Publicado el 14. junio 2015 In Francisco - Mensaje

¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias!

ROMA-VATICANO, Maria Fischer •

Recuerdo el diálogo del domingo pasado que tuve con un sacerdote amigo del Secretariado de Estado del Vaticano. Recuerdo como él, con admiración sincera, me comentó acerca de un tema de la rueda de prensa de Francisco en el avión, cuando regresaba de su visita a Sarajevo. «¡Está tan cerca de la vida real!», me dijo. «Tan cerca de la vida real de las familias. Debe tener un contacto muy cercano con padres y madres de familia… Conoce los desafíos reales de las familias». Recuerdo esto en la plaza de San Pedro hoy, miércoles 10 de junio, mientras el Santo Padre habla sobre la familia y la vida real, mencionando «un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: el de la enfermedad». Y recuerdo al Padre José Kentenich que tantas veces dijo a sacerdotes y Hermanas de María que no hablaran tanto de heroísmo cuando algún ruido en la noche les quitaba algo de sueño, recordándoles a las madres y los padres de familia que se turnan noche tras noche para cuidar a un niño enfermo como lo más natural del mundo. Recuerdo esto cuando escucho decir a Francisco: «¡Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre, a una mujer con la cara cansada, con fatiga, y cuando se le pegunta ‘¿qué pasa?’, responde: ‘he dormido sólo dos horas porque en casa nos turnamos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela’! Y la jornada prosigue con el trabajo. ¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias! Esas heroicidades escondidas que se realizan con ternura y con valentía, cuando en casa hay alguien que está enfermo».

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Desde las cuatro de la mañana para ver a Francisco

Horas antes de la audiencia ya hay peregrinos en la Plaza de San Pedro, esperando bajo el sol inclemente del verano de Roma. Algunos están desde las cuatro de la mañana, para encontrar un buen lugar desde donde haya alguna posibilidad de ver de cerca de Francisco, para saludarlo, mostrarle sus pancartas y banderas y antes de nada, sus niños. Expectativas, alegría, curiosidad. Algunos rezan mientras pasan las horas de espera. Todos transpiran a mares, ¡también los novios con sus trajes de bodas y los cardenales y obispos en el «sacrato»!

¡Viene el Papa! Toda la plaza se une en un solo movimiento, se levantan banderas, niños, las infaltables cámaras y tabletas. Una niña de apenas tres años, en brazos de sus padres, agita las manos y grita: ¡upa, querido Papa!… y cuando el Papa Francisco pasa mirando a la gente del otro lado, la pequeña llora y llora… Uno de los hombres de la seguridad que acompañan a Francisco le dice algo. Al volver, 20 minutos más tarde y después de cientos de encuentros, Francisco mira a la pequeña – que aún llora sin consuelo – y a sus padres, y también a todos los que estamos en torno a ellos con una ternura tan grande, que no es solo la niña la que llora… Lo que sucede después, cuando la pequeña está en brazos de Francisco, es una súbita transformación del llanto a pura felicidad y un brillo increíble en los ojos hinchados de tanto llorar. «Así me imagino volver al Padre en cielo», dice un sacerdote. «El va a secar todas las lagrimas…».

Y mientras el Papa Francisco bendice mi pañuelo de Dequení (si, amigos de Dequení, misión cumplida), pido la bendición para todos los niños de Dequení, para todos los niños en nuestras cien casas, en la cárcel de menores y para todos nuestros proyectos que incluyen a la infancia… Que seamos, con nuestro compromiso con ellos, un poco como el Papa Francisco para esta niña: que logremos transformar, al menos un poco, el llanto de tantos niños en sonrisas…

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La familia y la vida real: enfermedad

Texto completo de la catequesis del Santo Padre

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Seguimos con las catequesis sobre la familia, y en esta catequesis me gustaría tocar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: el de la enfermedad. Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos principalmente en la familia desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los “achaques”. En el ámbito de los lazos familiares, la enfermedad de las personas que amamos se padece con mayor sufrimiento y angustia. Es el amor que nos hace sentir esto. Muchas veces para un padre y una madre es más difícil soportar el dolor de un hijo, de una hija, que el suyo propio. La familia, podemos decir, siempre ha sido el “hospital” más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y con frecuencia se encuentra lejos. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas, quienes garantizan los cuidados y ayudan a sanar.

En los Evangelios, muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso de sanarlos. Él se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Es verdaderamente conmovedora la escena evangélica apenas indicada en el Evangelio de Marcos. Dice así: «Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados» (1,32). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos esperando que sean sanados. Jesús nunca huyó de sus cuidados. Nunca pasó de largo, nunca volvió la cara hacia otro lado. Y cuando un padre o una madre, o incluso gente amiga lo llevaba delante de un enfermo para que lo tocase y lo sanase, no dejaba de hacerlo; la sanación estaba antes que la ley, también de aquella tan sagrada como la del descanso del sábado (Mc 3,1-6). Los doctores de la ley reprendían a Jesús porque Él sanaba en sábado, hacia el bien en sábado.  Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: ¡y esto está siempre en primer lugar!

Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1). Hay que tener en cuenta lo que Jesús dijo a sus discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-5). Los discípulos – ¡con el ciego ahí adelante! – discutían sobre quién había pecado porque había nacido ciego, si él o sus padres, para causar su ceguera. El Señor dijo claramente, ni él, ni sus padres; es así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Y lo sanó. ¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea.

La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por la enfermedad. Nunca debe faltar la oración por los enfermos. Aún más, debemos impulsar cada vez más la oración, tanto personal como en la comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cfr Mt 15,21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana, que le suplica a Jesús que le cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero le responde duramente: ‘No puedo, debo pensar primero en la ovejas de Israel’. La mujer no retrocede – una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, nunca cede: todos sabemos que las mamás luchan por sus hijos – y responde: ‘¡También a los perritos, cuando sus dueños han comido, se les da algo!’. Como queriendo decir: ‘¡Por lo menos, trátame como a una perrita!’. Entonces Jesús le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».

Ante la enfermedad, también en familia surgen dificultades debido a la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad fortalece los lazos familiares. Y pienso en cuán importante es educar a los hijos, desde pequeños, a la solidaridad en el tiempo de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad hacia la enfermedad humana, hace que los corazones se vuelvan áridos. Hace que los chicos se queden ‘anestesiados’ hacia el sufrimiento de los demás, incapaces de afrontar el sufrimiento y de vivir la experiencia del límite. ¡Cuántas veces, vemos llegar al trabajo a un hombre, a una mujer con la cara cansada, con fatiga, y cuando se le pegunta ‘¿qué pasa?’, responde: ‘he dormido sólo dos horas porque en casa nos turnamos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela’! Y la jornada prosigue con el trabajo. ¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias! Esas heroicidades escondidas que se realizan con ternura y con valentía, cuando en casa hay alguien que está enfermo.

La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida – es importante educar a los hijos, a los nietos a comprender esta cercanía en la enfermedad, en familia – y ello sucede cuando los momentos de la enfermedad están acompañados por la oración y por la cercanía cariñosa y solícita de los familiares. La comunidad cristiana sabe bien que no se debe dejar sola a la familia, en la prueba de la enfermedad. Y debemos decirle gracias al Señor por esas experiencias bellas de fraternidad eclesial, que ayudan a las familias a afrontar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para la parroquia; un tesoro de sapiencia, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y ¡hace comprender el Reino de Dios mejor que tantas palabras! ¡Son caricias de Dios!”

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Fotos: M. Fischer, schoenstatt.org

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