad eclesiástica.

Alrededor de ambos espíritus fundadores han surgido varias comunidades virginales y un gran círculo de laicos altamente motivados y comprometidos. Ambos vivieron y se alimentaron de las fuentes más profundas de la creencia implícita de la Iglesia, la realidad de lo sobrenatural.

Respecto a nuestro Padre, somos conscientes de la importancia que le daba a la vivencia de la alianza de amor y de la fe práctica en la divina providencia. Respecto a la Madre Teresa admiro una y otra vez como tomó ella al pie de la letra las palabras del Señor, que todo lo que se haga por el más pequeño, se hará por Él mismo. Ella tomó este compromiso tan seriamente, como nosotros tomamos sólo la presencia del Señor en la Eucaristía. Ella quería mantener esta doble cercanía también en su comunidad, por lo que cada Hermana, después de su servicio a los enfermos y moribundos, realizaba una hora de adoración al Santísimo. Aquello que nuestro Padre nos inculcó como “contribuciones al capital de gracias”, lo veo en la Madre Teresa reflejado en la apreciación y la seriedad con la que su comunidad lleva a cabo su labor. Además de las Hermanas de la Caridad, ella ha fundado una gran comunidad muy similar a nuestra “liga apostólica de enfermos”. Ella hizo que cada Hermana tomara como su deber, el permanecer en contacto regular con un enfermo para que ellas pudieran apreciar no sólo su labor activa.

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Original: alemán. Traducción: Gilka Aranibar, Hannover, Alemania/ aat, Argentina

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