Publicado el 22. marzo 2015 In José Kentenich

Cuaresma: La jornada de la semilla – Parte 5

por Sarah-Leah Pimentel

La historia del desarrollo espiritual de Schoenstatt se mueve gradualmente desde una espiritualidad personal hasta una orientada al exterior. Una amiga mía describió alguna vez a la Alianza de Amor como la tierra que alimenta tanto los caminos interiores como los exteriores en nuestra vida schoenstattiana. La Santísima Virgen toma la iniciativa al invitarnos a entrar en una Alianza de Amor con ella. Respondemos sellando también nuestra alianza con ella, y al hacerlo nos embarcamos en una jornada de auto-educación – guiada por su mano amorosa – que nos lleva poco a poco a profundizar más en el plan de amor que Dios tiene para nuestras vidas. Sin embargo, la alegría de ese auto-descubrimiento no puede contenerse y debe por fuerza derramarse en los demás.

Este es el foco de nuestra reflexión de esta semana, al regresar al texto que vimos en la segunda semana de Cuaresma:

«La buena tierra que necesitan es la disposición natural y sobrenatural a ser generosos, pero más que nada, a ser castos y a amar.» (José Kentenich, 1954/55, Kentenich Reader Vol. II, p. 25)

La generosidad se convierte en una fuente de renovación

JugendFestival2005La generosidad no es sólo acerca de darnos a nosotros mismos (natural), sino también de transmitir los dones espirituales (o sobrenaturales) que hemos recibido. Recordando las celebraciones jubilares en Schoenstatt, mi amiga reflexionó que la renovación de la Alianza de Amor del 18 de octubre de 2014 fue una de las muchas veces en los últimos 100 años en que la Familia de Schoenstatt ha transmitido nuestro don más preciado. Lo vemos en nuestras ramas cada vez que inicia un nuevo grupo. Los miembros con más tiempo en el Movimiento son fundamentales para transmitir a la siguiente generación sus experiencias y la sabiduría de una vida vivida en Alianza.

Tuve una vivencia muy real de esto durante las celebraciones del jubileo en Schoenstatt, particularmente durante la vigilia del 17 de octubre. El tema para esa noche fue la “Noche del Santuario”, que es una celebración anual de la Juventud de Schoenstatt. Empezó en 2005 con el Festival de la Juventud en Schoenstatt, al que asistieron alrededor de 3,000 miembros de las juventudes internacionales masculina y femenina antes del Día Internacional de la Juventud que se celebró en Colonia. Tuve la bendición de formar parte de un equipo de voluntarios que trabajaron por un año para preparar ese evento. Con inmensa emoción y orgullo me senté nuevamente en la Arena de Peregrinos nueve años después y observé a una nueva generación de la Juventud de Schoenstatt tomar los símbolos de esa primera Noche del Santuario y darle nueva vida y significado.

Hace diez años, un santuario de plástico transparente donde la juventud colocaba sus peticiones y oraciones simbolizaba el deseo de la Juventud Internacional de hacer una Alianza de Amor para la Juventud Mundial. El 17 de octubre los jóvenes que hicieron su alianza en aquel momento la renovaron con toda la Familia Internacional de Schoenstatt. La generosidad de 3,000 jóvenes, que compartieron su alianza con otros jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando ellos la hicieron, se multiplicó en la alianza que renovaron miles de personas en todo el mundo el 18 de octubre de 2014.

La generosidad, entonces, se convierte en una fuente de renovación, pero también en una renuncia. Parte de esa renovación implica dejar ir. Fue hermoso estar presente en la Noche del Santuario el año pasado, pero también fue difícil. Me recordó que ya no soy parte de la Juventud de Schoenstatt. Mi camino de vida me ha llevado a otros lugares. Junto con muchas otras personas que ayudaron a organizar el Festival de la Juventud en 2005, hicimos nuestra pequeña contribución a Schoenstatt, pero ahora necesitamos dejarlo ir y permitir a una nueva generación descubrir los tesoros que encontramos y multiplicarlos.

La castidad como signo de fe

Permanecer fieles es algo muy poco común hoy día. Tenemos tantas opciones. Cuando nos cansamos de un pasatiempo, adoptamos otro. Cambiamos de ropa para acoplarnos a las modas fugaces. Abandonamos relaciones cuando se vuelven demasiado difíciles de manejar.

También es difícil a veces permanecer fieles a la Alianza de Amor. Tal vez hayamos sellado nuestra alianza durante una época hermosa de nuestras vidas, pero cuando nuestras ocupaciones, preocupaciones y desilusiones nos empiezan a desgastar, es muy fácil olvidar ese momento de gracia.

Te invito a recordar el día en que sellaste tu Alianza de Amor. Tal vez lloraste lágrimas de alegría o de alivio. Tal vez sentiste la presencia de la Santísima Virgen de una manera especial, o quizás toda la paraliturgia le habló a esa silencioso y quieto rincón de tu corazón.

Por encima de todo, fue un momento de pureza. Durante un segundo, todo en el mundo era perfecto, puro, inmaculado.

Eso es exactamente el significado de la castidad: la pureza de conducta e intención. Cuando tomamos cada día la decisión de permanecer fieles a la Alianza de Amor, estamos preservando la pureza, la perfección de ese momento especial. Eso es especialmente difícil cuando sentimos que estamos perdidos en la oscuridad y no podemos encontrar una salida del abismo. A pesar de las dificultades, estamos llamados a permanecer fieles en nuestra Alianza de Amor, con la certeza de que la Santísima Virgen será siempre fiel. Al permanecer fieles a la alianza, también mantenemos nuestra fidelidad con los demás.

La ley del amor

Nuestra vida en la alianza no es una obligación. Es elegida libremente. Es un desborde del corazón. De esto hablaba el profeta Jeremías en las lecturas del domingo: «He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres… porque ellos invalidaron mi pacto… Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado. (Jeremías 31:31-34)

Nuestra alianza de amor es una expresión de esta “nueva alianza” que está profundamente inscrita en nuestros corazones, así como nosotros estamos inscritos en el corazón de la Santísima Virgen.

¿Cómo respondemos a tal amor? Como Jeremías nos dice, enseñar sobre el amor de Dios sencillamente no tiene el impacto deseado. No aprendemos a amar estudiando al amor en un libro. Aprendemos a amar cuando experimentamos el amor. Cuando hemos experimentado el amor, lo queremos compartir con los demás. Esta es precisamente la meta final de nuestra vida en alianza: Hacer a Dios presente en el mundo a través de nuestras acciones, de manera que realmente todos lo puedan conocer. Hacemos esto a través de nuestra compasión, de nuestra solidaridad, despojándonos de todo interés propio y vaciándonos por completo en el prójimo, tal como lo hizo Jesús desde la cruz.

Oración: Virgen querida, cuando vemos a tu Hijo en la cruz, pensamos en su generosidad, fe y amor por nosotros. Frecuentemente somos débiles y nos olvidamos de la alianza que sellaste con nosotros en esa hora de gracia. Tomamos fuerza del P. Kentenich y rezamos con él: «Dios te salve, María, por tu pureza conserva puros mi cuerpo y mi alma; ábreme ampliamente tu corazón y el corazón de tu Hijo; dame almas, confíame a las personas y todo lo demás tómalo para ti. Amen.»

 

Original: Inglés. Traducción al español: Eduardo Shelley, Monterrey, México

 

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