Publicado el 13. diciembre 2015 In Francisco - Mensaje

Comienza el tiempo de la gran perdonanza

AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA – FRANCISCO EN ROMA •

papaEl papa Francisco abrió hoy, 13 de diciembre,  la Puerta Santa de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma. Francisco permaneció varios minutos rezando en silencio a los pies de la puerta y su apertura estuvo precedida por la fórmula «esta es la puerta del Señor, abridme las puertas de la justicia. Por tu grande misericordia entraré en tu casa, Señor».

En su homilía anuncia anuncia que «comienza el tiempo de la gran perdonanza» y que la Iglesia tiene que derramar ternura, porque «a Dios no le gustan las rigideces», y «testimoniar un amor que va más allá de la justicia».

Hace recordar lo que escribió el Padre Kentenich un 13 de diciembre hace 50 años a la familia de Schoenstatt:

Lo más importante para nosotros es Dios: el Padre y su amor misericordioso. Como venimos enseñando desde el comienzo de la historia de nuestra Familia, Dios no nos ama porque nosotros seamos buenos y nos hayamos portado bien, sino precisamente porque es nuestro Padre. Porque su amor misericordioso fluye con más riqueza hacia nosotros cuando aceptamos con alegría nuestros límites, nuestras debilidades y miserias, porque las consideramos como razón esencial para que su corazón se abra y nos compenetre su amor.

Por eso, en lo sucesivo, y más que nunca, reconoceremos tener ante Dios dos derechos: su infinita misericordia y nuestra miseria insondable. Con agrado unimos las manos y rezamos:

Querida Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt, vela para que nos experimentemos hijos del Rey, hijos miserables y dignos de misericordia, y de este modo vivamos convencidos de que somos predilectos del amor paternal e infinitamente misericordioso de Dios Padre”.

 

Texto completo de la homilía del Papa Francisco

Hermanos y hermanas,

La invitación del profeta dirigida a la antigua ciudad de Jerusalén, hoy también está dirigida a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros: «¡Alégrate… exulta!» (Sof 3,14). El motivo de la alegría se expresa con palabras que infunden esperanza, y permiten mirar el futuro con serenidad. El Señor ha abolido toda condena y ha decidido vivir en medio a nosotros.

Este tercer domingo de Adviento dirige nuestra mirada hacia la Navidad ya próxima. No podemos dejarnos llevar por el cansancio; no está permitida ninguna forma de tristeza, a pesar de tener motivos por tantas preocupaciones y por las múltiples formas de violencia que hieren nuestra humanidad. La venida del Señor, debe llenar nuestro corazón de alegría. El profeta, que lleva escrito en su mismo nombre – Sofonías – el contenido de su anuncio, abre nuestro corazón a la confianza: «Dios protege» su pueblo. En un contexto histórico de grandes injusticias y violencias, por obra sobre todo de hombres de poder, Dios hace saber que Él mismo reinará sobre su pueblo, que no lo dejará más a merced de la arrogancia de sus gobernantes, y que lo liberará de toda angustia. Hoy nos piden que «no desfallezcan tus manos» (Cfr. Sof 3,16) a causa de la duda, de la impaciencia o del sufrimiento.

El apóstol Pablo retoma con fuerza la enseñanza del profeta Sofonías y lo repite: «El Señor está cerca» (Fil 4,5). Por esto debemos alegrarnos siempre, y con nuestra amabilidad debemos dar a todos testimonio de la cercanía y de la atención que Dios tiene por cada persona.

Hemos abierto la Puerta Santa, aquí y en todas las catedrales del mundo. También este simple signo es una invitación a la alegría. Inicia el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Es el momento de descubrir la presencia de Dios y su ternura de Padre. Seamos también nosotros como la gente que interrogaba a Juan: «¿Qué cosa debemos hacer?» (Lc 3,10). La respuesta del bautista no se hace esperar. Él invita a actuar con justicia y a mirar a las necesidades de cuantos se encuentran en dificultad. Lo que Juan exige de sus interlocutores, es cuanto se puede confrontar con la ley. A nosotros, en cambio, nos piden un compromiso más radical. Delante a la Puerta Santa que estamos llamados a atravesar, nos piden ser instrumentos de misericordia, conscientes que seremos juzgados sobre esto. Quien ha sido bautizado sabe que tiene un compromiso más grande. La fe en Cristo lleva a un camino que dura toda la vida: aquel de ser misericordiosos como el Padre. La alegría de atravesar la Puerta de la Misericordia se une al compromiso de acoger y testimoniar un amor que va más allá de la justicia, un amor que no conoce confines. Es de este infinito amor que somos responsables, no obstante nuestras contradicciones.

Oremos por nosotros y por todos aquellos que atravesaran la Puerta de la Misericordia, para que podamos comprender y acoger el infinito amor de nuestro Padre celestial, que transforma y renueva la vida.

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