Publicado el 20. agosto 2017 In S18 aportes, Sinodo 18

Joven, Francisco quiere escucharte – Fabián Daniel López Cuevas, Paraguay

Hacia el Sínodo de la Juventud: «Joven, Francisco quiere escucharte»

Hola a todos. Me llamo Fabián Daniel López Cuevas, tengo 26 años de edad, estudio Contabilidad en la Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción”, formo parte del Movimiento Apostólico de Schoenstatt y estoy camino al matrimonio. La historia empieza así.

Desde muy chico tuve una formación marcadamente católica en mi hogar. Todos los días nos reuníamos a rezar el Santo Rosario con mis hermanos y mi mamá. Papá no se sumaba mucho que digamos pero siempre fue un buen católico, va a misa todos los domingos, hace obras de caridad para los más necesitados y busca siempre andar por el sendero del justo como se dice. En nuestra pequeña sala teníamos una imagen de la Virgen; no sabía quién era la de la imagen pero sabía que era María. En mi barrio había una señora que juntaba a los niños para rezar el Rosario todos los sábados con la misma imagen, y posterior a eso, ofrecía una merienda para los que iban, era como un “premio” por ir a rezar.

«Me estoy yendo a un grupo muy divertido…»

Cuando entré en la adolescencia dejé de asistir a los encuentros de los sábados, dejamos de reunirnos para rezar el Rosario en casa pero siempre asistía a misa. Una mañana en el colegio un amigo se acerca a mí y me dice: “Me estoy yendo a un grupo muy divertido, es en el Santuario de la Virgen de Schoenstatt. ¡Vamos pues! Se juega fútbol  también después de las reuniones”. Desde esa vez empecé a ir con él a las reuniones, y desde el 2004 formo parte del movimiento. Lo simpático fue que cuando entré a su Santuario vi la imagen de Ella en el cuadro grande y dije: “¡A Ella le estuve rezando todo este tiempo y no lo sabía!”. Hoy en día, mi amigo que me acercó a la “Mater” (como le decimos en el movimiento) está en el noviciado en Alemania para ser un Hermano de María (laico consagrado).

Mi discernimiento vocacional

El Movimiento de Schoenstatt me regaló herramientas que no conocía y me invitó a vivir una vida heroica;  nada extraño, solo hacer lo ordinario extraordinariamente bien. Desde esa vez quedé enamorado de la pedagogía del P. José Kentenich (fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt) y me decidí a entregarme por completo a la Obra. De esa vez que me surgió la pregunta de: “¿Y si lo mío es el sacerdocio?”. Entonces hablé con el sacerdote de mi parroquia en la que mucho tiempo serví y también con mi asesor espiritual del movimiento en aquel entonces y me alentaron a meditar y buscar bien la respuesta antes de dar el gran paso. Me invitaron a participar de las Misiones Familiares de Schoenstatt en el año 2011 y encontré en esa invitación el momento especial para terminar mi discernimiento. En un ambiente de mucho Dios, de misión, de familia, comprendí que mi vocación era la matrimonial. Cuando compartí con tantas familias que dejan de lado sus trabajos, sus casas, sus propias preocupaciones para ir a servir, vi en ellos un reflejo de la Sagrada Familia y eso caló en lo hondo de mi corazón. Fue entonces que quise servir al Reino de Dios desde una familia.

Solo tenemos que dejar nuestra barca en sus manos

Desde el año 2011 hasta ahora sigo misionando en varias misiones, y en el año 2012 entré a la Campaña del Rosario de la Virgen Peregrina de Schoenstatt. Mediante esta Campaña, pude entender la necesidad real del mundo de que existan personas que dediquen su tiempo a llevar la Palabra y un mensaje de aliento. Y, casi sin pensarlo, encontré a la mujer con la que me voy a casar. Es simpático y a la vez magnífico como la Mater va acomodando las cosas para que sucedan. Estoy seguro que todo esto fue obra de Ella. Ella fue moldeando mi corazón y acomodando las cosas para que fuera acercándome a su Santuario y conociera Schoenstatt. Como solemos decir, “con una suave violencia”.

Invito a todos a no temer en seguirle a Cristo, Él junto con su Madre va acomodando nuestra vida para que nos acerquemos más a Él. No pide nada a cambio, solo tenemos que dejar nuestra barca en sus manos y Él nos conducirá hacia Dios. Qué sencillo ¿no?

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