Publicado el 27. noviembre 2016 In Dilexit ecclesiam, schoenstattianos

Ser pastor en la Araucanía

CHILE, Fernanda Faúndez Cabrera

En la Iglesia, la situación del pueblo mapuche ha sido una preocupación permanente, buscando siempre canales de diálogo que hagan posible una convivencia en paz, valorando e integrando la riqueza cultural de éste y de otros pueblos originarios que habitan y pertenecen a nuestra patria. El camino del entendimiento, de la integración y de la paz es largo, pero tiene que partir hoy, con altura de miras, apertura de mente y generosidad de corazón. En este tiempo de la misericordia (MM), es tarea de todos.

Así lo entendió nuestro P. Obispo Manuel Camilo Vial  (Padre de Schoenstatt) durante los años que fue Obispo de Temuco (2001 – 2013). Le dedicó una especial atención pastoral en su tarea como pastor. Es por ello que lo hemos querido entrevistar, para que sus palabras nos ayuden al discernimiento en un signo de Dios muy importante para Chile.

Tras vivir más de 10 años en la ciudad de Temuco, ¿cómo fue su vivencia y trabajo con las comunidades mapuches?

– Tengo conocimiento desde pequeño, por los paseos de Lobatos; trabajo de mi padre. En 1967 fui nombrado párroco del Perpetuo Socorro, y formé parte del equipo pastoral del obispo, comprendida la pastoral con el Pueblo Mapuche. En 2001, el Papa San Juan Pablo II me nombra obispo titular de Temuco, cargo que ejerzo hasta el 8 de julio de 2013.

¿Qué actividades pastorales realiza la diócesis San José de Temuco con los indígenas de la zona?

– Desde luego no se hacen distinciones, los mapuches están en todas las comunidades y parroquias y hay gran respeto y asimilación, pero hay que reconocer que no hay suficiente conocimiento de su cultura, sus tradiciones y su filosofía de vida. Se respeta su tradición religiosa; hay un número grande de católicos, evangélicos y otras denominaciones.

En 1962 se crea la Fundación Instituto Indígena, por Monseñor Bernardino Piñera, obispo de Temuco y Monseñor Guillermo Hartl, obispo del Vicariato de la Araucanía, con la misión de acompañar a las personas, familias y comunidades del Pueblo Mapuche. La Fundación ha jugado un importante rol en todas las diócesis del sur donde existen comunidades mapuches. Su participación está vigente en nuestros días, en las distintas temáticas que se viven en la novena Región.

Ha sido muy importante lo realizado en educación y la formación social de  los dirigentes del Pueblo Mapuche y en la defensa de los derechos humanos y sociales de los mapuches. Mención especial merece recordar el papel que jugaron los “Centros culturales” de fines de los años ’70. Ya Monseñor Contreras habló del reconocimiento de los Mapuches como un Pueblo.

Es una cultura distinta, con creencias e identidad propia, ¿cómo la Iglesia se hace parte de sus rituales y tradiciones?

– Es muy importante tener en cuenta que es una cultura diferente, si se quiere dialogar y entender la forma de actuar y de pensar de este pueblo. Es quizás, la tarea más importante que tenemos que abordar para así, poder resolver los problemas existentes.

En cuanto a nuestra participación, actualmente es de respeto. Participé como invitado en algunas ceremonias. Por nuestra parte, y en concreto en la celebración de la Eucaristía, incorporamos el rito de purificación o del perdón que acostumbran hacer, incorporación de las bendiciones y peticiones, participación en el “We tripantu” (celebración del año nuevo mapuche).

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Conflicto Mapuche

La zona de la Araucanía vive el conocido “conflicto mapuche”. ¿Cómo enfrentó los tiempos de dificultad?

Creo que no es bueno usar el término “conflicto mapuche”. Creo que de partida hay que hacer una distinción: una cosa es el tema mapuche y otra cosa son los conflictos, que a lo largo de la historia han ido apareciendo y que dificultan abordar bien el tema.

Personalmente, creo que el problema fundamental es que la mayoría, en el país, no le ha tomado el peso suficiente a este tema. No conocemos al Pueblo Mapuche, ni su cultura, sus costumbres, filosofía de vida y sus tradiciones. Este Pueblo tiene su propia identidad. Sabemos muy poco de su historia, desde la llegada de los españoles, y lo acontecido hasta nuestros días, que incluye momentos dramáticos, muy duros que han dejado huellas muy profundas en ellos: violencias, muertes, vejaciones, usurpaciones, robos de tierras, marginación, abandono y pobreza, etc. Y de parte de los “winkas” (extranjeros), muchos prejuicios y etiquetas, que los consideran flojos, ladrones, borrachos y otros epítetos despectivos, muy injustos en la mayoría de los casos. Por eso, son muy importantes los esfuerzos que se han hecho esporádicamente, pero que no han sido mantenidos consecuentemente para abordar y solucionar los problemas.

Muy importante fue el trabajo realizado por la Comisión de Verdad Histórica, encabezada por el ex presidente de la República don Patricio Aylwin A., que insistió en la necesidad de un nuevo trato con los pueblos indígenas, a partir de una muy seria investigación sobre esta temática.

Personalmente participé en lo que denominamos el Plan Araucanía, donde estaban representados distintos sectores presentes en la zona, como son las Universidades, las iglesias de todas las denominaciones, representantes del Pueblo Mapuche, autoridades regionales, del mundo de la empresa, los agricultores, trabajadores y trabajadoras representados por sus organizaciones; y otros. Dicho Plan le fue entregado a la Presidenta Bachelet en una sesión solemne el 5 de noviembre de 2009, pero no fue asumido consecuentemente.

Posteriormente al Plan Araucanía, han existido  presentaciones importantes como son la de los Senadores Espina y García y la del ex Intendente Francisco Huenchumilla. Actualmente, está la comisión de gobierno encabezada por el Obispo de Temuco, Monseñor Héctor Vargas.

¿Cuál es la postura de la Iglesia frente al problema?

– Sin duda, ha sido muy importante la labor de la Iglesia en la Araucanía, desde la llegada de los  españoles. Muchos misioneros trajeron el Evangelio de Jesús a estas tierras, destacando especialmente la labor de los Capuchinos alemanes, que se congregaron especialmente en el Vicariato de la Araucanía.

Desde luego, las directrices de esta evangelización las encontramos en el Evangelio de Jesús; en las enseñanzas de la Iglesia de todos los tiempos, el Concilio Vaticano II; en Latinoamérica, Medellín, Puebla, Aparecida y los Mensajes de los Pastores.

Y en Chile, en diciembre de 1916, se realiza el Congreso Araucanista, convocado por el Arzobispo Juan Ignacio González, invitando a todos los obispos sufragáneos de la arquidiócesis y a sus Iglesias particulares a profundizar en el conocimiento de los “araucanos”.

En 1979, como eco del Magisterio post conciliar, los obispos  de Concepción, Los Ángeles, Temuco, Araucanía Valdivia y Osorno, y el episcopado chileno, dan a conocer la Carta Pastoral: “Por La Evangelización del Pueblo Mapuche”.

En 1987, el Papa San Juan Pablo II realiza su visita a Chile, que nos deja una maravillosa reflexión al  abordar el tema de los Pueblos Originarios existentes en Chile, que a mi parecer es lo mejor que se ha expresado y escrito sobre el tema.

Cuándo se desempeñó como obispo de la zona, ¿existieron conversaciones con las autoridades del Gobierno?, ¿qué nos puede contar de esas intervenciones?

– Siempre las hubo, con las de gobierno nacional y local. Promoción de un diálogo; la preparación del Plan Araucanía, el trabajo con la Universidad; diálogo con todos los sectores. Muy buena relación con el Pueblo Mapuche y su causa.

¿Cuál es nuestra misión como Iglesia frente al conflicto que vive la Araucanía?

– En las palabras del Santo Padre Juan Pablo II hay mucha sabiduría. El Papa Francisco permanentemente nos habla de la  “acogida”, “saber mirar” y “escuchar”. Creo que es lo que debemos hacer: acompañar a este pueblo, respetarlo y anunciarles el Evangelio de Jesús con nuestro ejemplo de caridad, misericordia y de servicio.

Al dejar la diócesis, las comunidades le brindaron un adiós, ¿cómo recuerda esa despedida y qué tareas quedan por delante?

– Fue realmente emocionante. Tuve varias despedidas, pero la principal fue en Ayinrehue, lugar donde se encuentra el Santuario de Schoenstatt y donde los Mapuches siempre fueron bien acogidos.

Una anécdota: cuando con el P. Horacio Rivas y las Hermanas de María quisimos darle un nombre al lugar del Santuario, siempre pensamos que fuera en mapudungun (NR: idioma de los mapuches), y una palabra, lo más cercana a la palabra que era el lugar del Santuario: Bellavista. Se conversó con especialistas del idioma hasta que llegamos al nombre AYINREHUE, que  traducido, más o menos quería decir “lugar bello, lugar santo, digno de ser amado”.

La despedida fue muy linda, como se hace en la cultura mapuche, con oraciones, peticiones, se plantó un Rehue recordatorio (varios arbolitos amarrados en la esperanza de que al menos uno pueda crecer). Compartimos comida mapuche y me hicieron muchos regalos: una manta de Lonko, alfombra y adornos tejidos, calcetas de lana, yerbas secas para agüitas, etc. Mucho cariño, expresado de distintas maneras.

Debo recordar que entre los homenajes, un par de años antes, nueve comunidades me nombraron “Lonko” (NR: Cacique o jefe) de ellas, nombramiento que se hace contadas veces.

Un Chile mejor

Hay una gran responsabilidad –como país– para avanzar en estos temas. En el Año de la Misericordia, ¿qué invitación nos hace, para lograr más unidad?

– Pienso que lo que estamos viviendo es que nos hemos materializado en exceso, nos hemos alejado mucho de Dios. Nosotros los cristianos ya no vivimos inspirados por el testimonio de Jesús y su Evangelio. Esto nos ha llevado a no tener la fuerza espiritual para darle a nuestra Iglesia la vitalidad que pueda aportarle a la sociedad esos valores cristianos, que le permitiría a los hombres de toda raza y lugares, vivir felices compartiendo los dones que Dios nos ha dado para vivir dignamente como hijos suyos. Pensemos, por ejemplo, en todo el aporte que podría dar Schoenstatt, al compartir la riqueza de la Alianza de Amor. La devoción a la Santísima Virgen está muy arraigada en el pueblo chileno.

Creo que el pleno goce de sus derechos incluye la posibilidad de manejar y controlar los recursos naturales, el subsuelo, el agua, participación indígena, consultas de los temas y poder decidir sobre los planes de desarrollo en sus tierras y la lucha por superar la marginación social y discriminación, a fin de evitar la frustración social y la generación de espirales de violencia.

Hay una gran necesidad de que se consoliden las bases democráticas mediante el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural, generando un nuevo tipo de relaciones que amparen cabalmente la identidad y los derechos de los pueblos indígenas. De ahí, la necesidad del diálogo, la reflexión, caminar juntos para crear confianzas, para alcanzar un entendimiento profundo y perdurable.

Repudio total  a los actos de violencia. Necesidad de diálogo, encuentro y respeto, restablecimiento de las confianzas, dejando de lado la aplicación de la fuerza, el odio y la violencia. Urge una acción política constante y el uso de la Inteligencia. Políticas de gobierno. Institucionalidad adecuada. Subsecretaría o Ministerio de asuntos indígenas. Abordar el tema de la deuda histórica y la dignidad del Pueblo Mapuche. Reconocimiento constitucional de los mapuches como pueblo.

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 Fuente: Revista Vínculo, Chile, Noviembre de 2016

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